Un agujero negro de proporciones colosales se está formando en el centro de la galaxia del Partido Popular. Una inmensa brecha espacio-temporal que amenaza con engullir al partido de Pablo Casado, reducirlo a polvo cósmico y enviarlo de nuevo a los tiempos de la Transición, cuando no era nada. El último barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) –que debe tomarse con todas las reservas dado su gran margen de error– apunta un futuro incierto para los populares. El sondeo sitúa al PP como cuarta fuerza política en intención de voto, por detrás de Ciudadanos e incluso de Podemos, con Vox comiéndole el terreno peligrosamente por detrás. Tras estos números, todas las alarmas han saltado en Génova 13 y los populares tiemblan ante la posible liquidación del partido que ha ostentado la hegemonía de la derecha española en las últimas décadas.

El análisis de los malos resultados del CIS debe pasar necesariamente por el fenómeno de fragmentación que padece la derecha española. Ya caben pocas dudas de que la sangría de votos del Partido Popular se está produciendo no solo por su flanco izquierdo, donde el partido de Albert Rivera ha conseguido conectar con el electorado de centro, sino también por su derecha, donde los ultras de Vox siguen avanzando en las encuestas.

Ante ese escenario, el partido debería plantearse si la estrategia de Pablo Casado −el sucesor de Mariano Rajoy que fue elegido como gran timonel tras la moción de censura−, está siendo la más adecuada para salir del horizonte de sucesos de esa nefasta singularidad que se cierne sobre el PP. Desde que llegó a la presidencia, Casado ha optado por el “giro a la derecha sin complejos” y quizá sea ese volantazo de la nave poco meditado, ese cambio de rumbo súbito y a la desesperada, el que esté llevando a la formación conservadora a precipitarse de lleno en el agujero negro. La consigna que el nuevo capitán ha dado a sus tripulantes ha sido recuperar el aznarismo como coordenadas de rumbo, endurecer el discurso y ultraderechizar el partido, una táctica que se ha revelado como un inmenso error, tal como demuestran los datos del CIS.

Con su plan equivocado, Casado está provocando la fuga despavorida de los votantes más moderados, que ven en Ciudadanos un proyecto más sugerente, razonable y acorde con los planteamientos civilizados del centro-derecha. Al mismo tiempo, al sector más extremista del electorado del Partido Popular −que hasta ahora lo votaba con un cierto grado de insatisfacción, ya que no existía un proyecto más a la derecha en el mercado−, se le cae la baba cuando escucha hablar a Santiago Abascal, el líder fuerte de Vox. Muchos entre estos “insatisfechos” que creen haber encontrado por fin al líder del que habían quedado huérfanos tras el abandono de la política de Aznar ya tienen decidido que irán a las urnas para dar su voto a la formación verde ultraderechista. ¿Qué sentido tendría votar a la copia si ahora ya hay un original?

Hoy no es que el PP esté más lejos que nunca del poder (concretamente a la friolera de 15 puntos del PSOE) sino que nadie en el partido parece dar con las claves para remontar el vuelo. Los populares se encuentran en una encrucijada diabólica, perdidos en medio del espacio sideral, y lo que es mucho peor: con una alarmante falta de liderazgo y de proyecto político. A las puertas de unas elecciones que se antojan históricas, el Partido Popular sufre una profunda crisis de identidad y no sabe concretar si es un partido de centro-derecha, liberal, democristiano, de derecha dura o todo ello a la vez. Los bandazos retóricos de Casado, el doble discurso, el “hoy soy de centro pero mañana me levanto más extremista que nadie”, solo sirven para confundir al electorado. Esa doble personalidad, ese doctor Jekyll a quien en ocasiones le posee el espíritu ultra y demoníaco del señor Hyde, quedó patente en la reciente Convención Nacional, donde el partido nuevo y el partido viejo chocaron como dos galeones sin rumbo sin que nadie pudiese zanjar la gran pregunta: ¿qué demonios es hoy el Partido Popular?

Por el escenario de aquel acto multitudinario pasaron Aznar y Rajoy, que ni siquiera fueron capaces de escenificar una imagen de unidad sincera, no ya personal, sino ideológica. Mientras tanto, el joven Casado se limitó a aplaudir, a sonreír (sonreír demasiado no es bueno en política) y a lanzar soflamas patrioteras que pueden tapar durante un rato el olor a descomposición, pero que se disuelven como azucarillos a la hora de afrontar el problema fundamental, que no es otro que redefinir el partido en parámetros modernos y moderados para poder encarar los retos del futuro.

Tras conocerse los datos preocupantes del CIS, y lejos de reflexionar sobre el rumbo errático que lleva la nave a punto de ser engullida por el agujero negro, algunos dirigentes del PP ya se han apresurado a lanzar misiles contra el mensajero que trae los presagios más funestos, en este caso contra José Félix Tezanos, máximo responsable de las encuestas del organismo oficial, a quien acusan de ser el “ministro de propaganda” de Sánchez y de “cocinarle” los sondeos al Gobierno. Probablemente la consigna de disparar contra Tezanos salga del mismísimo despacho de Casado en otra de sus estrategias desacertadas (se equivoca tanto con el cuaderno de bitácora que se parece más al nefasto general Villeneuve de Trafalgar, el peor navegante de la historia, que al heroico capitán Kirk de Star Trek). “El CIS me da igual”, ha sentenciado con desdén el propio Casado en otra muestra más de imprudencia temeraria, mientras el agujero negro sigue creciendo y haciéndose cada día más grande.

A fecha de hoy, los malos datos del partido están ahí y tratar de negarlos o de desviar la atención denunciando montajes o conspiraciones del Gobierno Sánchez no resolverán el problema. Mal haría la dirección nacional en no abrir un debate serio y profundo sobre el posible cataclismo que se está formando y la consiguiente debacle. Casado puede mirar para otro lado y autoengañarse pensando que el PP todavía es aquel partido de los tiempos gloriosos. Pero mañana, cuando abra los ojos y se los frote tratando de despertar de la pesadilla, el dinosaurio de Vox seguirá estando ahí, como en el cuento de Monterroso. Un dinosaurio con barba afilada, gesto sañudo y colmillo verde retorcido llegado de la prehistoria y dispuesto a devorar lo poco que va quedando ya del PP. Así funciona el Universo: un lugar lleno de seres y objetos que se comen unos a otros.

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3 Comentarios

  1. Habla en tus mítines, de tus amigos, méndez de vigo, de guindos, rajoy y botín, esos son los que te van ha dar los votos, por su gran colaboración en el robo del Banco Popular, anda majete, metete la sonrisa por el culo.
    Todos los damnificados de dicho Banco te van a dar el sustento para que sigas yendo al pesebre.

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