Pedro Sánchez y Pablo Iglesias están reinventando la nueva política a marchas forzadas y contrarreloj. Quizá, a fin de cuentas, sea esa la única forma de salir de la situación de bloqueo en la que se encuentra el país. La imaginación fue el mejor combustible durante la Transición y gracias a ella conseguimos una Constitución y un modelo de convivencia que ha funcionado, con sus defectos, durante 40 años.

El anunciado Gobierno de cooperación PSOE/Podemos es una fórmula ambigua que ha servido a ambos partidos para dar una noticia cuando no había demasiado que decir. Y no había material informativo sencillamente porque hasta ahora no hay acuerdo. Con todo, el titular positivo para la izquierda es que las dos formaciones están dispuestas a colaborar en un proyecto común para los próximos cuatro años, lo cual es mucho. Ahora bien, ninguno de los dos líderes ha concretado lo más importante: cómo y con qué representantes piensan llevar a cabo esa iniciativa de Gobierno, ese hipotético Gobierno de cooperación.

A fecha de hoy en el Derecho Político Europeo Comparado no existen antecedentes de dos partidos que hayan acordado tal fórmula de colaboración bajo ese nombre. Por tanto, entramos en el terreno de la especulación pura y dura. Según la teoría política clásica, esa que parece no servir ya en el siglo XXI, un Gobierno en el que confluyan dos partidos solo puede constituirse de dos maneras: con un Ejecutivo monocolor (en este caso del PSOE como lista más votada) con apoyos puntuales de un socio de confianza; o bien mediante un Gobierno de coalición donde las dos formaciones acuerdan un programa común y se reparten las carteras y ministerios. El primer diseño es el que propugna Sánchez, mientras que a Iglesias le gusta más la fórmula de coalición, ya que, según ha explicado no se fía de los socialistas y esa sería “la única forma de garantizar que nuestras propuestas son tenidas en cuenta”.

Es precisamente ahí, en esa discrepancia sobre la arquitectura del futuro Gobierno, donde aparece el principal escollo para el entendimiento entre socialistas y podemistas. El término Gobierno de cooperación no es ni más ni menos que un terreno neutral, un punto de arranque para seguir negociando, una casilla de salida sobre la que ir debatiendo sobre los muchos asuntos de Estado que tiene planteados el país. Desde ese punto de vista, la idea es todo un acierto, ya que si algo enseña la experiencia reciente es que en un diálogo entre dos partes lo principal es ponerse de acuerdo en que quieren ponerse de acuerdo.

¿Significa el Gobierno de cooperación que Iglesias renuncia a los ministerios que está pidiéndole a Sánchez con insistencia? De ninguna manera. Podría darse el caso de que fracasara la fórmula de la coalición y se optara por incluir a miembros de Podemos en algunos ministerios, especialmente en aquellos que tienen que ver con las políticas sociales, como Trabajo o Igualdad. Adriana Lastra, la portavoz socialista, ya ha recordado que la inclusión de independientes en el futuro Consejo de Ministros va a ser objeto de negociación.

¿Y en qué medidas concretas podría traducirse el Gobierno de cooperación? Sin duda en la más importante: en el diseño de políticas comunes en aquellos puntos programáticos sobre los que haya coincidencia. Esa forma de gobernar no es nueva en España, de hecho Sánchez ha venido legislando así en los últimos meses de decretos leyes con el apoyo de Podemos y de otras formaciones políticas.

Que la idea puede funcionar finalmente lo demuestra el hecho de que Pablo Casado y Albert Rivera ya han empezado a bromear y a hacer chistes malos sobre la interesante iniciativa que han puesto encima de la mesa Sánchez e Iglesias. El líder del PP, por ejemplo, compareció a última hora de ayer ante los periodistas tras su reunión con el presidente en funciones y se mostró cauto, institucional, prudente, en sus respuestas. Un síntoma claro de que puede haber cierto nerviosismo en la derecha ante la posibilidad de que ese invento, ese as que las izquierdas se han sacado de la manga −más el apoyo de las fuerzas minoritarias−, sea suficiente para lograr una investidura con éxito en el último momento. Y es que la imaginación es el principal combustible de la política.

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