El escritor onubense Pablo Gutiérrez. Foto: Txetxuphoto.

El escritor onubense Pablo Gutiérrez (1978), que ejerce actualmente la docencia en un instituto de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), ha obtenido con El síndrome Bergerac el prestigioso Premio Edebé de Literatura Juvenil 2021. Basado en una experiencia personal, esta novela aúna el arrojo y la capacidad reivindicativa de la adolescencia gracias a la capacidad aglutinadora del teatro, del ilimitado atractivo del narigudo personaje universal y la obra inmortal de Edmond Rostand.

Con esta nueva novela para un público juvenil y también con Memoria de la chica azul, ¿podemos llegar a la conclusión de que ha optado definitivamente por este tipo de literatura o es sólo una opción transitoria en su trayectoria como narrador “de adultos”?

No, confío en que pueda llevar adelante las dos trayectorias. Sigo escribiendo novela “convencional”, y espero que vea la luz dentro de no demasiado tiempo un nuevo título, pero también tengo ideas para otras novelas juveniles.

En El síndrome de Bergerac ha unido varios mundos en los que está estrechamente vinculado de modo activo: el sistema educativo, la literatura y el teatro. ¿Juntos pueden formar un cóctel perfecto para novela como ha sido este caso concreto?

Exacto. Con esta novela se unen mi faceta como profesor de secundaria y mi oficio como novelista, me parece que se trata de un puente muy natural. Además, el ingrediente del teatro, del que siempre me he sentido muy cerca (mis primeros textos fueron teatrales), hace que todo esto cobre un peculiar sentido. Muy satisfactorio.

¿Qué se esconde tras ese ‘síndrome’ de Bergerac que sirve de título a su novela?

Es un trastorno de la conducta motivado por la inseguridad y la falta de autoestima, que nos puede llevar a esconder nuestros propios méritos, ocultándonos detrás de otros que se llevarán el reconocimiento. Toma el nombre del personaje de Cyrano, que oculta su amor y su talento poético detrás de la figura de Christian.

“Cyrano es un rebelde y un fanfarrón, pero también un corazón herido y acomplejado por su aspecto, y todas esas cualidades definen el alma de un adolescente”

¿Qué tiene Cyrano como personaje que puede embelesar, y de hecho atrapa, a los jóvenes por su personalidad arrolladora?

Cyrano es un personaje apasionado, bravo, orgulloso y atrevido, que no duda en desafiar a cualquiera y que rompe con las convenciones sociales de su época. Es un rebelde y un fanfarrón, pero al mismo es un corazón herido y acomplejado por su aspecto, y creo que todas esas cualidades definen el alma de un adolescente. Por eso resulta tan atractivo y tan comprensible para ellos. 

Usted se sienta a diario al otro lado de la barrera en un instituto de secundaria con adolescentes en plena ebullición hormonal y contempla a los alumnos en su día a día, en sus ilusiones y en sus no menos frustraciones y complejos. ¿Qué ve en ellos a grandes rasgos en estos tiempos de incertidumbres?

Es una pregunta compleja, no me atrevo a hacer una valoración más allá del contacto que tengo con mis alumnos. La diversidad de situaciones (personales y sociales) es enorme. En general, veo en ellos eso que llaman la fatiga pandémica, el cansancio y el hartazgo por todas las medidas y prohibiciones… Son más sensibles a la falta de libertades que al peligro real de la pandemia, como es natural teniendo en cuenta su edad y sus necesidades. Por otra parte, en los bachilleres sí se percibe un miedo al futuro y una incertidumbre que produce mucha congoja, porque uno recuerda esos años vibrantes como un tiempo de esperanzas e ilusiones infinitas, y hace tiempo que no veo nada de eso en ellos. Y no es nuevo, no es sólo por la pandemia. Desde la crisis económica que comenzó en el 2008 se percibe algo parecido.

De sus alumnos saldrán el día de mañana excelentes electricistas, alguna ingeniera, posiblemente también abogados y empresarias… ¿Cómo inocularles el veneno de la literatura a todos ellos? ¿Misión imposible o mejor buscar sólo un puñado de objetivos concretos entre todos ellos?

Los lectores siempre serán una minoría, y es natural que sea así porque la lectura exige tiempo, esfuerzo y cierto carácter doméstico y ensimismado. En cualquier caso, procuro que la literatura sea para ellos algo valioso, algo que sea apreciable, para que puedan transmitir, de mayores, ese mismo aprecio. Que se conviertan o no en verdaderos lectores depende de muchos aspectos.

Como profesor, ¿no siente en cierto modo la enorme responsabilidad que tiene de inculcar la ilusión por conocer, por aprender, por inquietarse, en los jóvenes estudiantes?

Sí, claro, siento esa responsabilidad, pero es un sentimiento gozoso, y en la práctica diaria no está presente todos los días, sino que se diluye entre las rutinas habituales.

¿Tiene la certeza como yo de que somos en la madurez lo que un día aquel profesor quiso que fuéramos porque supo inyectarnos sin dolor aquella pasión por aprender y querer saber más de algunas cosas?

Hay profesores que nos marcan un camino y que recordaremos para siempre, yo tengo en mi memoria un buen puñado, tuve buena suerte como estudiante. Pero también hay otros muchos factores que condicionan nuestro destino como estudiantes y como trabajadores en el futuro. Un buen profesor es importante, sin duda, pero la vida se entreteje con materiales muy diversos.

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