Ayer conocíamos el inmenso gesto de Javier Martínez, el padre de Xavi, el pequeño de tres años que fue asesinado en el atentado de Las Ramblas la semana pasada.

Necesitaba abrazar a un musulmán. Y así lo hizo. Ante los ojos de toda la humanidad, nos dio una lección: el amor vence al miedo, al odio y a la ignorancia que nos amenaza y nos deja aterrados.

Desde la racionalidad, es cierto, no tenía por qué hacerlo, pues los musulmanes no tienen la culpa de lo sucedido. No era necesario hacerlo, porque todos sabemos que quienes asesinan no lo hacen por ser musulmanes. Lo hacen por otros motivos, siempre injustificables, desde el odio, la cobardía, el fanatismo y vaya usted a saber qué intereses que no se nos terminan de explicar. Pero jamás lo hacen siguiendo las pautas de la religión que profesan millones de personas inocentes.

Sin embargo, desde el atentado, se ha producido una oleada de odio, de miedo, de rechazo hacia los musulmanes. Más concretamente, hacia «los moros». Y quiero explicar algo al respecto: la pobreza va unida a esta idea de odio. No hablamos de insultos ni ataques a los «árabes». Los insultos siempre van acompañados de la palabra «moro», que suele hacer referencia a quienes conviven con nosotros y por lo general pertenecen a una clase social con muchas dificultades. Este tipo de racismo va siempre relacionado con el odio al diferente, sí, pero al que es diferente y además es pobre. Así me lo explicaba mi amigo Alami Susi, fundador y presidente de la Asociación Amigos del Pueblo Marroquí Itran. Y tiene toda la razón.

Nada más suceder los atentados hemos podido leer auténticas barbaridades. La mayoría, además de injustas, falsas. Que si los terroristas y sus familias recibían subvenciones del Estado, que si deberían ser todos expulsados… Incluso personas con las que he hablado estos días me pedían explicaciones de por qué defiendo a la comunidad musulmana, llegando a decirme que mi discurso en el fondo es cobarde, que les defiendo porque les tengo miedo. Y lo que realmente me da miedo son estos discursos. Las noticias que leo donde se cuenta que un señor en Valencia pegó a un niño marroquí llamándole «moro de mierda»; o que una joven en madrid ha sido agredida por tres bestias en Usera.

Al comentar estas noticias en redes sociales, he recibido insultos de todo tipo. Incluso, Cristina Seguí ha amenazado con denunciarme por considerar yo que la distribución de determinada información  (falsa e injusta) es xenófoba y promueve el odio. He sido insultada como «loca del coño» por Alvaro Ojeda. Y desde la cuenta oficial del programa «Economía para todos», presentado por Carmen Tomás, se me llama la atención cuando digo «basta ya» ante la noticia de la agresión de la chica en Usera, señalándome que soy una exagerada y que se trata de un caso aislado.

Por eso doy las gracias a Javier, el padre de Xavi. Con su abrazo me ha insuflado un enorme aliento de amor, de esperanza, de energía. Porque además del dolor y la tristeza que producen en nosotros los atentados, he sentido rabia e indignación por la respuesta de aquéllos que solamente entienden de odio. Y sinceramente, estoy preocupada al ver estos días a la derecha más agresiva y rabiosa que nunca. Me aterroriza pensar que estamos gobernados por dirigentes que se preocupan, sobre todo, por modificar el Código Penal para endurecer las medidas de seguridad, que en definitiva suponen recortarnos derechos a todos, para que al final, con estas leyes, se persigan los chistes sobre Carrero Blanco y campen a sus anchas las barbaridades que estamos leyendo de personajes públicos como el Señor Rojo, la Señora San Sebastián o el cantante Soto (entre otros). 

Me entristece pensar que alguien pueda insultarme sin rubor porque denuncio públicamente el fomento del odio hacia la comunidad musulmana. Porque pido respeto hacia las víctimas pero también hacia un colectivo que está siendo criminalizado sin motivo. Porque observo que para algunos, los atentados han podido suponer una excusa con la que parapetarse para escupir su veneno y su odio hacia quienes, en realidad, siempre han tenido entre ceja y ceja.

Y gracias al gesto de Javier esas bocas no tienen razones para seguir escupiendo. Una bofetada de amor ha demostrado que por encima de tanta ignorancia, hay personas (PERSONAS) que entienden de qué va esta historia. Y que no estamos dispuestas a seguir alimentando el odio que solamente los cobardes quieren generar para obtener beneficios: de las guerras, de las armas, de nuestras vidas.

Gracias, Javier. 

 

1 Comentario

  1. Madre mía..vaya tela con Diario 16, lleva unos días memorables entre el «mediador de paz» que quiere canoninar a Juana Rivas y la zombie política Talegón sumándose al carro de la islamofilia («venid y tomad estos cuchillos, aquí tenéis nuestras gargantas para que las cortéis y no os sintáis ofendidos por nuestra civilización infiel».

    Chao Diario 16, hasta nunca, para periódicos progres descerebrados ya tengo «El Plural» y «Público».

    Hasta nunca.

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