Nacido en México y radicado en Canadá, este autor cuenta con una literatura singular que avanza a contra corriente de las modas y que se abre a contar los antecedentes socioculturales del mundo actual. En entrevista para Diario16 habla de su gusto por la literatura y el silencio. También asegura que hace mucho tiempo que la humanidad perdió la razón. De ahí quizá el título de su nueva obra recién publicada en España: La gran demencia (Huso Editorial, 2020).

¿De qué escribe Laury Leite?

Suelo escribir de varios temas, pero diría que un tema que me interesa particularmente es la intersección entre la memoria individual y la memoria colectiva, la manera en que le damos significados a nuestra propia historia personal y la historia social por medio del lenguaje. Me atrae esa posibilidad de hacer pequeñas intervenciones narrativas en la gran narrativa de la historia. Pero no me centraría solo en eso. Me interesa, sobre todo, la vida, las relaciones, las emociones, el silencio. Creo que el arte, en general, hace visible lo invisible, y la literatura, en particular, le da voz a lo que suele quedarse en silencio. Pero es una voz ambigua porque carece de sonido. Es una voz que no suena y pese a eso contiene una música muy especial, muy compleja. Siempre me da placer recordar la definición de Giorgio Manganelli: “La literatura es una dulce y rítmica demencia”. Para mí, la literatura es eso, una dulce y rítmica demencia que plantea las mismas preguntas irresolubles que llevamos haciéndonos desde siempre: ¿Quiénes somos? ¿Por qué estamos aquí? ¿Cómo nos relacionamos los unos con los otros y con el entorno? ¿Cómo debemos vivir? Siento que la literatura es ese espacio amplísimo donde podemos conocer el mundo en todas sus posibilidades, una manera, como dice Joseph Brodsky, de diseccionar la experiencia por medio del lenguaje. Diría que eso es lo que intento hacer desde la ficción: diseccionar con el lenguaje mi propia experiencia del mundo.

¿Por qué La gran demencia?

Este libro nace de dos preguntas: ¿Cómo llegamos aquí? ¿Qué hacemos con las circunstancias históricas que nos rodean? La gran demencia es mi intento de reflejar nuestra forma de existencia actual y los orígenes sociales que sostienen nuestra estructura ideológica. Es un libro sobre cómo, en muchos casos, las revoluciones terminan siendo absorbidas por los paradigmas sociales y, en última instancia, incluso llegan a fortalecer el aparato ideológico que en un principio se proponían combatir. La razón para escribir este libro era el deseo de conocer, de indagar en la memoria colectiva y descubrir qué tipo de decisiones sociopolíticas nos trajeron aquí, qué tipo de mitos y fantasías hemos creado, por qué creemos las cosas que creemos, consumimos las cosas que consumimos y valoramos las cosas que valoramos. En este sentido, quería que la novela funcionara como una biopsia que extrae una muestra minúscula de un tejido —una familia, en mi caso— y la examina con un microscopio para descubrir qué clase de enfermedades se están propagando en silencio en el cuerpo de nuestra sociedad.  

En La gran demencia asoma una crítica muy dura a la sociedad actual, a través de una familia. ¿Cuándo cree usted que se aceleró el modelo actual que describe en su obra?

Más que una crítica, yo diría que se trata de una reflexión. Una reflexión de la sociedad actual a través de un prisma histórico. Bueno, de la sociedad antes de la Covid. No tengo ni idea de lo que vaya a pasar en un futuro, pero guardo pocas esperanzas. La novela empieza en 1978 y te diría que la elección de esa fecha no fue arbitraria. Yo la veo como el comienzo de esa aceleración que mencionas. Incluso diría que en esa época surgió un nuevo orden del mundo. En 1978, China dio los primeros pasos para liberar su economía y transformarse en una potencia capitalista sin precedentes. Un par de años después vinieron Thatcher y Reagan, la reinterpretación de las teorías de Adam Smith, el mito del dios mercado y la mano invisible, el giro neoliberal de medio mundo, el rechazo al Estado, el desmantelamiento de los sindicatos, la caída del bloque socialista, el recrudecimiento de la desigualdad económica, el Fin de la Historia, según Francis Fukuyama. Lo preocupante es que todo esto logró camuflarse en una especie de “consecuencia natural dentro de la evolución de nuestra civilización” y esta mutación de una corriente ideológica clara hacia una suerte de no ideología, o ideología camuflada, provocó que el nuevo orden del mundo se asimilara en el imaginario colectivo como el “orden natural del mundo”. Incluso se popularizó esa estupidez de que el Fin de la Historia, en un sentido hegeliano, había llegado en la forma de las llamadas “democracias liberales”. Si el Fin de la Historia llegó no fue en un sentido paradisíaco, fue por el colapso ecológico que la economía de libre mercado con su obsesión por el crecimiento ilimitado produjo en nuestro planeta.

La literatura actual parece más encaminada a entretener que a conmocionar, como dijera Saramago. ¿A usted le preocupa eso?

Sí. Aunque diría que la literatura todavía es un espacio muy interesante a nivel estético. Me parece que la gente que solo busca entretenerse ahora ve más series de Netflix o Amazon Prime que otra cosa. La literatura es lenta y vivimos en una sociedad que busca la velocidad. Me parece que como espacio de búsqueda estética, la literatura sigue resistiendo. Lo que es cierto es que es muy probable que se haya vuelto más minoritaria en las últimas décadas, que viva en una pequeña burbuja, aunque es solo una impresión mía, habría que estudiar el tema a fondo para sacar conclusiones. Si comparamos nuestra época con los libros que se publicaron en la década de los 1920 (“En busca del tiempo perdido” de Proust, “El proceso” de Kafka, “Ulises” de Joyce, “La señora Dalloway” de Woolf, por citar cuatro) queda claro que ha habido una disminución en la calidad, en la profundidad de mirada, incluso, y un aumento exponencial en la publicidad. Pero yo veo que se siguen publicando libros extraordinarios, desde reediciones de autores olvidados hasta autores vivos que escriben cosas increíbles. Eso sí, supongo que, como todos, estoy encerrado en un horizonte muy estrecho que imagino más grande de lo que es y mi visión está atravesada por los gustos de mis amistades, las revistas que leo y las editoriales y los autores que sigo.

¿Hay vida literaria más allá de la industria comercial del libro?

Sí, claro. En la novela hay una reflexión sobre esto. Pensando sobre este asunto, un personaje dice algo que yo también suscribo y que creo que responde a tu pregunta: “Quizá deberíamos empezar a trazar una frontera bien definida entre el concepto de arte y el de industria cultural. Una obra de arte no se convierte en obra de arte cuando se transforma en mercancía. Cuando entra en el mercado se transforma en eso, en mercancía, en valor de cambio, pero su valor como obra de arte no está sujeto al lugar que ocupa dentro de la jerarquía de la industria cultural. Nunca me va a dejar de asombrar el hecho de que cuando publiqué mi primer libro la gente a mi alrededor me felicitó muchísimo más que cuando lo terminé: no celebraban mi trabajo, sino mi entrada en el mercado”. Para mí, la industria comercial del libro es un espacio donde se intercambian mercancías, influencias y dinero, pero no es literatura. La literatura es lo que pasa entre el lector y el escritor, entre las manchitas de tinta impresas sobre el papel y los ojos de quien las mira. Es curioso cómo algo tan sencillo puede ser tan maravilloso.

Dígame cuáles son sus referentes literarios.

Hay muchísimos. Proust, Woolf, Broch, Nietzsche, Bernhard, Beckett y Musil siempre van a estar ahí. Pero hay muchísimos más. Ahora estoy leyendo “Fiasco” de Imre Kertész y me tiene maravillado. Adam Zagajewski es un poeta que me gusta mucho. Luego, Sebald, Machado de Assis, Arlt, Antonio di Benedetto, Pascal Quignard, Joao Gilberto Noll, Clarice Lispector, Chejfec, Daša Drndić son autores a los que vuelvo todo el rato. Últimamente estoy aprendiendo italiano porque pronto mi primera novela va a salir publicada en Italia, así que me he estado sumergiendo en la literatura italiana. Elsa Morante, Amelia Rosselli y Alda Merini son autoras que me han gustado mucho. Como cada persona que escribe, supongo, podría pasarme el resto del día hablando de los libros que me gustan. ¿Cómo no mencionar a Hrabal o Krasznahorkai? ¿O a Josefina Vicens y Levrero? Así hasta el infinito. La literatura es mi forma de comunicación favorita, de modo que estoy leyendo y buscando nuevos autores todo el rato.

¿Vamos camino a perder la razón?

La perdimos hace décadas, posiblemente siglos. La mente de una civilización que el siglo pasado produjo Auschwitz y este siglo convirtió en presidente del país más poderoso del mundo a una mediocre estrella televisiva, que como plataforma política solo tenía la idea de construir un muro en un pedazo de tierra, hace mucho que perdió la razón. Según yo, hace mucho que vivimos una gran demencia.

Apúntate a nuestra newsletter

Dejar respuesta

Comentario
Introduce tu nombre