Parto de que el fascismo sería la aplicación política del totalitarismo, y que este último, a mi parecer, es un engaño (no un error) del que se nutre el primero.

En artículos anteriores (todavía en el blog), intentaba explicar por qué creo que PP y Ciudadanos conllevan el germen del fascismo. Que eso no significa que sus votantes sean fascistas, pero sí que, a la larga, su ideología está condenada a prácticas políticas de carácter fascista. Como el término fascismo, por razones históricas, nos retrotrae al franquismo, nazismo o stalinismo, y estos partidos no son lo mismo, prefiero hablar de totalitarismo. Cabe decir que no opino que estos partidos sean la causa, sino un producto de un sistema que conduce a ello.

Opino que el ser humano es un animal, sobre todo, cómodo. Y que busca esta comodidad. Tanto en el aspecto físico o material (desde buscar leyes físicas explicativas desde la apuesta por una concepción del conocimiento uniforme, hasta lo que significa una ciudad, un sofá, una cuchara o un jersey o el modo de comerciar con todo ello), como también en una comodidad de pensamiento. Respecto al pensamiento, creo que la comodidad implica una facilidad, y que toda facilidad es reduccionista y determinista. Hablo de occidente cuando me refiero a una sociedad que, por ejemplo, en lo religioso, tiende a una unicidad de un Dios, que deviene totalitario. También al concepto de identidad, como si a lo largo de toda una vida (o simplemente un día) uno fuera solamente uno, idéntico a la imagen supuesta de esa identidad. O que una cultura o un estado puedan tener una unicidad totalitaria basada en la visión propia de unos (sean estos una mayoría o no), justificando el nacionalismo. Incluso el tiempo, aun aceptada su relatividad como un concepto abstracto ligado al mundo de la física, se vive como una totalidad, fragmentable (y no una continuidad relativa): un año es un año, una hora es una hora, independientemente de la vivencia del tiempo de cada uno.

Puede dar la sensación que abogo por que todo es relativo, pero no en el sentido que suele dársele de intrascendente, de que algo relativo es fútil. Todo lo contrario (para un servidor, este es el “quid” de la cuestión): pienso que, precisamente, la relatividad comporta una relación entre las cosas y, si las cosas (donde incluyo seres y pensamiento) se relacionan entre sí, son relativas las unas a las otras. Esto significa que trascienden lo que son. Es, por tanto, una “Relatividad Trascendente”. Que la relevancia de un acto nimio que realizamos no la apreciemos, no excluye que para otros pueda ser significante.

Lo trascendente nos abruma, nos supone una complejidad difícil de analizar, porque somos, principalmente, cómodos. Nuestra comodidad nos hace huir de lo trascendente. “Va, no te pongas trascendente”, es una manera de decir “simplifica, hazme un resumen, sintetiza en un par de frases de fácil comprensión lo fundamental”. En este sentido, somos fundamentalistas, pero le buscamos una unicidad al fundamento, y tendemos hacia el totalitarismo.

Se abandona un libro si cuesta, y tiene éxito uno de fácil lectura (prescindiendo de sus valores literarios, que pueden o no tener que ver). Una película que requiere un esfuerzo mental, difícilmente será muy visionada. Interesan las sucesiones de hechos, que pase una cosa tras otra, y esto también se refleja en cómo se vive la política: saltando de un suceso a otro. Solamente deseo constatar que tendemos a la facilidad, a la comodidad. Cada uno sabrá del esfuerzo mental que es capaz de hacer cuando no es a cambio de dinero, es decir, al margen del ámbito laboral. Difícilmente podemos saber esto de la persona que tenemos al lado.

El totalitarismo es la extensión política o social de lo anterior. Lo totalitario ofrece respuestas fáciles y cómodas, y generalmente rehúye esa relatividad que conecta las cosas entre sí, que las trasciende, haciendo que un tema suela estar relacionado con muchos otros temas. Desliga, por ejemplo, el problema que pueda suponer la llegada de inmigrantes de todo un tejido de decisiones político económicas relacionado con este. Una vez sonsacado de la complejidad, se ofrece una solución o respuesta fácil (alzar un muro, deportar, etcétera) como una totalidad frente al problema. U, otro ejemplo, suspender las autonomías (como dice Vox) o aplicar el 155 (que es lo mismo, pero sólo en una escala de tiempo), es una respuesta fácil a un problema complejo. Pero, como en el ejemplo de la inmigración, no es la respuesta a la pregunta formulada, sino a una comodidad requerida.

A un servidor le cuesta mucho entender el funcionamiento y relación entre cerebro, mente y conciencia. Ni tengo estudios ni bagaje para afirmar una propuesta u otra, pero me parece que el cerebro sería el vehículo que utiliza la mente (así como el movimiento se sirve del auto para existir) y que la conciencia sería la capacidad de ver la propia mente (así como, cuando conducimos por un lugar conocido, “sabemos” dónde estamos en cada momento, como su pudiéramos verlo desde fuera, vernos mover en un mapa). La relación de cada uno con sí mismo opino que es mucho más fructífera, plena y gratificante si se da lo anterior. Tan solo es una opinión más, claro, y no me estoy refiriendo a si uno “sabe” más cosas, a si es más culto (en un sentido académico) o inteligente, sino al “modo” en qué las sabe y cómo afecta a su manera de vivir. Porque todo lo anterior no tiene ninguna relevancia si no afecta a la manera de vivir.

A parte del instinto de supervivencia, que no es sino alargar en el tiempo la vida (no la de uno, sino la vida en sí, ni que sea a través de la supervivencia de sus descendientes) creo que el ser humano ha evolucionado por curiosidad. Seguramente la curiosidad sea la primera herramienta de la supervivencia. Y la curiosidad está intrínsecamente ligada al pensamiento: uno no solamente prueba alternativas o posibilidades, sino que las imagina, las crea en su mente. Y también posibilita el lenguaje: luego desea transmitir lo pensado, compartirlo.

La curiosidad sobre el propio pensamiento y el de los otros, lleva a la filosofía. Y la curiosidad sobre las emociones propias y las de los otros, a la poesía. Y, para nada, son fáciles ni cómodas. Al contrario: son difíciles e incómodas. Y uno está a solas frente a ellas. Aquí no hay masa en la que uno se pueda diluir cómodamente. Ante la poesía y la filosofía, uno está solo (aunque los otros le hablen desde uno).

Con “dificultad” no me refiero a un punto de vista académico. No quiero decir que sea difícil entender a Kant o Whitehead (eso dependerá de cada uno). Tampoco a la “dificultad” de comprender un poema de Celan o de T.S.Eliot. Esto lo considero más una especialización de la forma, un adentrarse en el contenido, pero no en el “modo” de conciencia en el pensar y en el sentir de cada uno, que creo que es lo que deben hacer la filosofía y la poesía en la enseñanza.

La capacidad de aprender de los niños es impresionante. Supongo que todos los que tienen hijos han apreciado esa curiosidad, su capacidad de abstracción, la fuerza de sus emociones. Un cúmulo de complejidad (sí, creo que el mundo de los niños es “más complejo” que el de los adultos) que se va diluyendo a medida que crecen. La famosa insistencia de un niño en el “por qué” de algo, pienso que es debida a que en su mundo complejo no cabe una sola respuesta, una respuesta fácil y total. Totalitaria. Les enseñamos a reducir, a totalizar simplificando, y opino que se debe hacer todo lo contrario: acostumbrarlos a la complejidad y dificultad. El mundo no es uno y no suele haber una respuesta.

Aprender por qué uno piensa de cierta manera, a ver sus propios pensamientos y pensarlos, comporta observar los pensamientos del otro de una manera mucho más abierta. Uno aprecia que no es un ente aislado, que el pensar del otro forma parte de lo que uno piensa, y también al revés. El mundo del pensamiento pasa a ser un tejido en expansión por el que uno se mueve, y no una linealidad de conocimientos. Y en ese tejido uno nunca es el mismo, pero pensando, sin embargo, desde la misma conciencia. Es una vacuna contra la respuesta fácil y totalitaria, para la comodidad de su simpleza.

También la poesía, en este sentido, es una herramienta para humanizarse. No solamente la técnica nos difiere de otros animales, sino la capacidad de sentir emociones muy complejas e intentar transmitírnoslas. Es muy curioso que nos organicemos, a nivel emocional, en parejas o familias para convivir, y pasemos de puntillas sobre qué significa lo que sentimos por la pareja, los padres y abuelos, o los hijos. O la dificultad para expresar a veces qué sentimos e, incluso, para plantearnos qué es aquello que sentimos. Nos agrada la simpleza de una canción romántica, de una cita que hable de las estrellas o de las lágrimas de la luna, qué sé yo, cualquier símbolo fácil y cómodo donde aferrarnos. Pero somos sumamente complejos y contradictorios, confusamente nuestras emociones se interrelacionan con las emociones de los otros, y ese es otro tejido, y la poesía, fuera de ese academicismo que les comentaba, nace de la curiosidad de comprender todo ello.

Cuando insisto en usar el término “herramientas”, lo hago en un sentido muy preciso: el de usar algo para interferir en el modo de otra cosa, que es lo que disparó las diferencias del ser humano respecto a la evolución de otros animales. Es decir, el sentido que le doy a la filosofía también sería, por ejemplo, enseñar a los adolescentes comportamientos humanos o conceptos como el “sesgo de confirmación” o la “polarización de actitudes” y otros tipos de sesgos. Aunque parezca mera psicología, es parte del pensar sobre el ser humano y su vida. ¡Cómo podría cambiar su visión de sí mismos y de los otros si en las escuelas les enseñaran qué son los sesgos mentales! ¡La visión sobre lo que ellos mismos creen y piensan! Porque en todo momento no me estoy refiriendo a vivir en un mundo teórico o abstracto, sino a hacer uso de este en la vida diaria de las personas, despertando y alimentando su curiosidad.

El sistema educativo está orientado a la obtención de resultados. Aquí en Cataluña, la Generalitat, va haciendo cambios (por ejemplo, quitando la puntuación numérica de las notas en según qué ciclos) pero es meramente superficial. El problema, opino, es que hay niños y/o adolescentes que, por las razones que sean, no “conectan” con este sistema de obtención de resultados. Que, de una manera “profunda”, no entienden ni el mundo ni la vida de esta manera, aunque ni ellos mismos suelen saberlo, pues al no tener herramientas para averiguarlo (o averiguarse) viven por su propia superficie con un desencanto y desconcierto sumamente doloroso (o irritante) ya sea respecto al mundo o ellos mismos.

Recalcando que no tengo nada que ver con el mundo de la enseñanza (más allá de ser padre) y que esta opinión puede ser muy poco válida, pienso que, bajo la manta de inadaptados, fracasados, tontainas o gandules, se esconden seres humanos que luchan contra una pérdida de su libertad sin saberlo y sin saber cómo. No estoy ofreciendo una excusa al fracaso escolar, sino que hablo de algo más complejo. Y, lentamente, la curiosidad se va dejando de lado como algo inservible. El sistema moldea al individuo para acomodarlo a este, alejando la posibilidad de que nuevos individuos modifiquen el sistema para adaptarlo al ser humano, humanizarlo.

Somos hijos de la curiosidad y, si la perdemos, parte de nuestras posibilidades de ser, se pierden con ella. El totalitarismo es la falta de curiosidad, de preguntar al mundo. Es, tan solo, una respuesta fácil y cómoda ante quien reclama una vida simple y limitada. Pero, tarde o temprano, aplica su visión al ordenamiento social, al convivir y el vivir, y deviene fascismo y limita la vida y posibilidades de todos. Deberíamos, tal vez, dar a las nuevas generaciones las herramientas para imaginar los mundos que nosotros hemos sido incapaces de imaginar, que creen sus propias posibilidades y no se limiten a las nuestras, y una manera de comprender mejor qué siente uno y el de al lado. Para ello, la filosofía, como modo de pensar lo pensado, y la poesía, como modo de sentir lo sentido, son imprescindibles.

Filosofía y poesía en el sistema educativo (1)

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Estudiante durante 4 años de arte y diseño en la escuela Eina de Barcelona. De 1992 a 1997 reside seis meses al año en Estambul, el primero publicando artículos en el semanario El Poble Andorrà, y los siguientes trabajando en turismo. Título de grado superior de Comercialización Turística, ha viajado por más de 50 países. Una novela publicada en el año 2000: La Lluna sobre el Mekong (Columna). Actualmente co-propietario de Speakerteam, agencia de viajes y conferenciantes para empresas. Mantiene dos blogs: uno de artículos políticos sobre el procés https://unaoportunidad2017.blogspot.com y otro de poesía https://malditospolimeros.blogspot.com."

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