Didier Lombart, entrando en el Tribunal

La Justicia francesa ha reconocido que la presión extrema ejercida sobre los trabajadores de France Telecom (FT) fue la causa de la ola de suicidios que se dio en la multinacional de las telecomunicaciones y que terminó con la vida de 19 trabajadores y trabajadoras. El plan de reestructuración de personal fue la causa de esa ola de suicidios por la presión excesiva a la que se expuso a los empleados que, como tenían la categoría de funcionarios, no podían ser despedidos. El plan de uno de los condenados, Didier Lombart, era suprimir 22.000 empleos, un 20% de la plantilla, y había que aplicarlo a rajatabla porque, según una frase del propio Lombart iba a cumplir con la estrategia fuera como fuera: «lo haré de una manera o de otra, por la ventana o por la puerta». Esta frase, tras la ola de suicidios, adquirió sentido.

El tribunal, sin embargo, ha afirmado que los medios utilizados para llevar a cabo ese plan, «para alcanzar el objetivo de 22.000 despidos en tres años estaban prohibidos».

La presión ejercida sobre los trabajadores fue tan grande que se produjo una ola de suicidios en France Telecom. En el juicio se han analizado 39 casos: 19 suicidios, 12 tentativas y 8 casos de depresión profunda. Uno de los trabajadores que se quitaron la vida dejó una carta en la que afirmaba claramente que «Me suicido por France Telecom. Es la única causa».

A pesar de que las evidencias y la causalidad parecían obvias, la Justicia francesa no acusó a los directivos de FT de homicidio involuntario, sino de «acoso moral» lo que ha llevado a unas condenas absolutamente ridículas: un año de cárcel y 15.000 euros de multa para Didier Lombart, Louis P. Wenès y Olivier Barberot. Es decir, que a cada uno de los condenados les ha salido a 789,47 euros cada una de las vidas de los trabajadores y trabajadoras que se suicidaron. A FT se la ha condenado al pago de 75.000 euros. ¡Qué barata se vuelve una vida humana cuando de por medio hay una multinacional! ¡Qué lástima de mundo y de sociedad!

Ya no se trata sólo de la Justicia, sino del poder que ejercen sobre los poderes democráticos las élites de todo el mundo. Si lo sucedido en Francia con FT o lo que está pasando en España con ciertas empresas del IBEX en el trato a sus trabajadores y sus trabajadoras ocurriera en una fábrica de una ciudad pequeña, no hay duda de que todos los poderes influirían para que al dueño de esa empresa le cayera la máxima pena por asesinato. Sin embargo, cuando se trata de los que realmente gobiernan el mundo, ya se encargarán quienes se tengan que encargar de retorcer la ley para que haya una condena que no afecte ni a la reputación ni, por supuesto, a la cuenta de resultados de la multinacional de turno.

Estas decisiones son las que hacen que salta una pregunta de manera inmediata: ¿qué hace el pueblo para no intentar terminar con los abusos? Nada, no hace nada. Se mantiene quieto, o sentado en el sillón de casa intentando arreglar el mundo desfogándose a través de las redes sociales o de los foros de internet.

Son las propias élites —algunos podrán decir que el nuevo sistema capitalista basado en la especulación salvaje— las que han creado la apatía de los pueblos. Lo pudimos comprobar en los años más duros de la crisis global. ¿Se produjo algún levantamiento popular o alguna reacción que hiciera poner en duda las medidas de austeridad y de recorte del Estado del Bienestar? Más bien fueron pequeñas escaramuzas que apenas les hizo cosquillas a las élites que se estaban enriqueciendo mientras el pueblo pasaba hambre. La historia muestra cómo las ciudadanías de otras épocas en las que no existía este aborregamiento impuesto y alentado por las multinacionales y las clases dominantes no se mantuvieron sentadas en el sofá sino que salieron a las calles de París, de Nueva Delhi o de San Petersburgo para reclamar el pan y la sal.

El pueblo sometido por el pan y el circo, el pan de las  «hamburgueserías» y el circo de los contenidos (políticos, “artísticos” de variedades y sociales) a los que tantos «sabios» imprudentes o, mejor dicho, vulgares trileros de palabras y reflexiones incoherentes con corbata, con sobrenombres de élites intelectuales, los mantienen destruyendo con sus actuaciones circenses la responsabilidad de la conciencia social y solidaria del pueblo, de los pueblos en general, manteniéndose bajo un relajamiento que les invade sus capacidades necesarias para enfrentarse a las dictaduras privadas, que, como en este caso, son capaces de aceptar su complicidad con el sistema hasta el punto de impulsar a hombres y mujeres a tomar la terrible decisión de su autodestrucción moral y física, por mucho menos que para la justicia 30 monedas de plata.

Ahora sería impensable que, en occidente, donde se acumula el 90% de la riqueza mundial, la gente llenara las calles y pusiera en peligro el poder oculto que somete al poder efectivo elegido por la ciudadanía. Si esto es así, ¿para qué sirve la democracia? ¿Realmente vivimos en una democracia o es sólo una ilusión, un placebo? Más bien todas y todos estamos sometidos y sometidas al poder dictatorial del capital, del dinero, de quienes no tienen inconvenientes en especular en los mercados de alimentos aunque con ello mueran millones de personas en África, aquellos que no dudan en dejar en la ruina a millones de familias para mantener sus privilegios o la cuenta de resultados de sus multinacionales.

France Telecom es un ejemplo de ello. Había que despedir a 22.000 personas «por la puerta o por la ventana» y se hizo con un coste social, personal y 19 vidas que los tribunales han decidido que costaban 15.000 euros. ¡Qué barata se vuelve la vida cuando los realmente poderosos juegan con ella o la destruyen!

La democracia debe volver a imponerse a esas élites y sólo lo podrá lograr cuando el pueblo despierte y salga de esa burbuja en el que se le ha metido. Sólo la ciudadanía podrá recuperar los valores, la ética y el poder de la civilización de las conciencias que no es otra cosa que un mundo en el que el poder, sea el que sea, esté sometido al pueblo y no al revés.

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