El ruido de sables ha retornado con fuerza para desgracia nuestra. El “baile de los generales” es la gran lacra, la maldición negra de este país con una larga tradición en pronunciamientos militares iniciada en el siglo XIX y que culminó en el XX con el “francazo” del 36. Desde Espartero hasta Primo de Rivera, pasando por los Narváez, O’Donnell y Martínez Campos, el militar ibérico siempre ha tenido “inquietudes políticas”, aunque luego, en público, lo niegue y jure y perjure que él solo es un patriota, un servidor público, un fiel y pacífico guardián que está para servir a España y para lo que manden los españoles. La profesión de golpista iluminado con ínfulas de poder siempre se lleva por dentro; el uniforme de demócrata militar es tan falso como las medallas de chapa y latón que cuelgan en la pechera de algunos traidores.

Creíamos que tras el 23F habíamos superado ese gran mal español que es el golpismo; pensábamos que la democracia estaba plenamente consolidada, que los años en la OTAN y las misiones en Bosnia yel Lejano Oriente habían curado la enfermedad crónica de la revolución a nuestros generalazos y espadones. Incluso dimos por hecho, no sin cierta imprudencia y arrogancia, que un golpe de Estado cocinado en los cuarteles, en pleno siglo XXI, era prácticamente imposible. Sin duda nos volvimos a equivocar. Una vez más, los hechos y las pruebas sobre intrigas, planes secretos, insinuaciones, cartas comprometedoras y conspiraciones cuarteleras nos devuelven a la cruda realidad. La amenaza persiste y es mucho más importante de lo que creíamos.

En el Ejército español siempre ha habido un amplio sector no ya conservador, sino reaccionario y abiertamente fascista, como prueban esos execrables mensajes del chat de la Decimonovena Promoción del Aire en el que se llama a “fusilar a 26 millones de hijos de puta”, o sea a medio país, a una de las dos España que no comulga con el pasado franquista. Lamentablemente, nos guste o no, las salvajadas xenófobas, aberraciones supremacistas, macabros sarcasmos y bromas sangrientas del general retirado Francisco Beca y su ejército de jubilatas nostálgicos no son un episodio aislado en nuestras fuerzas armadas. Muchos, quizá la mayoría, ríen las gracias de sus superiores y se levantarían sin pestañear a la menor orden del jefe o salvapatrias de turno. Está en los genes de la milicia española africanista desde los tiempos de los primeros enfrentamientos entre absolutistas y liberales.

La Segunda República no solo no logró resolver el enquistado “problema militar español” y el malestar de los cuarteles –jamás consiguió depurar las divisiones hasta formar un ejército auténticamente republicano y democrático−, sino que fue indulgente con los golpistas y con las sanjurjadas. En lugar de cortar cabezas de raíz se premiaba al rebelde con un plácido y soleado destino en las Canarias o en Navarra, como si alejando la serpiente de Madrid fuese menos peligrosa. Ahí se perdió la primera batalla antes de perderse la guerra total. El gran historiador Paul Preston relata la negligencia e indolencia de aquel Gobierno en la persona de Largo Caballero en los primeros momentos tras el golpe del 36: “No cambiaba el ritmo de su vida. Se levantaba a la hora de siempre y se iba a la cama a las ocho, sin permitir que lo despertaran por muy grande que fuera la catástrofe en plena guerra. Fue un desastre inmenso”.

Hoy, después de cuarenta años de ficción democrática, caemos en la cuenta de que seguimos estando, si no en el mismo lugar, sí inquietantemente cerca de todo aquello, y que el golpismo, como todo en la vida, siempre vuelve. La política está más infestada de franquistas que nunca; la Justicia está rebosante de franquistas; el mundo castrense está lleno de franquistas. Vox ya ni quiera se esconde cuando el bueno de Odón Elorza le afea sus vinculaciones con los golpistas de Beca: “Le quería preguntar al señor Abascal si él sabe si yo o mi familia, o estos señores diputados [la bancada socialista], estamos entre los 26 millones de españoles hijos de puta que habría que fusilar. Ustedes son los que están encendiendo el odio con estos comentarios. Son su gente, los de Vox, la ultraderecha”. Macarena Olona, lejos de negar su complicidad con el fascismo golpista, respondió sin complejos ni vergüenzas al diputado socialista: “Es incierto que se trate de un manifiesto. Sí es una manifestación a favor de la unidad de España y, como tal, por supuesto que es nuestra gente”.

Un viento gélido recorrió el hemiciclo. La derecha política uniendo sus destinos a la barbarie militarista nazi. Aquellos versos de Machado, el famoso “españolito que vienes al mundo te guarde Dios, una de las dos Españas ha de helarte el corazón” volvieron a materializarse para horror nuestro como en aquellos violentos años del pasado siglo que jamás deberían retornar. Y ahora nos preguntamos qué pecado hemos cometido en este país para tener que vivir con esta lacra, con este miedo a la asonada perpetua y bajo la sombra acechante de una carlistada, una guerra civil o una cruenta dictadura. Solo una cosa debemos tener clara: la democracia no es una conquista definitiva sino que se construye y se defiende cada día. El cáncer español sigue estando ahí, no hemos conseguido extirparlo y conviene estar alerta porque la libertad es un bien preciado que cuesta siglos alcanzar y que se puede perder en apenas un minuto. El tiempo que tarda en darse un golpe de timón.

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