Las ciudades castellanas miran hacia dentro. Su urbanismo suele ser concéntrico, tan compacto que el campo llega casi in transición. La ciudad no se estira. Los conjuntos edificados funcionan por paquetes. Entre ellos está el llano. El Llano. Así en mayúscula. Un Llano que se recorre como si lo navegases, de tan alejados que están los puntos de referencia, un Llano basto, expuesto, donde el aire es más un líquido con perturbaciones y turbulencias que un gas. Donde todos los alimentos se manifiestan en crudo. Sin filtrar. La luz. El silencio. La calma. Es un lugar adusto poblado por gente adusta, dura, reconcentrada. Nudosa. Seca. El Llano es más un vacío que un lugar. Un vacío bello. Muy bello. Un vacío artificial, creado por sustracción de muchas cosas. Del substrato vegetal primigenio. De la agricultura que lo sustituyó. El Llano de Castilla nos hace tomar consciencia de cuán poderoso puede ser un artificio, porque está literalmente construido. No con materiales de construcción tradicionales, claro, sino con un trabajo incesante de sus habitantes primero y con su ausencia después. El Llano de Castilla es una nada fabricada, una nada tan poderosa que incluso ha olvidado que es una nada y ha tomado identidad como un lugar natural cuando es tan arquitectura como cualquiera de las construcciones que la puntúan. Y mira que todo está lleno de pistas: la aparición de una línea casi recta (y, por definición, humana) como transición sólida entre la tierra y el cielo. La tortuosidad de unos caminos que serpentean por este vacío entre líneas de propiedad y de flujo ya olvidadas. Las líneas de árboles. Y un constante etcétera.

La población castellana está muy envejecida. Estos viejos se quedan en casa por cultura, por convicción, hasta el último instante. Hasta que se ven forzados a marcharse cuando se convierten en dependientes o en casi-dependientes. Las residencias para gente mayor castellanas son, por estas causas culturales, un programa muy duro donde quien va realmente lo necesita. Emprender la construcción de una residencia para gente mayor parte de esta consideración inicial. Si, además, esta residencia se ha de colocar en medio de este Llano castellano la dificultad del proyecto se multiplica.

(Fotos: Jesús J. Ruiz Alonso + Pedro Iván Ramos Martín. Publicadas con autorización de Óscar Miguel Ares, excepto la primera foto, que es de Jaume Prat)

El estudio de Óscar Miquel Ares terminó en 2016 una de estas residencias en el término municipal de Aldeamayor de San Martín, una aldea a pocos minutos en coche de Valladolid. El entorno: unos humedales precariamente desecados en medio del Llano castellano. Cerca pero no tanto hacia el oeste, unos conjuntos de viviendas pareadas sin calidad ni identidad, líneas de cornisas perfectamente uniformes que indican una altura reguladora máxima que definen una horizontalidad de mala proporción y peores detalles. Un poco más lejos hacia el noreste el núcleo de Aldeamayor, más integrado y agradable porque vibra más y es más compacto.

La residencia no es un edificio. Es un mundo, una finca, un castillo. Definimos el factor de forma de un edificio como la relación entre el volumen que ocupa y la superficie que cierra este volumen. La residencia es un edificio contradictorio porque es muy compacta y tiene un factor de forma muy alto. Es decir: el exterior contundente, mineral, protege un interior disperso, fragmentado, organizado como un pueblecito, como una especie de cebolla en que un pasillo perimetral se vuelca a unas habitaciones que ventilan por un patio central. Excepto que el pasillo no es un pasillo, las habitaciones no son habitaciones y el patio no es un patio, sino un espacio público dividido de manera orgánica en calles y placitas que se vuelcan a una plaza de tamaño mayor siguiendo la misma lógica de urbanización que los pueblecitos de la zona, donde manzanas compactas flotan en un magma de espacio público tan indefinido e indiferenciado que no puede ser ni urbanizado ni apenas llamado siguiendo la lógica de la calle o de la plaza. El espacio interior del edificio tiene esta misma cualidad. Consecuentemente las habitaciones se independizan, toman autonomía y se organizan como agrupaciones de casitas (los modernos las llamarían clústeres) que forman algo parecido a estas manzanas que encontramos en el exterior que interesa a sus habitantes. Estas casitas toman el lenguaje de las casitas exteriores sin voluntades miméticas ni artificios demagógicos, y se alimentan por este pasillo-que-no-es-un-pasillo porque está tan fragmentado como el resto del espacio, una fragmentación no laberíntica, sino orgánica, puntuada como está por recalmones ante las puertas y por unas aberturas en el muro exterior estratégicamente ubicadas para proveer orientación y vistas lejanas. El pasillo, pues, es un espacio más lúdico, un híbrido entre calle mayor y galería cubierta que, además, permite en su continuidad no segregar los espacios de los cuidadores ni dividir el complejo con espacios de servicio llamémoslos secretos. Y es que tan importante es cuidar de los ancianos que viven en la residencia como de sus cuidadores, a menudo los grandes olvidados, tan habitantes del edificio como ellos al pasar allí muchas horas, profesionales que han de ver tan paliado como sea posible su grado de stress ya por sí alto.

(Fotos: Jesús J. Ruiz Alonso + Pedro Iván Ramos Martín. Publicadas con autorización de Óscar Miguel Ares, excepto la primera foto, que es de Jaume Prat)

El edificio ha costado un 30% menos que el módulo básico de construcción de una residencia de estas características. Conseguir esto con un factor de forma tan alto es una proeza sólo al alcance de profesionales con conocimientos de construcción muy altos. El estudio de Óscar ha tenido que tomar decisiones drásticas, como un exterior realizado con el mismo bloque de hormigón que se usa en las naves industriales en bruto, o unos arrimadores realizados con el ladrillo más barato que existe simplemente pintado de blanco, o unos zócalos con una madera casi sin tratar. El resto: paredes revocadas, cartón-yeso, linóleo, materiales sufridos colocados a destajo exhibiendo una extraña precisión nada relamida. Óscar hizo su tesis doctoral sobre el GATEPAC, el colectivo que reunía a los arquitectos ferozmente modernos de los años treinta. Este es uno de sus ADNs. Esta pasión por la modernidad, por la arquitectura sin concesiones, heredera directa de una vanguardia que puede ser bella e integrada sin dejar de ser pragmática, esta ausencia de artificio, es lo que ha permitido formalizar el edificio e incluso permitir algunos juegos, como una entrada que quiere paliar el aspecto adusto del fortín de hormigón reventando el punto que mejor lo define: la esquina, convertida en entrada al definir por vaciado una marquesina que protege una puerta de vidrio. El otro ADN de Óscar es el propio Llano de Castilla, que quiere (lo he podido comprobar) más allá de las palabras. Y eso que es un tío que habla bien. Óscar ha construido un homenaje a este paisaje que, tomado como lenguaje, se suma a la prosa de Delibes o a la pintura de Félix Cuadrado Lomas o de los dos Antonios López, el tío y el sobrino.

La arquitectura es lo que construye físicamente nuestra sociedad. Aun así su ejercicio presenta unas limitaciones que aparecen rápidamente cuando hablas de una residencia para gente mayor. Un arquitecto puede dignificar, tanto en el sentido más háptico como en el sentido moral, esta condición, pero no podrá hacer mucho más por sus habitantes. No somos superhéroes: esto dependerá de la gestión. Óscar ha podido ir un paso más allá: ha podido crear un constructo que identifique a sus habitantes. Que les permita manejar los mismos referentes que afuera: una aldea con espacios interiores y exteriores y privacidad suficiente y contacto con este exterior tan duro y un centro digno en forma de sala con dos luces cruzadas que se extienda hacia el jardín, que cierre y proteja sin avasallar. Un lugar donde poder pasar muchas horas. Es a través de este conocimiento de las limitaciones del encargo, tan importante como el conocimiento constructivo, que aparece la verdadera ambición positiva y que permite que la arquitectura vaya un poco más allá. Lo que te hace sentir un poco más feliz cuando, con el corazón en un puño, sales del edificio y piensas en los que se quedan.

(Fotos: Jesús J. Ruiz Alonso + Pedro Iván Ramos Martín. Publicadas con autorización de Óscar Miguel Ares, excepto la primera foto, que es de Jaume Prat)

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