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El azar y el coraje consiguieron sacar a Fernando Alonso, una vez más, del «enterramiento«, de la difícil situación en la que se encuentra desde que decidió hace ya más de tres años abandonar la mítica y poderosa escudería Ferrari, y lanzarse a lo que se ha convertido en su propio y particular desierto. La metáfora era más clara que nunca el sábado en Bahreim, y así lo contábamos desde aquí, desde Las almas y la F1 al terminar la sesión de entrenamientos.

«Mañana hay una carrera y siempre puede suceder lo imposible, o lo casi imposible, pero hoy, sábado siete de abril de 2018, Fernando Alonso tiene la boca seca y llena de arena, y cada vez que mueve la lengua para declarar que este año será el bueno, más trozo de desierto se instala en su boca.», escribíamos ayer bajo el título:

Fernando Alonso enterrado bajo la arena del desierto y hoy es un placer, un alivio -no absoluto y en realidad pequeño- poder decir que Alonso, ayudado por las circunstancias -abandonos de Ricciardo, Verstappen y Raikkonen– consiguió desenterrarse una vez más y acabar en un no avergonzante ni deshonroso séptimo puesto. Pero detrás de Honda.

Ese «detrás de Honda» indica que la debilidad del McLaren en las tres últimas temporadas no sólo se debía a los fallos del motorista japonés, cuyo motor se ha librado de las manos torpes del ingeniero desarrollador Yasuke Hasegawa y ahora es responsabilidad de otro técnico, Toyoharu Tanabe, que en la segunda carrera del mundial 2018 ha demostrado ser capaz, en sólo dos carreras, de firmar un motor que ni se rompe ni es el más lento de la parrilla.

El coche más lento de la parrilla era en Bahreim 2018 el McLaren.

El McLaren que parece tan torpe como un Eric Boulier con ruedas. ¿De verdad no se da cuenta nadie de que el máximo responsable del fracaso de McLaren es Eric Boulier? No podemos creérnoslo en LAS ALMAS Y LA F1; es evidente su incompetencia.

Más allá del héroe, del principal protagonista de nuestra novela particular, del gran Fernando Alonso, el Gran Premio de Bahreim fue divertido, vivo, dramático y tenso hasta el último momento.

Vettel demostró que ahora ya sí que es un gran piloto.

«Tengo todo controlado» mintió por la radio para desalentar a los perros de Mercedes.

Que Valteri Bottas los tiene más bien pequeños. Incluso Rosberg, a pesar de lo cerebral que era, le habría metido el coche a riesgo de su propia vida y de la integridad del monoplaza, en la última curva. Él, Bottas, no tuvo los redaños necesarios.

Y luego la bonita rivalidad de los gallos en el corral. Verstappen sacando morro de monoplaza y pecho de conductor: YO NO FUI AGRESIVO, Vettel insultándolo, MENUDO GILIPOLLAS, y Hamilton tragándose su frase del Gran Premio anterior cuando consiguió la pole, humillando a Vettel, LO HICE PARA BORRARTE LA SONRISA.

Vettel sigue sonriendo, los gallos de la F1 siguen haciendo kikirikí… desde el corral y bajo la atenta mirada de los látigos de la FIA: podéis cacarear un poquito, pero sólo un poquito, ni se os ocurra intentar olvidar que sois animales domesticados, y nuestro látigo es incontestable porque está hecho de montañas de dinero.

 

Tigre tigre.

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