Atilano era un padre de familia que siempre comía con el telediario y Rosa, su mujer,siempre protestaba diciendo que le sentaba mal la comida después de  ver aquel catálogo de desgracias a cual peor. Atilano le decía que no mirara y ella le contestaba que no podía dejar de hacerlo teniendo la pantalla enfrente de sus narices. Rosa decía que aunque mirara para otro lado, era imposible dejar de oír la retahíla de  desastres, masacres, injusticias, caos, violencia y muerte que  a diario y a la misma hora escupía la televisión a la cara con una cadencia de ametralladora. Más de una vez Rosa le había amenazado con coger a los hijos, un chico de  dieciséis y una chica de catorce, e irse a comer a la cocina y él siempre respondía con un encogimiento de hombros sin  apartar la vista de la pantalla como si estuviera hipnotizado por ella.

Un día viendo el telediario, mientras hundía una rebanada de pan  en la sartén de las gachas, vio a un conocido banquero hablando ante la junta general de accionistas del banco que presidía. En ese momento le llamó poderosamente la atención la forma en que levantaba la mirada del atril y, mirando sin ver como los ciegos, la elevaba hacía el auditorio  y después la volvía a dejar caer sobre los papeles del atril. En ese momento su cerebro sufrió una especie de cortocircuito y con una nitidez increíble se le vino a la memoria la mirada del gorrino de San Antón que vio frente a la puerta de su casa cuando tenía diez años. ¡Es él!, dijo soltando de golpe el pan y la navaja con que lo partía. Su mujer y sus hijos se quedaron paralizados por el horror mientras Atilano señalaba la pantalla con el dedo abriendo mucho la boca sin poder articular palabra.  ¿Qué te pasa?, le preguntó Rosa pensando que era un infarto. Y Atilano, con la voz tomada por la emoción, dijo que aquellos ojillos y sobre todo aquella mirada era la misma mirada del gorrino de San Antón que una tarde se acercó  a la puerta de su casa donde su madre le vació en el suelo una cacerolilla con mondas de patata, cozcurros de pan y las sobras del guiso del mediodía. La mujer se tranquilizó al ver que su marido recuperaba el  resuello y le ofreció un vaso de agua. Atilano apartó con desdén el vaso de agua, cogió el porrón, enfiló el chorrillo hacía su boca con la precisión que le caracterizaba y lo mantuvo durante más de medio minuto.

Al terminar de comer, los hijos le preguntaron que qué era  eso del gorrino de San Antón y Atilano, limpiándose la boca y la barbilla con el dorso de la mano,  les contó que  hace ya muchos años, cuando él era niño, existía en el pueblo la tradición del gorrino de S. Antón. Ésta antigua costumbre cuyo origen nadie conocía, consistía en que alguien, un vecino cualquiera, donaba un gorrinillo a la parroquia y el cura lo aceptaba como acepta cualquier donación porque los curas, otra cosa no, pero son gente muy agradecida. La tradición mandaba que el animal, una vez convenientemente cebado, sería rifado entre los habitantes del pueblo y los beneficios de la venta de las papeletas serían para la parroquia. El problema es que  había que cebarlo a base de bien hasta que estuviera de matanza y así poder rifarse. Porque nadie iba a comprar papeletas para la rifa de un cerdito poco mayor que un conejo. Entonces la parroquia, para solucionar este problema soltaba al gorrinejo por las calles del pueblo para que fueran los vecinos, a escote, quienes lo alimentaran y cebaran convenientemente. El animal merodeaba durante meses por las calles del pueblo parándose en todas las puertas, sobre todo en las puertas donde ya le habían dado algo, a ver si alguien de la casa se daba por aludido y le echaba de comer. El bicho, que también era muy agradecido, comía de todo, trigo, cebada, bellotas, salvado, castañas, sobras de comida, mondas de cualquier cosa y cualquier cosa que fuera comestible. Casi a diario se le veía al bicho crecer porque eran pocos los vecinos que no se solidarizaban aportando cualquier cosa, aunque fuera un cacho de pan duro.  Y cuando a costa de todos los vecinos, aquel bicho esmirriado se transformaba en un animal gordo, lustroso y hermoso como un sol y sus andares ya excitaban el deseo y hacían salivar a todos los que le veían pasear despreocupadamente por el pueblo, la parroquia lo rifaba en un acto celebrado frente a la iglesia.

Y el afortunado e ilusionado ganador se lo llevaba a casa dando un paseo que recordaba la  escena final de “El silencio de los corderos” donde Anibal, el caníbal, Lecter sigue tranquilamente a su víctima por la calle, una víctima  a la que nombra “su cena”. El resto de los vecinos, después de tirar al suelo las tiras de números no premiados, volvían a casa tristes  pensando que este año no había habido suerte pero quizás el próximo año serían los felices ganadores del premio gordo, nunca mejor dicho.

El padre les preguntó si les había gustado la historia y los hijos asintieron con una sonrisa. El padre, que era un adicto a la siesta, dijo que ya estaba bien de charlas y apagó la colilla del cigarro sobre una corteza de melón, se tumbó en la banca arropándose con una áspera manta de caballería, se echó la gorra sobre la cara y cinco minutos después ya roncaba como un bendito.

Y al poco de quedarse durmiendo empezó a soñar. Y  soñó que, al igual que el gorrino, el banquero que había visto en el telediario había sido criado entre muchas generaciones de habitantes de este país y de otros países a los que también se había arrimado a ver lo que caía, y con  el tiempo se había convertido en una especie de cerdo colosal que regía los destinos de los hombres junto a otros gorrinazos mutantes que operaban desde su sede mundial llamada “la gran gorrinera”, situada en Nueva York y más concretamente en Wall Street. Aquellos seres desmesurados, terroríficos dominaban la Tierra como en su día lo hicieron los dinosaurios y nada ni nadie escapaba a su temible poder. Todos los gobiernos y poderes, y no digamos la gente de a pie, doblaban temerosamente la raspa ante ellos.

Eran todos ellos muy voraces y agresivos como corresponde a unos seres  situados en la cima de la cadena alimenticia, la que refleja quién come a quien. Pero en los últimos años fue tal la voracidad, la codicia y la agresividad que mostraban aquellas terribles criaturas que si bien siempre habían estado y estaban revolviéndose entre ellos y mordiéndose para disputarse cualquier tajada, cualquier beneficio, ahora su  agresividad, su ambición desmedida había llegado tan lejos que habían provocado una crisis de proporciones planetarias e incalculables consecuencias para toda la humanidad.

Y llegó el desastre, la gran crisis, una crisis que todo el mundo  veía venir pero nadie y menos que nadie la inútil, aturdida y amodorrada clase política local y mundial hizo nada para evitar. Tampoco la gente, lo que antes se llamaba el pueblo llano, fue capaz de organizarse y hacer frente al abuso y  la injusticia que suponía que aquel puñado de bestias apocalípticas acorazadas de tocino y con la cara más dura que el diamante más duro. Nadie pudo evitar que aquellos seres salidos de una pesadilla de El Bosco, fueran los dueños y señores de más del ochenta por ciento de la riqueza del planeta mientras más del ochenta por ciento de la humanidad se tenía que conformar con el escaso veinte por ciento restante. La crisis que ellos habían provocado a conciencia con sus malas prácticas, sus robos, fraudes, usuras, triquiñuelas, engaños y especulaciones de todos los modelos y tamaños íbamos a pagarla nosotros, sus víctimas. Pero aquellas bestias inmundas, querámoslo o no, era nuestros hijos porque, si lo pensamos bien, nosotros fuimos los culpables de haber engordado a esos gorrinos hasta hacerlos tan grandes y poderosos que ahora ya no piden de puerta en puerta la voluntad sino que entran directamente en nuestras casas, en nuestras vidas, en nuestros salarios, en nuestros ahorros, en nuestros sueños, ilusiones y esperanzas y se los zampan de un bocado. Ya se sabía que los banqueros desproporcionadamente cebados sin un, más que necesario, imprescindible control de su engorde, un sencillo control veterinario por parte de los poderes públicos, eran un peligro, una amenaza que se cernía sobre todos nosotros. Pero nadie hizo nada, nadie les puso coto, nadie frenó ese escandaloso crecimiento de un treinta o un cuarenta por ciento de sostenidos beneficios anuales  durante décadas.

Estos Godzillas forrados y blindados de manteca, estos terroríficos banqueros no sólo no han creado más riqueza que la suya propia sino que han perdido totalmente el respeto a aquellos que les hemos engordado, aquellos que les hemos ayudado, cada uno con su pequeña  aportación, a  ser lo que son. Sin ir más lejos,  el propio Atilano había cumplido recientemente su condena hipotecaria de veinte años y un día.

Si los banqueros, financieros y gentes de mal  vivir y peor delinquir, han llegado a dominar y esclavizar al mundo, a llevarlo a esta crisis sin precedentes, ha sido gracias a nosotros, pobres hormiguitas trabajadoras, ingenuas, torpes, cándidas y crédulas. Nosotros somos tan culpables como ellos o más por haberles dejado hacer y deshacer a su antojo, quizás, en el fondo,  no seamos otra cosa que unos inocentones que nos hemos dejado deslumbrar por su poder sin darnos cuenta que lo que tenían lo habían conseguido gracias a nosotros. Era nuestro.

En  ese momento Atilano despertó de la siesta sobresaltado y aturdido, abrió los ojos y vio a su mujer que le tenía la mano puesta en el hombro para despertarlo. Ya son las cuatro, le dijo. Se levantó y después de lavarse la cara salió a la calle, se subió al tractor y se fue al bar a tomar un café y una copa de sol y sombra con hielo con la que a diario se sacudía la modorra de la siesta. En el bar se encontró con el director de la sucursal del banco donde todavía cumplía dos condenas menores por sendos préstamos. El director fue a saludarle como hacía siempre y Atilano a verlo venir, le dio la espalda.

Al llegar a la viña, Atilano, se dio cuenta que no debía haberle hecho ese desplante, ese desprecio a quién había sido su amigo de siempre. Aquel director de sucursal sólo era un mandado, una pieza del engranaje de la gran maquinaria diseñada por los grandes banqueros. Esos monstruosos gorrinos de San Antón que Atilano, estaba seguro, nunca llegaría a ver excepto en los telediarios y en los periódicos pero cuyos efectos, su tiranía y despotismo, su poder, omnipresente y despiadado, padecería siempre.   

 

 

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