Si a cualquier espectador le extrañó que no se narrase la gran gesta de George Russell en la última temporada de Drive to survive, al piloto británico hasta -asegura- le hace gracia.

Le hace gracia…, o quizá sean sus excelentes reflejos que consiguen cambiar el punto de vista y le permiten tomarse a broma el desplante de Netflix.

Lo que ocurrió en Sakhir, en la penúltima carrera de la temporada, fue probablemente lo más grande e interesante del año: un piloto se subió a un coche que no había conducido nunca, con un habitáculo ridículamente pequeño para su estatura, y se puso el primero adelantando un piloto que llevaba años conduciendo el coche, el señor Bottas, y que no ganó la carrera únicamente por qué la torpeza de Mercedes le obligó a un doble pitstop y luego le anunciaron por radio que había pinchado. Añadimos desde aquí, Russell no dice nada al respecto, que nadie ha visto nunca ese neumático.

A pesar de semejante hazaña, en Netflix decidieron que o no era para tanto o era para demasiado, y prefirieron pasarlo por alto.

Russell se ríe de ellos diciendo que le costó creerse que no hubiesen contado lo que sucedió en Sakhir cuando acabó de ver el capítulo décimo de la serie.

Cómo es natural a los muchísimos aficionados de verdad al mundo de la Fórmula 1 no les hace falta que Netflix les cuente lo grande que es George Russell, ni tampoco que las decisiones políticas y comerciales empañan la realidad de ese deporte magnífico en el que seres humanos «se juegan la vida para intentar dejar su huella», cómo se decía al principio de la película Rush.

Grande Russell y grande su risa; sería tan bonito verle medirse en igualdad de condiciones con  Sir «lady Hamilton».

Tigre tigre.

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