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Guerra de Princesas

Ricardo Fraguas Gadea
Directivo y emprendedor en compañías de tecnología y Moda. Divertido y aventurero
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-¿Sabes lo qué te digo? Que eres un mariconazo y ahora mismo me voy directa al cuartelillo a denunciarte!-

Maggie (Mariano, para los íntimos y los que le conocimos antes) se había enfadado mucho con su Sussie (Santi, de nombre natal, o de soltero). Parecía una pelea más. Últimamente se les amontonaban. Al menos, más de lo correcto a ojos y oídos de la vecindad. Sussie ya decía que la vecina del quinto le miraba mal. -Me “penetra” mirándome de arriba abajo- cómo le gustaba a Sussie especificar.

Sin embargo, con el bombero del tercero, era diferente. Se encontraban casi a diario en la escalera o en el pequeño ascensor. Ella y él siempre se sonreían. Incluso en alguna ocasión se atrevieron ambos con un guiño reciproco. Sin apenas retardo. Casi instantáneo. Inocente, de buen carácter. Peligroso, supongo. Aunque no era tímido ni nada el forzudo chaval. Aquella situación le asustaba más aún que un fuego. Pero seguía jugando con cerillas con la vecina. Y a Maggie, de encenderla por dentro, paso a consumirla. Y estalló.

En la calle retumbaban los gritos nocturnos, algún bolsazo y una cabalgata de tacones. Insultos con sudor y algo de esencias etílicas, que casi siempre se excedían con cualquier cosa “de alta graduación, a poder ser”.

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Así acabaron llegándose al cuartel de Los Civiles. Maggie delante, Sussie detrás, como en cordada, con el rímel corrido por su cara, algo despeinada y descalza, ya con los tacones en la mano.

El cabo no tuvo tiempo de preguntarles, ni siquiera de darles un alto -que mis princesas habrían omitido, seguro-. No era la primera vez que se presentaban por allí. Los civiles ya habían intervenido en algún que otro desencuentro de la pareja, en cualquier otra loca noche de pseudoruptura.

Maggie estaba hoy especialmente desbocada. Muy suya. El sargento de guardia de los civiles tampoco le tenía un gran aprecio a la pareja. Sobre todo desde que descubrió que el novio de su hija se intercambiaba pitillos con Sussie, cuando se encontraban, con sospechosa regularidad, en algún callejón del pueblo de noche y sin mascarillas.

A mi querida Maggie, ya la conocía. Adivinó a entender en su mueca grande de la boca, -inundada por sus labios abullunados de “toxinas eco”-, que hoy sí. Por fin “la loca” firmaría la denuncia nunca acabada contra su amado o amada. Y digamos, que el sargento se dejó llevar por las circunstancias y, gran error, por las cosas de la noche.

Presto a notificar la denuncia, encendió su pantalla ya casi oxidada. Le interrumpió el vozarrón acido de la Sussie,

-Mariconaza tu, Maggie, que esta noche duermes tu en el cuartelillo. Ya te digo- grito Sussie.

El cabo, al quite, y sintiéndose algo responsable del franqueo fácil de la puerta por la pareja, trató de explicarle la situación al sargento. Pero este le mandó callar.

-Tu mira y escucha. Déjalas hablar… o déjalos…. Que se sienten y se calmen- dijo el sargento tratando de disimular su confusión.

La cantidad de sandeces que se soltaron a continuación les aburrirían esta noche, y unas cuantas más -incluidas noches de insomnio con pastillas-. Era el amor, brotando en los límites de su pequeño Universo. Su delicado y complejo Mundo, que giraba, una noche más, a velocidad supersónica. El guardia civil, todavía al mando, hizo lo que pudo por seguirles en el intercambio de golpes dialécticos. Hasta que exclamó…

-¿Quién coño denuncia a quién?, gritó. Y luego se hizo un largo silencio. -¿El a ella, ella a él, él a ello, ello a ella?-

-¿Acaso hace falta usar ese tono tan machirulo?, le recriminó Maggie. -Mi macho me violenta y debe ir al trullo ya- matizó, dándose cuenta que ella también podía ser muy macho, si la cabreaban.

-Al trullo tu puta madre,- gritó Sussie algo exasperada. -Yo me vuelvo a casa con la perrita, y tú, a chupar barrote-

La cuestión, lector, es algo más compleja de lo que banalmente aparenta. Enfrentadas al incierto elixir de la vida, con “La Ley” habían topado mis princesas. La violencia de genero era evidente, aunque algo confusa: dos hombres se pegaban, dos mujeres se arañaban, dos seres se querían y se odiaban… La igualdad de género trataba de imponer un criterio, que moría bipolar. El, ella, ello, la… lo! Claramente era un Mundo donde no encajaban. Y ellas lo sabían.

  • ¿Pero quién cojones es aquí el marido?- gritó el sargento- Es para el informe, no me lo tomen a mal-.

Sussie y Maggie durmieron una vez más juntas esa noche. Juntos o juntas, confinadas entre rejas. Lo que querían. Una fantasía más cumplida por la singular pareja. Mis locas Princesas, siempre en guerra!

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