El pasado mes de diciembre, a raíz de unas elecciones andaluzas que daba pie a la entrada de la ultraderecha en el Parlamento, inauguraba una nueva etapa en la “crisis de régimen” del Estado español. Al igual que el 15M y Podemos se convirtieron en el vehículo a través del cual la sociedad comenzó a cuestionar los pilares fundamentales de la Transición, la irrupción de la ultraderecha en la vida parlamentaria debe entenderse como la respuesta más conservadora posible en defensa del statu quo. El escenario sociopolítico ha cambiado y, por tanto, la crisis de régimen entra en una nueva etapa que la izquierda transformadora debe analizar e interpretar correctamente si quiere alcanzar su objetivo final.

Para empezar a analizar e interpretar correctamente la nueva etapa, desde una visión transformadora, debemos asumir que la vida política y socioeconómica de los pueblos del Estado español no escapan a la realidad que se vive, por causa de la globalización, en el resto del mundo occidental. Ya en 2008, Josep Stiglitz, defensor de las bondades de dicho sistema y, por tanto, uno de los menos sospechoso de ser crítico con el capitalismo, vaticinó que la caída de Wall Street suponía un fin de ciclo y traería, como así ha manifestado él mismo años después, cambios políticos y económicos.

A partir de entonces hemos visto como la población de cada Estado ha tomado una vía diferente –pero no definitiva–, para dar respuesta a esta crisis partiendo, eso sí, de un mismo dilema: conservar, reformar o transformar unos regímenes hechos por y para el dominio global de los mercados. Es por tanto, a partir de estas tres posibles respuestas (de la más conservadora hasta la más progresista), desde donde debemos partir para entender los fenómenos y movimientos políticos en todo el mundo.

En el Estado español la crisis financiera de 2008 destronó el mito del crecimiento indefinido (incremento del desempleo y endeudamiento de las familias), del Estado del bienestar (reducción de las coberturas sociales), y la división de poderes (corrupción y puertas giratorias). De esta forma, el régimen de la Transición, creado en torno a la economía de mercado y con un sistema político bipartidista, se quedaba sin argumentos para justificar el modus operandi de las últimas décadas.

Ahora bien, el malestar existente entre la población no tenía por qué significar, como así lo entendió erróneamente una parte de la izquierda, transformar la realidad. Habían transcurrido 30 años de régimen y la sociedad de consumo resultante, desmovilizada política e ideológicamente, se mostraba incapaz de entender y actuar conforme a lo que se puede esperar ante semejante contexto. Por ello, pese a las citas electorales, y por mucho que algunos partidos radicalizaran sus discursos y ganaran algo de espacio, el bipartidismo continuaba controlando las calles y el arco parlamentario.

Hay que reconocer que las bases del régimen comenzaron a tambalearse realmente cuando, en 2011, el fenómeno social del 15M fue capaz de canalizar el malestar de un sector reformista de la sociedad (el cual estaba representado mayoritariamente por las clases medias desplazadas por la crisis), que aspiraban a hacer pequeños cambios para acabar con la corrupción, las injusticias y recuperar así las instituciones secuestradas por la casta. En ese sentido, Podemos se convirtió en el instrumento político que aspiraba a monopolizar dicha vía a base de procesos electorales.

Pero, a medida que dicho proyecto parecía poner en riesgo el sistema, los electores conservadores y moderados fueron apostando por organizaciones políticas que, de forma más enérgica, eran capaces de defender sus posturas como, por ejemplo, Ciudadanos. Un partido, éste último, que permaneció en estado latente y marginal hasta la aparición, curiosamente, de Podemos.

A su vez, y en la misma medida que los sectores moderados y conservadores se rearmaban, el proyecto de Podemos fue virando poco a poco (con el fin de doblegar al bipartidismo mediante el conocido sorpasso), hacia posturas que aspiraban a la transformación a través de confluencias con otras fuerzas políticas de izquierdas.

Es entonces cuando gran parte de las clases medias reformistas comenzaron a abandonar el espacio político nacido del 15M porque, principalmente, éste ya era otro proyecto con el que no se sentían identificados. Además, en el horizonte se atisbaba cierta “recuperación” económica, los procesos judiciales contra la corrupción entraban en su fase final, y en la política institucional parecía haberse producido una renovación. Para dicho grupo social, el sistema bien se merecía otra oportunidad.

La retirada de estas clases medias del proyecto reformista (con cierta tendencia transformadora), hizo que la suma de las confluencias no diesen los resultados electorales esperados en el verano de 2016. Sin embargo, las fuerzas políticas que representan los sectores moderados y conservadores sí lograron resistir, impidiendo así la “ruptura” que suponía Unidos Podemos.

Con estos resultados, entre el verano de 2016 y el invierno de 2018, se produjo un impasse electoral en el que la independencia de Catalunya y la moción de censura contra Rajoy monopolizarán toda la acción política y social. Esta alteración del statu quo movilizó de nuevo a los sectores conservadores y moderados hacia organizaciones mucho más apartadas del bipartidismo como, finalmente, se pudo comprobar en las recientes elecciones andaluzas.

En dichos comicios el bloque de una posible transformación lo representaba, mayoritariamente, Adelante Andalucía. De nuevo, se pensó que el resultado de la unión de partidos sería, como mínimo, el de la suma de sus votos, obviando así que, el proyecto de Adelante Andalucía, poco o nada tenía que ver con el de los partidos que de forma individual lo constituían y que, en pasadas citas electorales, habían recibido el apoyo de un tipo de elector bajo un contexto totalmente diferente.

Por su parte, los sectores sociales moderados y más conservadores optaron por organizaciones políticas que, como Ciudadanos y Vox, parecían capaces de defender mucho mejor los intereses y valores del régimen. La movilización del electorado conservador y moderando, junto con la alta abstención de los reformistas y progresistas (recordemos que para ellos la cosa ya no está tan mal como para salir a votar), permite a día de hoy que el tripartito de la derecha y ultraderecha pueda desbancar al Psoe.

Al margen de lo que pueda ocurrir con el gobierno andaluz (independientemente de si habrá presidente de derechas o elecciones), la importancia de este acontecimiento estriba en el hecho de que, la irrupción de la ultraderecha en el Parlamento (cuyo resultado parece ser extensible al resto del Estado en futuros procesos electorales), supone un importante cambio de tendencia en la crisis de régimen, puesto que viene a reflejar como el malestar iniciado en 2008 va perdiendo espacio frente a los que pretenden conservar las viejas estructuras. Esta situación supone, a todas luces, un punto de inflexión de tal magnitud que inaugura una nueva etapa en la citada crisis.

Una nueva etapa en la que los indignados, ese amplio sector reformista que había protagonizado el cuestionamiento del régimen y que, en determinados momentos, impulsaron a la izquierda alternativa a ganar espacio, se encuentra ahora en plena retirada hacia posturas mucho más moderadas. Y en la que, además, los sectores sociales del statu quo (quienes intelectualmente, al no tener que pensar y cambiar el discurso, lo tienen más fácil), se han rearmado política y electoralmente abandonando –por ahora–, al bipartidismo para apoyar a las organizaciones que de forma más decidida pueden contrarrestar –porque nacieron para este nuevo tiempo–, los intentos de acabar con el régimen de la Transición.

Llegados a este punto, la izquierda que aspira a ser transformadora, parece que ha entrado en un estado de shock y nerviosismo porque siente como una “derrota” el hecho de no haber aprovechado el contexto inicial de la crisis de régimen para cambiarlo todo. Quienes piensan así obvian, claramente, que el inicio del movimiento indignado siempre les fue ajeno, que las clases sociales protagonistas nunca fueron capaces de ver e interpretar en conjunto todo lo que sucedía, y que los apoyos prestados eran, precisamente, eso, simples préstamos puntuales fruto de la indignación.

A todo ello debemos sumar que, lo que hoy es un amplio espacio alternativo de la izquierda –las confluencias–, no han nacido de un profundo debate interno y reflexivo de cada una de las organizaciones, sino que, más bien, es fruto de la inercia electoralista de cada momento vivido durante la pasada etapa de la crisis. De esta forma hemos visto cómo, en muy poco tiempo, figuras que encabezaban sectores y movimientos indignados han tendido a abandonar el proyecto de unidad porque no se sentían identificados. Y si ellos, las cabezas pensantes de cierto espectro intelectual, son incapaces de superar el acelerado proceso de confluencia ¿qué se puede esperar de una sociedad de consumo ajena a la política?

Entonces, en esta nueva etapa de la crisis de régimen, bajo un contexto y unos actores que ya se conocen perfectamente, la izquierda alternativa –que aspira a derrocar al régimen de la Transición–, debe definir a través de las respectivas confluencias el histórico qué hacer, esto es, si optar por el cortoplacismo de la reforma y cerrar la crisis otorgándole una década más de vida o, por el contrario, optar por el largo camino de la transformación que impida cerrar el cuestionamiento del régimen hasta, por medio de la concienciación y la organización, hacerlo caer desde las calles e instituciones.

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