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Guerra en las derechas españolas (II)

La figura de Isabel Díaz Ayuso ha venido a alterar el liderazgo de Pablo Casado en el Partido Popular

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En plena pugna por el liderazgo del PP de Madrid, se supo que Isabel Díaz Ayuso había bloqueado en su grupo de WhatsApp a varios compañeros del bando casadista, entre los que se encontraba el secretario general del partido, Teodoro García Egea. Semanas antes, Esperanza Aguirre –expresidenta de la comunidad madrileña y simpatizante de la línea dura de Ayuso–, había arremetido contra los “niñatos y chiquilicuatres” del partido en una clara alusión a la actual cúpula dirigente, que según ella no servía para ganar elecciones. Ya no cabía ninguna duda: Aguirre estaba con Ayuso. Poco antes, la condesa de Bornos había organizado una reunión de hermandad con los jóvenes de Nuevas Generaciones del PP probablemente para seguir conspirando contra Casado. La cita con la madrina Aguirre corrió como la pólvora por los chats y hasta medio centenar de militantes manifestaron su intención de asistir. Entre los interesados había jóvenes promesas con cargos en gobiernos populares y también miembros de la Asamblea de Madrid. Por si no había quedado claro, Aguirre acusó a los casadistas de “hacerle un favor a Sánchez poniéndole trabas a Ayuso”.

La caldera seguía a plena ebullición e Isabel Díaz Ayuso dio un paso más cuando llegó a amenazar con demandar a la cúpula directiva nacional si no se adelantaba el congreso madrileño tal como ella demandaba. La respuesta del sector oficialista fue amenazar con prolongar los plazos de la gestora que cubre el vacío de poder.

Desde entonces el navajeo político ha sido público y notorio. Las vergüenzas ya no se esconden, sino que se airean. Tan pronto se hace una llamada a la unidad para derrotar a Sánchez como enemigo real a batir como ambas familias vuelven a atizarse sin pudor ante los medios. La última en tomar partido ha sido Cayetana Álvarez de Toledo, la otrora portavoz del grupo parlamentario popular y hoy caída en desgracia tras ser purgada por Casado. En apenas unos meses, el líder popular ha pasado de considerarla “la Messi del PP” a arrinconarla como un mueble viejo. Quizá por esa necesidad de supervivencia, la polémica ideóloga conservadora hispanoargentina, siempre belicosa y airada, no ha dudado en tomar parte por un bando ni en escatimar en elogios hacia Ayuso. La respuesta de Cayetana al castigo infligido por Génova ha sido publicar un libro en el que lo cuenta todo con pelos y señales sobre las puñaladas traperas y las pendencias tabernarias que se repiten una y otra vez en el seno del partido. En su ensayo Políticamente indeseable, Álvarez de Toledo arremete contra Pablo Casado (a quien tilda de “veleta” y “bienqueda”) y contra Teodoro García Egea, al que acusa de practicar bullying y mobbing político. No dejó títere con cabeza Cayetana, contra la que se revolvió todo el establishment popular.

Ni cinco minutos tardó Díaz Ayuso en salir en defensa de la defenestrada exportavoz parlamentaria, de quien dijo “siempre ha representado los valores del PP”. Pese a que la consigna inicial del alto mando fue ignorar las acusaciones de la todavía diputada en el Congreso para no ahondar en las heridas abiertas, la vicesecretaria de Organización del PP, Ana Beltrán, no dudó en acusar a Álvarez de Toledo de “desprender odio” contra sus compañeros de partido solo para vender su libro, mientras Pablo Montesinos llegó a sugerir que la exportavoz debía dejar su escaño en el Congreso por tamaña deslealtad (algo a lo que se niega en rotundo la díscola diputada).

¿Pero qué hay detrás de estas cruentas luchas intestinas? Sin ánimo de reincidir, no parece que estemos ante un debate ideológico, sino más bien ante un enfrentamiento por la silla y los cargos. Los dirigentes populares, ya sean casadistas o ayusistas, poseen un perfil político muy parecido. Todos están en la misma estrategia: acoso y derribo contra Sánchez por sus negociaciones con Esquerra Republicana y Bildu, defensa de la unidad de la patria como primer y único principio, agitación del espantajo bolchevique (el habitual discurso conservador de “que vienen los comunistas”), economía ultraliberal sin concesiones a las clases trabajadoras (la famosa “mano invisible” que mueve los mercados sin intervención estatal), alianza con los poderes fácticos (patronal y banca), defensa de los privilegios de las clases acomodadas, liquidación del Estado de bienestar mediante privatización de los servicios públicos, reaccionarismo religioso (promoción de los grupos provida y contra la eutanasia), recorte a los derechos cívicos, tradicionalismo (apoyo al lobby taurino) y mucha retórica demagógico-populista cuando de lo que se trata es de atraerse a las clases populares. Casado y Ayuso piensan exactamente igual en cada uno de esos puntos del ideario conservador. Solo se diferencian en una cosa: ambos quieren llegar a la Moncloa y solo puede hacerlo uno.

Por tanto, no hay divergencias en las ideas. El PP, como gran partido de la derecha española, se ha destacado por ser una formación monolítica, férrea y uniforme donde la disidencia no tiene cabida sencillamente porque no existe. Nadie se plantea nada que no sea lo de siempre, la familia tradicional, y cuando se posicionan en contra de la ley del aborto, del matrimonio homosexual o de la eutanasia todos votan como un solo hombre como Dios y la Iglesia mandan. Ni una sola voz crítica, ni una sola nota discordante. Por tanto, no hay motivos para pensar que eso haya cambiado. El PP heredó las formas y los tics franquistas, el autoritarismo y el pensamiento único. Es imposible que en esa formación política ultraconservadora pueda haber ningún intento por avanzar en las ideas, por modernizarse y adaptar el partido a los nuevos tiempos. Siguen pensando las mismas cosas desde que Manuel Fraga Iribarne fundara Alianza Popular, su embrión político, en 1976.

Más tarde, en el IX Congreso del partido celebrado en enero de 1989, y tras sucesivos fracasos electorales, AP se refundó en el Partido Popular como un intento de borrar el origen franquista del proyecto y darle una pátina liberal, centrista y a la europea. Se trataba de ir más allá del voto franquista, que ya se sentía plenamente representado por los valores del PP, para atrapar también a los desencantados de la extinta UCD de Adolfo Suárez, a los bipolares (los que votan derecha o izquierda en función de las promesas), a los “apolíticos” y a los rebotados el felipismo. Pronto se vio que la operación para tratar de articular el voto conservador bajo unas mismas siglas no iba a resultar nada fácil. Los sucesivos experimentos centristas culminaron en fracaso, el proyecto no terminaba de despegar y al final hubo que volver a las esencias: Aznar no fue sino un intento por retornar al caudillismo autoritario del hombre fuerte y macho, una fórmula que al final dio el éxito largamente anhelado con la histórica victoria de 1996 (aunque no lograron la mayoría absoluta y tuvieron que recurrir a pactos con nacionalistas catalanes, vascos y canarios).

Tras el 11M y los años del “socialismo Bambi” de Zapatero, Mariano Rajoy supuso un intento de aparentar que el partido había evolucionado hacia la moderación y el conservadurismo a la europea, en realidad una operación cosmética ya que, a la hora de la verdad, se vio que el PP seguía siendo el partido duro e inmovilista de siempre. Leyes como la reforma laboral, la ley mordaza, el asalto y control de la judicatura, las políticas de ajuste y recortes que esquilmaron la Sanidad y la Educación y la terapia de la porra contra el conflicto independentista en Cataluña vinieron a demostrar que estábamos ante el partido ultra de siempre.  

Hoy la partitura sigue siendo la misma y solo los tenores han cambiado. Cuando Casado le recrimina a Ayuso que el PP es un partido al margen de “personalismos”, del “talent show”, de “individualismos y solistas”, está dejando claro de qué va esta guerra: no de un duelo ideológico, no de un debate de ideas, sino de intereses creados, de ambiciones personales, de hacer carrera en la política. En definitiva, del quítate tú que me pongo yo. Pero mientras el líder del PP sigue siendo cuestionado por su falta de liderazgo (muchos le afean su cartel de eterno perdedor que no consigue ganarle unas elecciones ni por casualidad a Pedro Sánchez) Ayuso emerge como una gran triunfadora, un filón, una bomba que puede acabar con el Gobierno socialista a poco que se presente a unos comicios generales. Cada vez son más las voces internas que exigen un cambio de líder ya. Faltan dos años para la próxima cita con las urnas y algunos intuyen que colocando a la hoy presidenta madrileña como cabeza de cartel y candidata número uno a la Presidencia del Gobierno de España la victoria estaría más que asegurada. Estos optimistas se basan en el “efecto Ayuso” que ha arrasado en Madrid con una propuesta que es una mezcla de política espectáculo, antisanchismo guerracivilista, trumpismo a la española, discurso naíf sobre la libertad y aires de mitomanía folclórica y cupletista. No se puede negar que Ayuso se ha convertido en un fenómeno sociológico, una estrella mediática. Y en ese auge está la explicación de la cruda reyerta que sufre el partido, una refriega como nunca antes en su historia.

Paradójicamente, la pelea de gallos llega justo cuando el PP empezaba a remontar el vuelo. El Gobierno Sánchez paga la crisis posterior a la pandemia, la conflictividad social se canaliza en violentas manifestaciones de protesta (véase la batalla campal entre trabajadores del Metal y la Policía en Cádiz) y la izquierda parece acusar el desgaste del poder y de las promesas incumplidas en buena medida por la tenaz oposición de las élites financieras y los poderes fácticos. Casado se ha pegado un tiro en el pie al alimentar y airear las trifulcas internas. Un borrón más que sus críticos añaden al currículum de incompetencias que lastran la credibilidad de un líder.

Por descontado, en esa supuesta incapacidad de Casado habría que incluir también la ineficacia que ha demostrado a la hora de acometer la regeneración y el lavado de cara del partido tras los años negros de la corrupción. Las cuentas del PP llevan una década bajo sospecha. Han sido tantos escándalos que sería imposible enumerarlos aquí. Cuando Pablo Casado anunció el cierre de Génova 13 parecía que el líder popular quería pasar página, dejar atrás el pasado y refundar un nuevo proyecto político. Para ello anunció a bombo y platillo un departamento de cumplimiento normativo y transparencia, un supuesto organismo de gestión interna que debía controlar hasta el último céntimo y evitar que la mafia se instalara en la jefatura, como cuando los Correa, Crespo, Bigotes y otros clanes familiares –todos ellos condenados por diversas trapacerías–, se paseaban por los pasillos del cuartel general pepero como Pedro por su casa. Sin embargo, a fecha de hoy no han hecho nada de nada y de aquellas anunciadas medidas regeneradoras nunca más se supo.

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