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"Yo no soy feliz, ni falta que me hace" Albert Einstein

Antonio Guerrero
Antonio Guerrero colecciona miradas, entre otras cosas. Prefiere las miradas zurdas antes que las diestras. Nació en Huelva en 1971 y reside en Almería. Estudió relaciones laborales y la licenciatura de Filosofía.
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HEMOS oído y leído tanto sobre la felicidad que la hemos convertido en una obligación social. Dicho de otra forma la hemos sobrevalorado tanto que ha terminado siendo un producto de consumo. Las consignas sobre falsas vías para alcanzar ciertos estados de bienestar florecen en las redes sociales como la espuma y crean una deformación cultural tan grande que son campo de cultivo de condicionamientos y las manipulaciones sociales. No obstante nuestra cultura, antes de esto, ya había convertido a la felicidad en un mito y en una exigencia para la vida social, olvidándose de los nobles intereses de la filosofía.

En la antigua Grecia se dejó clara una cosa: todo el mundo deseaba ser feliz, el problema era cómo lograrlo. Entonces se declararon tres objetivos: ser feliz servía para autorealizarse (Aristóteles), para ser autosuficiente (Cinismo) y para evitar el dolor (Epicureismo). El devenir de nuestra sociedad filtró estas ideas en el organigrama moral religioso y, bajo mi juicio, comenzó el proceso de mitificación a través de la idea de culpa, haciendo de la felicidad una utopía inalcanzable e irrealizable pero necesaria para el hombre.

La psicología contribuyó al mito llamándolo estado de bienestar y arguyó cuestiones sobre el hipotálamo, la distribución hormonal de cada uno y Maslow, para así erradicar el sentimiento de culpa. Pero el caso es que la felicidad no dejó de ser nunca un mito. Todavía sigue siendo una actividad trascendente. Uno decide si es feliz o no tras reflexionar si lo es, no de forma espontánea. Se reflexiona si uno está dentro del mito. En cierta forma lo trascendente convierte a la felicidad en un producto de consumo moral y en un espejismo.

Pero yo creo que esto es mucho más fácil de lo que parece. Einstein dijo: «yo no soy feliz, ni falta que me hace». Le resultaba más importante otra cosa: construir su identidad. Siguiendo sus palabras, con esa postura, se recuperaba la idea de la autorealización aristotélica (cada vida debía conducir hacia una finalidad). Sin duda eso le aportaba un grado de satisfacción personal mayor que el basado en los modelos de felicidad creados por la cultura. Se trataba de hacer un camino diario y permanente hacia la personalidad de cada uno. Sinceramente yo, por eso, no necesito ser feliz antes que ser yo mismo. Lo que necesito es ser quien soy para autorealizarme y emanciparme en mi interior.

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