Las grandes damas de las derechas españolas, o sea las legítimas representantes del trifachito ibérico, han aprovechado el Día Internacional de la Mujer para exponer sus particulares ideas sobre el feminismo. Cada año cuando llega esta fecha, la prensa pide a las lideresas de PP, Vox y Ciudadanos que interpreten, que analicen, en definitiva, que se mojen y expliquen lo que para ellas supone, como mujeres liberadas, una revolución que se abre paso en todo el mundo. Y como no podía ser de otra manera, a poco que se pronuncian sobre el tema afloran las contradicciones internas y queda acreditada la ignorancia supina en la materia.

Basta con fijarse en tres diputadas con altas responsabilidades de partido como Cuca Gamarra, Inés Arrimadas y Rocío Monasterio para constatar la empanada mental que supone ser de derechas y tener que enfrentarse a un mundo nuevo donde las mujeres no son siervas ni esclavas sumisas, sino que reclaman una relación de igualdad respecto a los hombres.

Empecemos con Cuca Gamarra. La portavoz del Grupo Popular en el Congreso se queja de que la situación de la mujer tras esta pandemia haya ido “lamentablemente a peor”. A Doña Cuca, como buena casadista que es, más que importarle si las mujeres han mejorado o empeorado en derechos y hacer un análisis histórico de la secular discriminación femenina, lo que le preocupa es arrearle mucha estopa a Pedro Sánchez para intentar arañar unos cuantos votos. Gamarra va al grano, es una mujer práctica, y a ella no le preguntes por los textos de Simone de Beauvoir, Virginia Woolf o Clara Campoamor que probablemente no ha leído nunca, sino que lo mide todo en términos de sondeos demoscópicos, de rentabilidad y de ganancias electorales, siguiendo el ejemplo del jefe Casado.

Desde este punto de vista, al PP le interesa el feminismo como postureo para no quedar mal entre las mujeres, que a fin de cuentas son la mitad de la población. “Estamos viviendo una de las situaciones más dramáticas de la historia reciente de España, con una crisis sanitaria a la que se ha unido una gran crisis social y económica, como consecuencia en gran medida de las ineficaces políticas del Gobierno de Sánchez”, sentencia la portavoz popular. Así son las mujeres populares: pragmáticas, materialistas, a piñón fijo y sin lugar para el idealismo romántico.

Hoy era un día para reflexionar sobre la memoria histórica del feminismo, su pasado y su presente, pero doña Cuca pone el foco en el Gobierno, no se aparta ni un minuto del disco rayado ni se salta el guion trazado por el PP. Si le preguntas por el feminismo de ayer y de hoy, ella sale con Sánchez; si se le pide opinión sobre las conquistas históricas de la mujer, ella vuelve una y otra vez a lo mal que lo hace Sánchez; y cuando se le inquiere para que elabore un discurso filosófico elaborado sobre la influencia dialéctica trascendental del feminismo en la historia contemporánea de la humanidad, ella a dar la matraca con Sánchez. A Cuca Gamarra no la saques del perverso presidente Sánchez y del manual casadista para llegar a la Moncloa porque se pierde, lo cual da que pensar que de feminismo sabe poquito, sota, caballo y rey, las cuatro reglas trumpistas que los asesores de Génova 13 le han metido en la cabeza para hacer oposición destroyer y desleal.

Otra que tampoco se ha trabajado el tema es Inés Arrimadas. A la líder de Ciudadanos se le pregunta por el momento que está viviendo el movimiento feminista y lo más que se le ocurre es que llega “después de un largo año de pandemia que ha sido muy duro para todos los españoles, pero la realidad es que ha afectado más a las mujeres que han asumido la carga familiar”. Decir que todo el país lo está pasando mal con la plaga de coronavirus no es decir mucho, de modo que la influencia de Arrimadas en la causa feminista (como mujer, como líder político y como faro intelectual) es más bien pobre. No se le está pidiendo que diserte sobre los dos tomos de El segundo sexo, el ensayo feminista más importante de nuestro tiempo firmado por Beauvoir, pero sí al menos una idea nueva, una aportación, un algo.

Además, la presidenta de Ciudadanos cree que “hay que seguir reivindicando la igualdad, quizás más que nunca”, y añade que su partido, “ante un negacionismo carca y un sectarismo desbocado, reivindica un feminismo inclusivo, moderno, amplio que nos interpele a todos y todas y no deje a nadie atrás”. O sea, ese cuento o ficción de que se puede ser una señora bien, una mujer de la biuti, y feminista a la vez. Pero alma cántara, ¿cómo se puede reivindicar la igualdad cuando el liberalismo es precisamente injusticia social, abuso contra las clases más humildes, clasismo, privilegio y selección natural en un mundo de ricos y pobres? ¿Cómo ser feminista si no se acepta el hecho básico y central de que la mujer es víctima de un sistema económico y social capitalista que la esclaviza y la condena por su condición de sexo débil impuesta por las élites dominantes masculinas? No tiene ni pies ni cabeza.   

Pero nos falta la versión más delirante de todas, la de Rocío Monasterio, diputada autonómica y portavoz de Vox en la Asamblea de Madrid. La dama de hierro de la nueva extrema derecha nacionalcatolicista. Y llegados a este punto no se puede decir más que su análisis entra sin duda en el terreno de la psiquiatría, quizá de la psicopatología, de los delirios freudianos, más que de la interpretación política seria y rigurosa de la realidad. Para la remilgada puritana Monasterio, la situación del feminismo es de “crisis profunda por su sectarismo excluyente”. Ella se considera mujer en tanto que integrada en la familia patriarcal, tradicional, católica, apostólica y romana. O sea, la sombra fiel de su marido. Tal es su desprecio por la lucha de los derechos de la mujer que llega a restarle el valor simbólico a la fecha del 8M, que para ella es “importante porque siempre recordaremos a los fallecidos del covid y a sus familias”. Toma provocación, toma dosis de odio. Para la Monasterio no hay brecha salarial, ni violencia machista, ni injusticia por razón de sexo, ni violaciones grupales, ni techo de cristal, ni nada de todo eso. Es decir, un mundo perfecto para los de su clase. Puro elitismo y negacionismo de la realidad.

No hay más que escuchar cómo piensan las mujeres del trifachito español (esas grandes damas inducidas por el maquiavelismo electoral, la frivolidad intelectual y el negacionismo trumpista) para concluir lo que nos espera si algún día llegan a gobernar en comandita.

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