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Glovo: Marx a domicilio

Flavia I. Bello
Feminista de izquierdas, traductora, intérprete, soñadora, inconformista y cada día más rebelde. Exiliada política de otros tiempos, cuando no era deshonra y aún podías tener un futuro digno. Nací independiente, pero fiel a mis principios. Y así sigo.
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Estamos viviendo un momento de cambio histórico.

Por una parte, la cacareada Cuarta Revolución Industrial va a dejar a muchas personas abandonadas. Es obvio que no todos estamos preparados, por edad, por formación, por geografía, por nuestra realidad individual, para adaptarnos a una revolución en la que la tecnología nos hace redundantes en muchos aspectos y que, al mismo tiempo, no crea espacios alternativos para nuestro desarrollo.

La tecnología puede ser maravillosa porque, entre otras cosas, nos libera de tareas tediosas que, en el fondo, no nos aportan nada como personas. Sin embargo, ¿qué hacemos si nuestra economía doméstica no nos permite disfrutar de un tiempo extra porque nuestro trabajo solo da para sobrevivir? Esto nos lleva directamente al siguiente factor: el empobrecimiento de la población.

A diario escuchamos historias de jóvenes que tienen que irse a trabajar fuera, o de quienes aquí no encuentran hueco en el mercado laboral. Los afortunados con empleo cobran salarios muy por debajo de lo que les permitiría vivir dignamente. Se decía que España es un país donde todo el mundo quiere irse de casa de los padres con piso propio, con su hipoteca y sus muebles, y un puesto de trabajo asegurado de por vida. Pero esto, si alguna vez fue así, se quedó en los años 90. Y no va a volver. Toca compartir piso, compartir gastos, etc. La llamada «economía colaborativa».

Como concepto es atractivo. Se nos vende como una economía en la que el objetivo verdadero es compartir, ¡qué idílico!… Y ¡qué comunista! Pero no. Es otro de esos palabros que edulcoran una realidad de sabor amargo que tragamos apretando los ojos y sabiendo que nos va a sentar fatal cuando llegue al estómago.

Pensemos en algunos ejemplos.

La cara A. Bla-bla cars: pásatelo fenomenal compartiendo coche y viajando por poco dinero. Air BnB: abaratamos las vacaciones y así democratizamos el ocio. Über y Cabify: tú también puedes coger un taxi (prémium, incluso). Pero no seas tonto, paga menos. Glovo y Deliveroo: siéntete como un marqués pidiéndonos lo que se te antoje, nosotros te lo llevamos.

La cara B. Lo cierto es que no tienes pasta para tener un coche y menos para usarlo. Sé realista y consigue a otros, pobres como tú, para financiarte el viaje. No te puedes permitir un hotel, píllate una casa por cuatro chavos, que encima le arreglan la economía al propietario. Como usuario, ahórrate el plus de bajada de bandera y, como conductor, paga menos de lo que te costaría una licencia de taxi. Y ya que tus dos trabajos no te dejan ni ganas de bajar a cenar fuera, por lo menos que alguien te traiga la comida basura a casa.

Pero hay más: estos productos y servicios fomentan en realidad la economía sumergida (alquileres que no tributan, por ejemplo), encarecen la vivienda para aquellos que no buscan un alojamiento temporal, especialmente en las grandes ciudades y, sobre todo, están dando lugar a una legión de autónomos, que ya supera los 3 millones.

Fijémonos más en los ejemplos de Glovo y Deliveroo. Una rápida visita a los sitios web de estas empresas ya consigue descorazonar a cualquiera. No es solo la vergüenza de vivir en una sociedad con un nuevo tipo de esclavitud, porque el concepto de pedir la cosa más estúpida y hacer que un joven en bici o a pie se recorra la ciudad, con frío, bajo la lluvia, para traértelo, tiene mucho de abuso (¿alguien puede imaginar algo más innecesario que pedir un café del Starbucks a un mensajero de Glovo?). Lo peor es la remuneración que recibe el pobre incauto por ese servicio y, más allá de eso, la desvergüenza de venderlo en la web con frases del estilo «Los Glovers regalan tiempo y sonrisas para emitir buenas vibraciones y alegría». ¿En serio?

Hace casi 25 años, en una entrevista, Chomsky dijo, refiriéndose a Estados Unidos: «[Antes de los setenta] Existía una especie de contrato social, que creo que piensan que pueden hacer retroceder […], que pueden destruir los derechos humanos, eliminar el curso de la democracia, excepto en la vía puramente formal, trasladar el poder a las manos de innumerables instituciones absolutistas que dirigirían el mundo según sus propios intereses, sin tener en cuenta a nadie más, aumentar el poder privado y eliminar los derechos de los trabajadores, los derechos políticos, el derecho al sustento, es decir, destruirlo absolutamente todo. Eliminar lo que solía llamarse el derecho a la vida». Y añade: «Lo que quieren es un estado del bienestar poderoso, que les proporcione a ellos los recursos y la protección. […] Y en cuanto al resto, los que son necesarios para hacer el trabajo sucio, basta con pagarles una miseria y, si no quieren hacerlo, ya buscaremos a otro». Creo que esta es la mejor descripción del momento en el que nos encontramos, demuestra que esto se viene forjando desde hace mucho y no es involuntario.

Me reconforta en cierta medida ver que hoy los trabajadores parecen dispuestos a volver a luchar. Hemos perdido mucho, algunos lo han perdido casi todo, pero aún tenemos margen de maniobra. Podemos combatir este sistema, aunque sea poco a poco. La lucha feminista es un gran ejemplo de lo que somos capaces. No ha hecho más que empezar, pero avanza imparable y a toda máquina.

Se trata de abrir los ojos y querer ver. Se trata, 200 años después, de la lucha de clases. Marx frente a Glovo.

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