(Foto: Pep Sau. La casa se presenta en este artículo. La información gráfica adicional de fotos y planos ha quedado derivada al blog.)


Siempre que intentas contar qué sucede con la arquitectura chocas con una contradicción esencial: los temas de que se ésta se ocupa son universales, urgentes y sin fácil solución, porque la arquitectura se expresa mediante obras que, a poco bien hechas que estén, serán únicas. Cuanta más atención al lugar, cuanta más atención a los problemas específicos que se quiera solucionar con esta obra, más única será. Lo que quiere decir que hemos de hablar de temas universales a partir de obras singulares o al revés, empezar por una obra singular para luego universalizarla. Esto pasa porque, por mucho que intentemos normativizar lo que hacemos, las ciudades no pueden definirse mediante elementos estándar. Como mucho podremos definir el grueso de la arquitectura que las conforma como edificios que tienden a ese estándar sin llegar nunca a él. En la arquitectura no tenemos, ni tendremos, ni podremos tener, soluciones óptimas. Como mucho tendremos soluciones optimizadas. Y éstas son la base de nuestro arte.

Este artículo versará sobre una vivienda concreta, hecha para un lugar muy especial, que postula una manera de vivir que, si se abstrae del programa y del presupuesto, describe toda una actitud respecto de la relación del cuerpo con el paisaje y la naturaleza. Esta vivienda es una casa unifamiliar ubicada en la última parcela de una urbanización delimitada por una riera en Montagut, un pueblo diseminado ubicado a poca distancia de Castellfollit de la Roca, un municipio bastante conocido (por asentarse sobre un bellísimo risco basáltico que tenía flipado al mismo Gaudí) de la comarca de la Garrotxa, en Girona.

La vivienda, una casa unifamiliar aislada, es obra de Atheleia Arquitectura. Su condicionante principal lo da la composición familiar de quien la ha de habitar, una pareja próxima a la jubilación y su hija. Los requerimientos de intimidad necesarios para que funcione la convivencia entre ellos han llevado a Salvador Tarradas (Atheleia Arquitectura) a proyectar dos unidades independientes de vida con idéntico programa y superficie. Dos unidades superpuestas. Tan idénticas son que comparten incluso una relación con el suelo equivalente. La unidad inferior toca el suelo por la banda del sol, la superior por el norte, lo que es posible por haber forzado la ubicación de la casa en un margen que cae hacia el lecho de la riera, poblada de grandes árboles de ribera. Este doble contacto con el suelo se consigue también gracias a que el volumen construido de la casa está replegado sobre sí mismo. La casa, vista desde fuera, es compacta. Muy compacta, hasta el extremo de parecer mucho más pequeña de lo que es, lo que no es banal: muchas buenas arquitecturas presentan como rasgo distintivo el parecer más pequeñas de lo que son, más delicadas, más sensibles hacia el entorno. La buena arquitectura no se impone: completa, crea relaciones. No es neutra: mejora el lugar donde se emplaza. La casa, desde fuera, parece una masa, un cubo formalizado en un hormigón de color terroso sin ninguna cornisa ni zócalo ni ornamentación. Estas paredes quedan interrumpidas por tres grandes vacíos, sólo tres, responsables de la relación con el exterior de toda la casa.

Estos vacíos no están modulados a escala humana ni siguen las convenciones de las ventanas al uso. Están a medida de la casa y contribuyen a su carácter abstracto, escultórico, tan del lugar, tan ajeno a estas convenciones domésticas que por un lado son el mejor manual de instrucciones si se quiere habitar una casa cualquiera sin pensar y por otra alejan esta casa cualquiera del lugar hasta convertirla en un buñuelo más de esos que ensucian nuestro paisaje en demasiados lugares por toda la península ibérica. Nuestra casa y sus componentes tienen la escala de los elementos que forman el paisaje circundante: los márgenes desnudos entre campos de cultivo y los grandes árboles de ribera. Esta manera de proporcionarla la convierte en un perfecto modelo de integración.

El interior de la casa está poco compartimentado. Cada unidad está formada por una habitación de un poco menos de veinticinco metros cuadrados que se podría partir en dos, una habitación de agua, diversos espacios de almacén y un gran espacio de estar-cocina-comedor que toca el suelo al menos por uno de sus lados. Estos espacios tienen siempre visuales muy largas. Más que la casa. Más que la parcela. El interior de la casa es más grande que el exterior, porque funciona como aquello que torna útil todo el espacio de la parcela. Piezas como la barbacoa, colocada en el grueso de la pared que cierra la casa sin espacio propio, dependiendo o bien del jardín exterior o bien del comedor interior, dan pistas al respecto. El rasgo más significativo para entender la manera de vivir que propone la casa es cómo se formaliza el espacio de estar-cocina-comedor. Éste no está formado por cuatro paredes cerradas con ventanas. Es un porche orientado norte-sur, con dos luces, en contacto con el suelo, que convierte este interior en poco más que un exterior condensado, es decir, un exterior donde no llueve ni tienes frío, pero donde no te sientes cerrado. Los filtros de intimidad no están, pues, en la casa, sino en la parcela o en el lugar: las hojas de los árboles que hacen de cortina, la valla o, simplemente, la distancia respecto las otras casas. Para conseguir que el estar inferior tenga dos luces Salvador ha dispuesto en la parte posterior un pequeño patio inglés cubierto por una reja que, a manera de pequeño puente, permite el acceso del estar superior al jardín. Este patio, que acabará tapizado de hiedra, sorprende por lo que puede llegar a conseguir. Con poco más de un metro de ancho hace del estar inferior este espacio exterior prometido, en este caso con dos luces claramente diferentes. La sensación que da un espacio formado por dos paredes de hormigón (porque el hormigón está también en el interior porque, de hecho, estas dos paredes son tan fachada como la fachada exterior) y un techo con dos de los laterales abiertos, con la naturaleza controlada, es verdaderamente maravillosa, y extrapolable a cualquier situación y tamaño. Solo tenemos que pensar en experiencias como la Borda, que ya he reseñado aquí, con viviendas dispuestas entre dos paredes de vidrio, o algunos experimentos japoneses contemporáneos de dimensiones minúsculas (en el Japón una casa unifamiliar puede tener poco más de 50m2) para darse cuenta de ello. No hace falta decir, por cierto, que el acondicionamiento climático de la casa se consigue por métodos sostenibles y de poco impacto tanto activos como pasivos, porque su uso debería de ser inherente a toda buena arquitectura que se lo pueda permitir.

Pero no dejo la casa, todavía. La casa consigue que podamos hablar de todo esto gracias a su potencia como obra acabada. Gracias al sentido de la belleza que propone. Su geometría recta, estricta, severa, queda matizada por el tratamiento del material, potente, sensual, rugoso. El hormigón, que envejecerá patinándose, manchándose, destonificándose, sirviendo de soporte para plantas trepadoras, fundiéndose con el entorno, tendrá siempre estas aristas tan puras que lo artificializarán y lo convertirán en una especie de mecanismo híbrido entre algo tan orgánico como, pongamos, un termitero o un panal que siempre recordará que está hecho por la mano del hombre. Y es esta naturalidad al trabajar esta contradicción lo que integra tanto la casa. La maniobra contraria la hubiese disparado, descontrolado, descompactado, haciendo que su impacto hacia el entorno fuese mucho mayor y más torpe. Lo que hay consigue lo máximo haciendo lo mínimo.

Es esta doble condición de la casa (la de obra acabada, perfectamente definida, indistinguible del lugar, que propone una manera de vivir postulada por muchos otros profesionales interesantes) lo que la torna tan interesante para poder hablar del tipo de arquitectura que más me interesa. Del que creo que debería caracterizar nuestras viviendas.

 

Enlace al blog: http://jaumeprat.com/habitar-el-paisaje/

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Arquitecto. Construyó hasta que la crisis le forzó a diversificarse. Actualmente escribe, edita, enseña, conferencia, colabora en proyectos, comisario exposiciones y fotografío en diversos medios nacionales e internacionales. Publica artículos de investigación y difusión de arquitectura en www.jaumeprat.com. Diseñó el Pabellón de Cataluña de la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2016 asociado con la arquitecta Jelena Prokopjevic y el director de cine Isaki Lacuesta. Le gusta ocuparse de los límites de la arquitectura y su relación con las otras artes, con sus usuarios y con la ciudad.

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