Llevo días pensando que en realidad a mí no me gusta tanto la F1, y que no sé porque hablo, o más bien: escribo, sobre ella. Cuando era un chinorri, y con mi primo Arturo el Grande (yo era Arturo el chico) nos gustaba seguir a otro Arturo, Merzario, y también imaginábamos que el mejor de los destinos cuando fuésemos animales grandes sería convertirnos en Jackie Stewart. Y luego volví por Alonso, y más que por Fernando Alonso quizá por Lobato y lo bien que contaba las batallas; porque el narrador es clave en el modo en que nos llegan al corazón las historias.

Pero la temporada anterior, 2017, me aburrí un poco. Tanta formulilla uno, todo robots, pasta larguísima y los héroes en un discreto segundo plano.

Probaremos. Quizá esté interesante el 2018. Quizá haya varias escuderías capaces de ganar grandes premios. De momento ya noto el gusanillo dentro y cierta curiosidad.

Australia. Mi apuesta es Daniel Ricciardo, alias -según Verstappen- El Flatulencias (si alguien me lo pide lo contaré algún día).

Es un buen piloto, me cae bien, el año pasado abandonó al principio de la carrera, corre en casa, y sobre todo me apetece hacerlo: apostar por él. Daniel Ricciardo campeón en Australia 2018.

Habrá burbon -virtual- para todos si el próximo domingo gana la carrera.

Palabra de Tigre (los puros de corazón saben que se puede creer en ella).

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