De todos aquellos que lo conocen y admiran, muy pocos dudan a estas alturas de dos certezas sobre el escritor estadounidense Jonathan Franzen (Western Springs, Illinois, 1959): que ama las aves de todo plumaje hasta el paroxismo y que posiblemente sea el autor que escriba –o haya escrito ya incluso– la gran novela americana, o al menos una de ellas. Ahora presenta en El fin del fin de la Tierra (Salamandra) un puñado de ensayos y artículos más o menos autobiográficos publicados en los medios más prestigiosos de su país, con una amplia y variada gama temática, que va desde una emocionante evocación de su amigo y también escritor David Foster Wallace, hasta la reseña de novelistas clásicas como Edith Wharton o contemporáneos como William T. Vollmann, pasando por un análisis de la política de Donald Trump.

Si ya en 1996 fue señalado como uno de los jóvenes talentos de la narrativa norteamericana por la revista de referencia Granta, su eclosión creadora llegó años después. La publicación en 2001 de Las correcciones lo descubrió definitivamente para millones de lectores en todo el mundo como uno de los grandes valores de la nueva novelística de su país a nivel internacional. En España su eco llegó una década después, pero desde entonces no ha parado de cosechar elogios.

La monumental Libertad, publicada en 2010, y posteriormente Pureza en 2015 –todas ellas publicadas en España por Salamandra– situaron a Franzen como un autor de referencia. También ha cosechado de forma habitual las obras de no ficción, siempre marcadas por un firme compromiso de denuncia del afán autodestructivo del ser humano hacia su propio planeta. Entre ellas, Cómo estar solo (2002), Zona templada (2006), Más afuera (2012) y la presente El fin del fin de la Tierra.

El autor estadounidense ha cosechado también obras de no ficción, marcadas por un firme compromiso de denuncia del afán autodestructivo del ser humano hacia su propio planeta

Termina el libro con un listado amplio de aves diversas, procedentes de todo el planeta, desde el Abanico Maorí, pasando por el Aura Gallipavo o el Oriolus oriolus, comúnmente conocido como Oropéndola Europea. Y también concluye con una esclarecedora y breve reflexión que invita a todos los lectores a pensar qué están haciendo para generaciones venideras por preservar el planeta que habitamos.

Cuenta Franzen en El fin del fin de la Tierra: “Cogemos el vaso de cartón. Nos bebemos su contenido, tiramos el vaso. En Estados Unidos, cada minuto se tiran 30.000 vasos de cartón. Lejos de allí, al otro lado de la línea del ecuador, la selva tropical atlántica del Brasil ha sido arrasada para instalar varias plantaciones de eucaliptos que surten de pulpa a las fábricas del mundo, pero eso queda más allá del morro de tu vehículo”. Extraigan conclusiones, el planeta no puede esperar, pero mientras pueden seguir disfrutando de la escritura de uno de los más grandes de la literatura universal de hoy en día.

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