Invierno de 2016. Centro de Madrid. Un enorme cartel cuelga de una fachada. En él se ve el inconfundible rostro de Pablo Escobar. A su lado, tres palabras: oh, blanca Navidad.

27 de agosto de 2017. Puerta del Sol, también en Madrid. Bajo el mítico cartel de Tío Pepe, un bocadillo que imita a un SMS en cuyo interior se lee: Sé fuerte. Vuelve Narcos.

7 de enero de 2020. Cuenca. Las marquesinas de los autobuses aparecen ocupadas por carteles que rezan: Cuenca, te vamos a poner mirando a Netflix.

15 de enero de 2020. Madrid, Barcelona y otras grandes ciudades. Un rótulo del tamaño de un edificio anuncia: Querrás tragártela enterita.

A Netflix le va la marcha. Casi desde el inicio de su actividad en España, la compañía ha apostado por una estrategia publicitaria basada en anuncios más o menos polémicos y una dosis indisimulada de mala leche e ingenio quevedianos. Los ejemplos citados se corresponden a las series Narcos y Sex Education, pero no son los únicos. El anuncio (plantado en el centro de San Sebastián) de la comedia Fe de Etarras, en el que podíamos leer un “Yo soy español, español, español” tachado en rojo, fue denunciado por una asociación de guardias civiles por considerarlo, cómo no, humillación a las víctimas del terrorismo.

Netflix juega con los dobles sentidos y busca la polémica, un arma comunicativa peligrosa, aunque eficaz como pocas. No hay nada mejor que agitar un poco a la masa para que empiecen a brotar por doquier autoproclamados guardianes de las esencias morales poniendo el grito en el cielo. La indignación cotiza al alza en nuestros días y corre como un reguero de pólvora entre la gente ávida de casito que puebla las redes sociales patrias. Siempre a la espera de una nueva oportunidad para erigirse en faro de virtud. La libertad guiando al pueblo, pero sin bandera francesa ni teta al aire.

Algo así han debido pensar en el equipo creativo de la plataforma al diseñar el cartel de su próxima película Mignonnes (Guapis en castellano, según me informa Google), en el que han apostado por la imagen de cuatro menores en posturas tan sexualizadas que casi resulta incómodo mirarlas. Han completado el cebo con una sinopsis bastante chusca que carga tintas en la importancia que la sensualidad tiene en la vida de las protagonistas. Después, han echado la caña al río. Y a esperar a que piquen.

A la hora que escribo esto, hay más de 268.000 firmas en esa plataforma que hace negocio con tus datos, y siguen creciendo. “Esto no es más que cultura de la pedofilia y este contenido incita a la hipersexualización infantil y expone a las mismas niñas de la película”, reza la vehemente censora que ha iniciado la petición. En mis redes sociales, lo más cutre y casposo del feminismo moderno llamaba a “evitar que miles de pedófilos puedan guardar imágenes de estas menores”, acompañando su grito de libertad de un enlace a la recogida de firmas.

El giro de la trama llegaría cuando Lucía Etxebarria (quizá otros antes) explicó que los tiros no iban en absoluto por ahí. Resulta que se trata de una película social, hecha por una directora feminista, que denuncia la asfixiante influencia de la religión islámica en determinadas sociedades y critica, a su vez, la hipersexualización de las sociedades occidentales.  

Si se están preguntando si pedían la retirada de una película que no habían visto, la respuesta es sí. Ello no impidió que la turba descerebrada se lanzase a por la joven directora que, ante el acoso, se vio forzada a cerrar su cuenta en Twitter.

Miren, el cartel que lanzó Netflix era, dicho llanamente, una mierda. Tal vez fue un error como han dicho, pero personalmente lo dudo. Alguien que ha diseñado las campañas mencionadas al inicio tiene que ser consciente del revuelo que podía armar el adefesio. Sea como fuere, en realidad es irrelevante.

Lo que no lo es, en absoluto, es pensar que existe una parte de la sociedad española que cree, ya no en la censura, sino en la censura preventiva. Personas que quieren evitar que veamos una película porque no les gusta el poster. Una película sobre la que ni siquiera se molestaron en indagar antes de condenarla al infierno. Paladines y paladinas cuya rectitud moral debería avergonzarnos a todos los que tenemos la mala costumbre de ver las películas antes de criticarlas. Ejemplos de virtud a los que no importa acosar a una chica porque no les gusta su película que no han visto.

Da pena que ya no se puedan ver estegosaurios pero vosotras (y vosotros), en cambio, sigáis dando la murga. Ojo, no vayáis a quemaros algún día en esas hogueras que tanto os calienta encender.

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