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Filosofía y poesía en el sistema educativo (1)

Guillem Tusell
Estudiante durante 4 años de arte y diseño en la escuela Eina de Barcelona. De 1992 a 1997 reside seis meses al año en Estambul, el primero publicando artículos en el semanario El Poble Andorrà, y los siguientes trabajando en turismo. Título de grado superior de Comercialización Turística, ha viajado por más de 50 países. Una novela publicada en el año 2000: La Lluna sobre el Mekong (Columna). Actualmente co-propietario de Speakerteam, agencia de viajes y conferenciantes para empresas. Mantiene dos blogs: uno de artículos políticos sobre el procés https://unaoportunidad2017.blogspot.com y otro de poesía https://malditospolimeros.blogspot.com."
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La ciencia, ya sea la física, ya sea la biología, no habla plenamente de nosotros, no nos explica. Tampoco la neurología. Más bien nos relatan partes, aspectos de nuestro funcionamiento, los cuales nunca somos, al menos, enteramente: porque si explican, por ejemplo, el cerebro, no somos enteramente cerebro; si explican la evolución genética, resulta que no somos enteramente esta genética. Aquello que más nos habla de lo que queda “fuera” de esa explicación es, opino, la filosofía y la poesía. Y, tal vez por ello, es lo más apartado del sistema educativo y de la vida usual. Parece un sinsentido, y opino que lo es. También creo que hay una razón para ello.

Cuando digo filosofía, no me estoy refiriendo simplemente a qué decía Platón o Epicuro, Berkeley o Spinoza, que, en cierta manera, puede ser muy útil o muy inútil. Sino que me refiero a un pensar sobre lo que se piensa, a una conciencia sobre lo pensado: saber uno mismo qué piensa, analizar por qué piensa esto y qué significa y, sobre todo, qué consecuencias tiene (o no) en el modo de vivir de cada uno. Y, cuando digo poesía, no me refiero a recitar a Machado o a Baudelaire, a Rilke o a Vinyoli, sino a conocer los límites del lenguaje y saber transgredirlo cuando este es incapaz (más que insuficiente) de expresar lo que uno siente.

Por muy demodé que pueda parecer reclamar filosofía en un mundo donde la ciencia parece que deba explicarlo todo e, incluso, sostener cualquier explicación, creo que el pensar por y desde uno mismo es la única vía hacia la libertad. Y, también, por muy demodé que pueda parecer pedir más poesía en un mundo donde las emociones parecen proporcionadas por el “espectáculo” (social, mediático), creo que la capacidad de intentar (y, desesperadamente, me conformo con intentar) expresar las propias emociones, es la única vía para que ese camino hacia la libertad no sea vacío y solitario.

Imaginemos una señora taxista, madre de dos hijos, justo antes de dormirse en la cama junto a su pareja. ¿La define el ser mujer? ¿El ser taxista? ¿Madre?

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¿Pareja de alguien? Aunque pueda parecerlo, en estas preguntas no hay un individuo, sino un ente abstracto. Pero, yendo más allá, ¿la definen sus experiencias, sus recuerdos, sus actos? Podríamos decir que sí, pero continuo sin estar de acuerdo. Si acaso, nos aproximamos más a ella, rozamos el individuo. Y querría ir, imprudentemente, un poco más allá: ¿sabe, ella misma, quién es? Supongo que me dirán que solamente ella es capaz de dar una respuesta, pero continuo sin estar seguro de ello. Pienso que el ser humano tiene la capacidad para adentrarse en estas cuestiones sobre uno mismo, pero las herramientas para intentarlo (filosofía y poesía, fuera del academicismo) no nos las damos. Y no lo hacemos básicamente por una razón: somos presos de un sistema que nos requiere como objetos. Objetos, sí, y con una cierta voluntad, con una cierta creencia de libertad, pero objetos. Somos objetos de consumo de nosotros mismos. Ese es el sistema de mercado que se va extendiendo por todo el planeta: consumirnos los unos a los otros como objetos… para acabar consumidos por nosotros mismos.

Esto anterior, no puede entenderse si uno mismo cree que es uno. Que usted es uno. Digámosle un “yo”. Pero, pregunto, ¿no se han reído alguna vez entre amigos y, a la vez, se han visto o han pensado “estoy riendo”? ¿No se han visto, a sí mismos, riendo o llorando, o haciendo algo? ¿Hablándose a sí mismos como si fueran otro? Ese extraño diálogo de ustedes con ustedes, intentar comprenderlo, no se basa exclusivamente en la Lógica, la Razón, sino en una lógica y una razón que solamente puede ser propia. Y a esta propiedad del propio pensamiento, se llega mediante el uso de la filosofía (insisto: no en un sentido académico, aunque pueda ser necesario). Y esa pequeña distancia que requiere el diálogo con uno mismo, pone en duda nuestra unicidad.

A veces, la lógica propia también cojea. El pensamiento, por muy bien vertebrado que esté, no llega, no alcanza a abarcar aquello que sentimos. Y lo más usual es desecharlo, apartarlo. El sentir puede incomodar, por inexplicable, confrontado únicamente a la lógica. Traten de explicar, a alguien a quien quieren, ese sentimiento, precisarlo, definirlo. Verán cómo las palabras flojean, cómo su discurso titubea buscando la frase exacta… que no existe. Y ello es extensible a cualquier emoción: el gozo ante un triunfo del hijo, la pesadumbre ante su fracaso; el desconcierto ante el amigo indispensable que ha perdido la vida o ante un amor que se ha volatilizado. También lidiamos con ello cada día, y solemos sepultarlo bajo actos y sucesos (mirar la tele, trabajar, buscar automatismos) que nos permitan un punto de fuga, una ventana por donde escapar. Uno cree que esto, si se da, es debido a una falta de herramientas, esas que posibilita la poesía (e insisto de nuevo: no en un sentido académico) pues el lenguaje que poseemos, sin la fuerza de la transgresión poética que le posibilita ir más allá, nos deja desvalidos ante los propios sentimientos o emociones.

Una persona, con tales herramientas, tiene más posibilidades de ser sujeto que objeto. Y por ello creo que, “sabiamente”, el Sistema no les da entrada en su sistema educativo: nos quiere objetos. Pero un objeto es algo cerrado en sí, no cambia, permanece; y nosotros, en el caso que seamos seres vivos, somos un proceso continuo. Incluso ese usted que se veía a sí mismo riendo, cambia. Pero decía que el Sistema nos quiere objetos, porque, en tanto seamos objetos, consideramos la libertad como un mero acto de elección. Elegir esto, elegir aquello. Elegir hacer algo o elegir no hacerlo. Puedo elegir, ergo soy libre. Pero este tipo de libertad acaba restringiéndonos al determinismo: elegimos o hacemos esto o aquello por unas causas… y acabamos siendo objetos en manos de esa causalidad.

Este determinismo del siglo XXI también se esconde bajo un concepto: el algoritmo. El algoritmo que le analiza el comportamiento cuando usted navega o se mueve por la red (¿realmente se mueve?). El que decide qué anuncios mostrarle, qué compras sugerirle, qué noticias son de su interés. Nos acercamos al mundo propuesto por Spielberg en Minority Report, película que, más allá de sus características de Blockbuster, nos muestra un mundo en que los asesinatos pueden ser percibidos antes de que ocurran: es decir, el algoritmo de turno (aunque en la película sea psíquico) ya es conocedor de nuestros futuros pasos. No es baladí que, en esa película, si la recuerdan, todos los anuncios, incluso los de las calles, los paneles en el metro, son personalizados, destinados a cada persona en concreto, tal como hoy en día les sucede al navegar por internet. Pero todo lo predecible no deja de ser un mecanismo, y una persona predecible deviene esto, se la mira como esto, un objeto: una especie de reloj donde un paso del minutero conlleva el siguiente. Tal vez Dalí, con sus relojes que se funden, más allá de hablar de la relatividad del tiempo, nos podría sugerir otro mensaje, solo que utilizando un lenguaje diferente: que, si somos meros relojes, nos deshacemos.

Creo que hay otra libertad, una libertad más íntima y pequeña: la libertad de la conciencia entendiendo esta como pensarse a sí mismo. Individual, sí, pero no egoísta: pensarse a uno mismo, pensar la propia mirada y pensamiento, conduce a pensar los otros y lo otro. Es siempre un proceso, nunca acabado. No hay una ley física inmutable ni todo viene determinado por una reacción química en el cerebro. No es la libertad de elegir entre un té o un café, sino saber discernir qué nos evoca su aroma, qué recuerdos nos trae, qué sensación nos procura. Y este pequeño ejemplo puede trasladarse a todo: al trabajo, las relaciones, el arte, incluso a la política. Es la diferencia de la persona ante una canción-producto o ante la experiencia de la música (cualquier música, también ante esa misma canción-producto). Es la diferencia en la mirada de uno ante la declaración de un político, de un programa de TV o de todo un Sistema.

Y aquí hay que hacer un pequeño hincapié en un tema muy relacionado: la memoria. Uno lee artículos en que se menosprecia el memorizar en los estudios, en los que se realza la experimentación y comprensión por encima de la memorización. Uno está en desacuerdo con el fondo de esto, tal vez no con la forma. Reducir el aprendizaje y desarrollo de la memoria al concepto de la retahíla de Reyes Godos, creo que es un error. Reducir la argumentación que rechaza memorizar basándose en que, con las nuevas tecnologías, todo está a mano (wikipedias y googles) y ya no es necesario memorizar, me parece otro error. Fundamentalmente somos memoria, nos fundamos como seres a base de ella. La memoria es quien nos permite cierta durabilidad de ser nosotros mismos; aquello que nos retiene, no en un sentido negativo, sino para no ser pasto del presente, no ser devorados por una insistente sucesión de “ahoras”. El pasado se venga del presente con los recuerdos: solamente el olvido es una derrota definitiva. Contra la política mercantil que nos quiere objetos, contra la manipulación de un lenguaje que pretende darnos forma (fijarnos en un objeto), la memoria propia es una defensa y, sin memorias propias, no hay memoria colectiva. Creer vivir en el presente, no deja de ser un autoengaño. La vida siempre nos va por delante, ya ha sucedido cuando nos llega. Lo simultáneo, mejor dicho, aquello que creemos simultáneo, simplemente hace un tiempo casi inapreciable que ha sucedido. Hasta la percepción de la inmediatez tiene un recorrido hasta que nuestro cerebro (un lugar de paso hacia la mente) la consolida, la cifra mediante el lenguaje que nos permite re-conocer lo percibido. Acaso, tal vez, la máxima inmediatez es aquello que fluye directamente, saltándose el paso del lenguaje: es decir, las emociones. Y por ello se explica por qué el lenguaje es insuficiente para expresarlas: hemos de arrastrar esas emociones hacia atrás, retrotraerlas al cerebro pensante, y algo se pierde. Así, aunque en cierta manera es transmisible, una emoción no es explicable, y no cabe en un mundo donde todo debe tener una explicación (lógica). Un mundo que pretende explicar las cosas “fuera” del tiempo, sacarlas de este como si no fueran parte. Pero somos, como humanos, también tiempo. No solamente en el tiempo, sino tiempo mismo: memoria.

Ante este Sistema que nos quiere objetos, ser anti-sistema no es adoptar un vestir, ir a unas cuantas “manis” o pintar una pared, si todo ello se realiza siendo un objeto más. Esta manera de ser anti-sistema es parte de él, algo totalmente previsto y fagocitado, un rol al que no le faltan candidatos. En el reino animal, quien más se acerca al concepto de objeto, es el insecto. Y, dentro de los insectos, aquellos que viven en colonias: las hormigas, las abejas. Es curioso que se organicen en especializaciones (soldado, obrero, dirigente) y que no quede lugar para la interdisciplina. La mezcla, la interacción entre intereses, supeditar la acción útil a la curiosidad y, sobre todo, la indisciplina en el pensamiento, es, con las emociones, aquello que nos humaniza, que nos permite devenir sujetos. En nuestra colonia, pretender ser humano, humanizarse, es despojarse de lo sistemático. Y, como para ello son necesarias filosofía y poesía, alejadas están. Al rincón.

Ya hay personas anti-sistema, personas que no se las ve, que no suelen gritar, que se las ignora bastante, precisamente, porque su discurso queda fuera del Sistema, porque, si somos un ser-objeto, parece que nos hablen en un idioma extraño.

El sistema de enseñanza de hoy en día (y no quiero decir “educativo”), con su gratuidad y obligación en la escuela pública, es una posibilidad que jamás antes ha tenido una sociedad: la posibilidad de enseñar a los niños a aprender por sí mismos, a pensarse, a entenderse y comprender sus emociones. Porque si solamente se trata de aprender a especializarse en algo para luego ser bueno en una tarea, si el fin es conseguir un mejor sueldo para, simplemente, tener una mejor tele o coche, entonces estamos creando objetos. Seres esclavizados en y por sí mismos. Sobre todo por sí mismos: una panacea para este sistema.

Si el “Cogito ergo sum” (<<Pienso, luego existo>>) nos lleva a que somos el pensar, si este pensar es un uso del cerebro, que es materia, por maravilloso que sea el mundo neuronal, por desorbitante que sea el número de sinapsis en una persona, esto cosifica. Mi ignorancia me permite estar en desacuerdo con Descartes y quedarme tan ancho. Pues la experiencia demuestra que “sin pensar” también somos. Incluso, a veces, nos sentimos a nosotros mismos más profundamente. Esos instantes de cualquier persona ante algo (un paisaje, una melodía, una situación o el aroma de una taza de té o de café) en que el sentir nos inunda mucho antes de que aparezcan las palabras, no es un “no-ser” místico, sino que somos más allá del mero pensamiento. Llámenle unos alma; otros, espíritu, o mente, u otros se refieran a ello como una supra conciencia, es igual, el vocablo es indiferente, pues cada uno le pondrá el suyo al pasar al mundo del pensamiento, es decir, del lenguaje, previa confrontación con su memoria, su educación y sus creencias. Esa percepción o sensación sin pensamiento es a lo que me refiero con lo poético. Algo apartado del ser-objeto que vive el día a día, mecanizado, por muy sofisticada que hoy sea esta mecanización (y que tanto nos engaña con su estética tecnológica). Algo que creo que pertenece a todo ser humano. Intentar expresarlo, nos lleva al mundo poético. Intentar comprenderlo, nos lleva a la filosofía.

Así, un servidor, opina que una de las herramientas más importantes para convivir con lo anterior, es la propia gestión del tiempo. Y que eso, a la larga, conlleva también la propia gestación de tiempo: admitido que el tiempo es relativo, uno crea tiempo, su propio tiempo (ante ese té o café de antes, uno puede vivirlo como un instante o, en cierto sentido, su experiencia puede “durar” años). Y también hemos dejado al Sistema que nos gestione nuestro tiempo. No me refiero solamente a los horarios laborales, a la retahíla de actividades escolares y extraescolares de los niños, a las series de TV, sino a la concepción inculcada de “perder tiempo” cuando algo no es útil para el sistema.

La pregunta que nunca soy capaz de responderme, es: pero, en el fondo, ¿el Sistema somos nosotros? ¿O no? Aunque no lo parezca, aunque pueda ser muy fallido, este artículo es un artículo político. Solo depende de qué respuesta le den a la anterior pregunta.

***En el próximo artículo intentaré explicar porque pienso que, la no presencia de la filosofía y poesía en el sistema educativo, están intrínsecamente ligadas con el totalitarismo. Mientras tanto, si les apetece, desarrollo un poco más lo anterior aquí.

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