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Gobierno y Zarzuela ultiman un viaje relámpago de Juan Carlos I a España por Navidad

La predisposición del rey emérito a regularizar su situación fiscal por las tarjetas black podría allanar el camino

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Como en el anuncio aquel del turrón, el rey emérito quiere volver a casa por Navidad. Todo el ajetreado papeleo con Hacienda de estos días, el anuncio de que piensa ponerse al día con los inspectores, la invitación de su abogado a colaborar con la Justicia, etcétera, no tiene otra finalidad que ir preparando a la opinión pública española para su advenimiento navideño. Juan Carlos I lleva meses diciéndole a Felipe VI que se aburre en Abu Dabi, que ya no aguanta ni un minuto más en aquella tostadora. Parece mentira lo gélidas que pueden llegar a ser las dunas del desierto para alguien que se siente injustamente desterrado. Los días se eternizan, las cuatro paredes del hotel de 11.000 euros la noche se acaban convirtiendo en una jaula de oro, las fiestas con la nobleza internacional se vuelven monótonas y aburridas y la lejanía de la patria se torna insoportable. El cuento oriental de Las mil y una noches que prometía alfombras voladoras, lámparas maravillosas, tesoros magníficos y bañeras con piedras preciosas se acaba convirtiendo en pesadilla hasta tal punto que uno ya solo piensa en salir de allí. 

“¿Por qué demonios tengo que estar yo en este sitio, si he sido el gran héroe de la Transición española?”, debe preguntarse el monarca cada noche, frente al retrato del elefante abatido en Botsuana, poco antes de irse a dormir. “¿Por qué tengo que sentirme como un rojo republicano en el exilio si no he hecho más que ganarme unas monedas con mi talento innato para los negocios?”, se interrogará el ex jefe del Estado mientras se baja al balneario repleto de palmeras y millonarios para someterse a las tediosas sesiones de espá, sales minerales y barros rejuvenecedores. 

Sin duda, Juan Carlos debe verse a sí mismo como Hans Castorp, el célebre protagonista de La montaña mágica de Thomas Mann que pasaba las horas muertas en aquel sanatorio para ricos y aristócratas de los Alpes suizos sin saber muy bien qué hacer ni qué diantres pintaba en aquel lugar. Al igual que el personaje de Mann sentía que el tiempo en la montaña alpina se dilataba hasta límites einstenianos mientras los grandes asuntos del ser humano le asaltaban en un incesante flujo de conciencia (la enfermedad, el amor, la política, el arte, la muerte), el rey emérito a buen seguro reflexionará sobre su propio horizonte (el personal y el judicial) y sobre el futuro de España, que con el ruido de sables recrudeciendo y la extrema derecha en pleno auge es más bien negro y trágico. 

No hay nada peor en este mundo que tener que pasar por exiliado (voluntario o forzoso) y al anciano monarca le ha entrado de repente la morriña. Juan Carlos −que echa de menos a los amigos de Sanxenxo, las regatas, el pulpo gallego, las corridas de toros, los paseos por los jardines de Zarzuela, en fin, la auténtica vidorra española−, ha concluido que hasta aquí hemos llegado, y al igual que un emigrante tira para la patria chica en cuanto llega la Navidad, él le ha dicho a sus hermanos los jeques árabes y primos de Alí Babá aquello de ahí os quedáis con vuestros maletines, AVES y petróleo (fetiches portadores de la mala suerte) que yo me vuelvo para España. O sea que deja Qatar para catar buen jamón y tocar la zambomba. Las cosas pequeñas de la vida que, lejos de los grandes negocios, dan la felicidad al fin. 

Don Juan Carlos es como ese estudiante de Erasmus (que no orgasmus) que cuando empiezan a caer los copos de nieve y suenan los primeros villancicos de la temporada se le enternece el corazón, se pone nostálgico y corre a refugiarse en la familia. Después de su frenética y equinoccial aventura por medio mundo (incluidos los paraísos caribeños, la sucia Suiza, los peligrosos safaris africanos y la brumosa Londres con sus rubias hitchcockianas en plan agente doble y los espías del Foreign Office apostados en cada esquina), el rey emérito siente al fin, como todo buen español, la llamada del calor del hogar, la serenidad de la fiel y abnegada esposa sacando el pavo del horno, los nietecitos que siguen creciendo (tanto las que van para reinas como los que se quedarán en relaciones públicas de discoteca) y los amantes hijos esperando al pie del árbol de Navidad con los brazos abiertos y regalos sinceros, nada de kinders sorpresa preñados de cuentas opacas y fundaciones offshore que las carga el diablo.

Dice la prensa que Zarzuela (de conformidad con el Gobierno de Pedro Sánchez) está estudiando la propuesta de repatriación del emérito y uno cree que nadie (por muy republicano que sea) puede ser tan cruel y sectario como para negarle ese favor, por razones humanitarias, al que un día fue patriarca, faro y guía del pueblo español en la dura travesía por las tierras yermas de la Transición. España es un país indulgente con quienes se apartan del camino recto de la vida y si Junqueras y los suyos van a salir de merecido permiso de fin de año, si los etarras de Otegi estarán más cerca del País Vasco estos días, cómo no darle una tregua a ese señor que cada Nochebuena, durante cuarenta años, se colaba en nuestras casas para desearnos felicidad y darnos la brasa con aquellos sermones huecos escritos por otros, véase aquello de “en estas fechas tan entrañables me llena de orgullo y satisfacción…” o la cantinela manida de que “la Justicia debe ser igual para todos”. Eso sí, el Borbón que venga con la mascarilla sin caducar (a ser posible FFP2), guardando la distancia de seguridad y que corra el aire. Como un allegado más, que diría el ministro de Sanidad.

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