Este país nunca dio a sus hombres y mujeres de ciencia el trato que merecieron. Aquella nefasta y lapidaria sentencia “¡que inventen ellos!” se grabó en el inconsciente colectivo del español, pasando del error histórico al topicazo y de ahí a una práctica política letal para la sociedad que consistió en menospreciar a nuestros mejores cerebros y en condenar a la investigación científica a la categoría de asunto menor. Esa forma de pensar (en buena medida alimentada por una derecha carpetovetónica, analfabeta y rural y una Iglesia retrógrada y nacionalcatolicista hostil a los avances técnicos) ha sido tan nefasta que España vivió durante mucho tiempo en la oscuridad del conocimiento tecnológico, en el atraso secular y en el tercermundismo. Fue así como se acabó imponiendo la idea equivocada de que un bracero es más útil que un biólogo ateo que no sirve para nada.

Hoy, tras 40 años de democracia (los mejores de la historia de este país en todos los aspectos) podemos enorgullecernos de nuestra ciencia. Tenemos brillantes investigadores en la mayoría de las ramas y disciplinas (medicina, biología, física, ingeniería) y no solo trabajando en universidades y laboratorios nacionales, sino en las más prestigiosas instituciones extranjeras. El científico español se ha librado del complejo de inferioridad y en la actualidad está en condiciones de competir con colegas de otros países en cualquier territorio de la ciencia (en buena medida gracias a unos eficaces planes de modernización universitaria y a un loable esfuerzo en inversión estatal para la investigación que en las últimas cuatro décadas han rendido sus frutos). Nada extrañaría si en la vertiginosa carrera por conseguir una vacuna contra el coronavirus fuese finalmente un equipo español el que lograra tan ansiado descubrimiento.   

Sin embargo, los mismos sectores reaccionarios de siempre siguen cayendo en el viejo error de minusvalorar el trabajo de nuestras mejores mentes y talentos, a los que en ocasiones se estigmatiza, se ningunea y se maltrata por diversas razones como su orientación política. Lo estamos viendo estos días con la operación de desprestigio que la ultraderecha española (acompañada por la caverna mediática y por algún que otro presentador de televisión con poca gracia para el chiste) ha iniciado contra Fernando Simón, director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias del Ministerio de Sanidad desde el año 2012. Simón está siendo víctima de ataques y burlas a discreción, tanto en redes sociales como en los medios afines a la extrema derecha, y se le ha llamado de todo, desde “incompetente” hasta “doctor comunista” y “psicópata”. La última oleada de desconsideraciones ha llegado de Santiago Abascal que, indignado porque Simón se niega a participar en la traición de dar los nombres de los once integrantes del comité que decide cuándo una comunidad autónoma cambia de fase en el control de la epidemia, ha espetado con su habitual grosería: “Pero ustedes, ¿quiénes se creen que son? ¿Dónde se creen que viven? ¿En qué país creen que están? ¿Cómo es posible que ustedes se atrevan a no dar los nombres de una comisión de expertos que va a decidir sobre la salud y la vida de los españoles?”. Es España ese país donde todos creen saber de todo sin haber leído un solo libro y últimamente la moda, lo que se lleva, es el cuñadismo epidemiológico, una tendencia marcada por fanáticos, charlatanes y vendedores de crecepelos que brotan como setas.

Fernando Simón tiene la voz desgarrada por la experiencia del dolor de un sabio maduro, los cabellos encaracolados, revueltos y algo einstenianos (como corresponde al científico que no puede perder ni un segundo con el peine porque hay demasiadas vidas en juego) y la mirada inteligente, analítica y escrutadora del médico que presiente la enfermedad con solo verle la cara al paciente. Se licenció en la Universidad de Zaragoza y se especializó en epidemiología en la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres. Complementó sus estudios con el Programa Europeo de Formación en Epidemiología y Control de Enfermedades antes de ingresar en el Cuerpo de Médicos Titulares del Estado de España. No es ningún indocumentado, sino uno de los mayores expertos en epidemias de Europa.

Pero su excelente currículum no solo se reduce a lo académico sino a la experiencia personal y vital, donde ha dado lo mejor de sí mismo en la lucha contra los virus. En países subdesarrollados de África y América Latina ha vivido infiernos como las epidemias de gripe A, ébola y zika, siempre en primera línea de batalla, siempre al lado de los enfermos, con los moribundos, con los desahuciados. No solo se sabe al dedillo lo que dicen los manuales de medicina, también ha palpado el horror de la enfermedad y el pánico colectivo ante el contagio y la muerte. Burundi, Somalia, Mozambique, Tanzania, Togo, lugares recónditos en tierra de nadie donde muchos de los señoritos que critican a Simón desde sus flamantes despachos, vía Twitter, jamás pondrían sus pies por falta de coraje y valor. Quienes le conocen y han trabajado con él saben de lo que es capaz, como aquella vez en Burundi, cuando fue tiroteado por la guerrilla mientras buscaba medicinas. O aquella otra ocasión en que tuvo que asistir a una mujer en un parto y se cortó la luz. Finalmente mantuvo la calma y pudo salir airoso gracias a un candil y a unos nervios de acero, ese temple que demuestra cada día cuando sale a dar el parte de bajas en las matinales ruedas de prensa.

Tampoco es necesario recordar que Simón se equivoca y comete errores como todo hijo de vecino. A fin de cuentas el avance médico consiste en ensayo y error y ya dijo Richard Feynman que ciencia es creer en la ignorancia de los científicos. En el mundo no hay nadie infalible, salvo Pablo Casado, que cuando se mira al espejo ve a Dios. Pero por mucho que se empeñen algunos pandilleros de la política siempre preparados para el linchamiento público de todo aquel al que consideran un mal español, Fernando Simón no es ningún piernas, ni un aprovechado, ni un arribista a la sombra del poder rojo de Pedro Sánchez. Es simplemente un experto, un sabio, el doctor de cabecera de un país que con mucho esfuerzo está ayudando a doblegar la curva epidémica, el hombre de ciencia que incluso tiene el honor y la gallardía de salir en defensa de un general de la Guardia Civil vapuleado por esos mismos que dicen amar a la Benemérita. Alguien sensible, racional y sensato muy alejado de aquellos que han llegado a la política al violento grito de guerra de “o estás conmigo o estás contra mí”. La peor tragedia que ha ocurrido en España en los últimos cuarenta años de democracia. Más terrible incluso que la pandemia de coronavirus.

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1 Comentario

  1. Querido desconocido José Antequera, con carnet de incondicional, o al menos de forofo de un gobierno que a poco que no seamos tendenciosos no podríamos, ni deberíamos vender su triste y desgraciado producto (30.000 muertes) . La venda que no te deja ver ni oír ni siquiera reflexionar sobre realidades tangibles. Olvídate de currículums… «El hábito no hace al monje» mira, si puedes, si no te ciega la ciénaga del desorden la prepotencia y por que no decirlo la sinvergonzonería de unos gestores de un caso difícil, es de reconocer, pero que objetivamente no podemos aplaudir a no ser que comamos del pesebre y bebamos del abrevadero o lamiendo la manita del que nos dice «bonitiño».

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