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Feo, más feo, lo más feo

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Leyendo un reciente artículo de Antonio Muñoz Molina titulado “Tanta fealdad” donde denuncia la destrucción de los paisajes urbanos y naturales españoles,   me acordé de Coco, uno de los más entrañables personajes de Barrio Sésamo,  cuando explicaba la diferencia entre feo, más feo y lo más feo. También  recordé que una vez, en la presentación de un libro en mi pueblo, se me ocurrió decir que mi pueblo era feo. El público que llenaba el local y que hasta entonces se había mostrado amable, incluso aplaudiendo algunas cosas, empezó a removerse en sus asientos y a decir levantando la voz y con algunos aspavientos que el pueblo no era feo para nada.  “En buen charco te has metido” me dijo por lo bajo mi compañero de presentación. Intenté arreglarlo diciendo que había que ser objetivos y reconocer que nuestro pueblo, un pequeño pueblo de La Mancha toledana, no podía compararse a algunos pueblos típicos de Asturias, por ejemplo. Y la gente, o al menos unos cuantos de entre el público asistente,  la mayoría amigos y conocidos, porque el que había perpetrado la escritura del libro que se presentaba era yo mismo, contestaron con vehemencia diciendo que efectivamente no podían compararse la belleza de un pueblo asturiano con nuestro pueblo porque eran distintos y cada uno tenía su “particular belleza”. Todos eran bellos a su manera, según ellos.

Sin querer, había tocado la fibra sensible de la gente que no atiende a razón ni argumento alguno cuando se trata de lo suyo. Pero si se quiere cambiar algo, el primer paso es hacer un esfuerzo de autocrítica y ver las cosas sin el espejo deformante de la emoción. Muñoz Molina, como siempre, lo explica mejor: “Es a quien denuncia (la fealdad urbana y del paisaje agrícola y natural) a quien se declara enemigo y persona non grata, y lo peor de todo, hijo pródigo y traidor a los suyos, si tiene el infortunio de levantar su voz casi siempre a solas, rompiendo el silencio de la conformidad y la indiferencia, el cloroformo del qué bonita es nuestra tierra, del qué se habrán creído esos de fuera, qué sabrá ese o esa que se fue hace tanto tiempo y ahora vuelve y se cree con derecho a darnos lecciones. Cualquier crítica a lo nuestro es una injuria imperdonable”.

Estoy de acuerdo en que se puede amar a cualquier pueblo, paraje o persona, animal o cosa por muy fea que sea porque el amor es ciego, pero debe haber un criterio objetivo por encima de cualquier consideración digamos emocional. Por ejemplo, yo aprecio y admiro mucho a la abogada Cristina Almeida, pero si nos ponemos a hablar de belleza física, tengo que reconocer que es fea, y alguien puede decir, como dijeron algunos de mis paisanos refiriéndose al pueblo, que tiene su “particular belleza”, de acuerdo, pero eso no quita de que si la comparamos con la actriz Charlize Theron, por ejemplo, tengamos que reconocer sin reparo alguno que ésta última es más bella que la abogada pacense. Creo que son necesarios unos criterios estéticos objetivos, y que éstos deben de prevalecer sobre cualquier otra consideración subjetiva. Para dejar atrás este tema tan delicado, apremié a mi compañero de presentación a que cambiara de tercio y me hiciera alguna otra pregunta sobre el libro, al fin y al cabo yo estaba allí para hablar de mi libro. Y poco a poco la gente se fue aquietando y el pequeño incidente, que pudo ser mucho más que eso, fue quedando atrás y el libro fue presentado, comprado por bastantes personas e incluso leído por algunas de ellas.

Pero podía haber entrado al trapo y haber defendido mi opinión de que mi pueblo, y bien que me pesa, más que feo, ha sido afeado durante décadas por la insensibilidad y la indiferencia de los sucesivos gobiernos municipales, y la no menos indiferencia e insensibilidad de los vecinos, que han construido sus casas a su libre albedrío, por decirlo finamente, sin atender a norma ni criterio urbanístico alguno. Que se han limitado a seguir las modas que iban llegando de fuera, como la muy dañina del mazacote de ladrillo, de los balcones como bultos de ladrillo en las fachadas del mismo material. Un espantoso estilo tipo “apartamiento en Torrevieja” que causó estragos en las décadas de los sesenta y setenta y también más adelante. Una muy dañina marea de ladrillo visto nunca visto que, junto a algunas otras modas y estilos igualmente nefastos que iban llegando de fuera, y que poco o nada tenían que ver con la tradición que durante siglos ha conformado el muy reconocible paisaje urbano de La Mancha, han terminado por cargarse para siempre el carácter y la personalidad de esos  pueblos. Una pena porque si tanto ayuntamientos como vecinos hubieran puesto el mismo empeño en mantener la tradición, el estilo manchego a la hora de construir sus viviendas, como el que han puesto en mantener otras tradiciones, los pueblos manchegos serían hoy unos lugares hermosos adonde peregrinarían muchos viajeros ávidos de belleza. Por suerte hay excepciones, y todavía pueden verse algunos pueblos manchegos que han mantenido ese criterio urbanístico, y hoy son apreciables lugares turísticos muy visitados. Y no hace falta decir que sus vecinos están muy orgullosos de ellos. Pero  por desgracia son unos pocos casos excepcionales, cuando deberían ser la regla

Es muy curioso que ese implacable afeamiento a conciencia del patrimonio urbano de La Mancha, y  los paisajes naturales que lo rodean, no sean vistos así por los vecinos que los habitan. Unos vecinos que no parecen tener ojos en la cara para ver y denunciar los atropellos, el daño, los quebrantos que se han hecho a su patrimonio urbanístico. En aquel ya lejano día de la presentación de la novela, y ya puestos a contar, podía haber contado un amargo recuerdo que nunca he olvidado. El del día en que me asomé a la ventana de la casa de mis padres y vi talados los grandes árboles que había frente a la casa, en la carretera que atravesaba el pueblo. Salí a la carretera y me pareció estar en medio de una pesadilla al ver la travesía sin un solo árbol. Una travesía que toda la vida había estado flanqueada a un lado y a  otro por  hermosas acacias, cuyas enormes copas se juntaban creando un hermoso dosel que además de embellecer la travesía haciendo de ella una de las mejores imágenes del pueblo, daba una fresca sombra en los largos y sofocantes veranos. Nada más agradable que pasear a pie o en bicicleta bajo aquella sombra continua que  cruzaba el pueblo de parte a parte mientras se escuchaba el interminable concierto de las chicharras. Y no digamos cuando llegaba el mes de mayo y con él el placer de   aspirar hasta muy adentro el maravilloso aroma de las flores de las acacias. Unas flores que incluso comíamos como si de un manjar se tratara.

Pero  todo aquello acabó en una mañana en que unos empleados del ministerio de  Obras Públicas talaron todos los árboles de la travesía. Nunca olvidaré aquella imagen de la destrucción y la desolación, de los tocones todavía húmedos de savia, palpitantes de vida, de los montones de serrín al pie de los troncos y las ramas esparcidos por todas partes. Ese día quedó desfigurado, mutilado para siempre el principal paisaje de la milla cuadrada de mi infancia, donde uno descubre el mundo y lo hace suyo y es ese, y no otro, el territorio al que pertenecemos y nos pertenece para siempre.

Pregunté a un operario de Obras Públicas, uno de los que estaban llevando a cabo ese inconcebible atentando al entorno natural del pueblo ordenado por algún  bárbaro, algún tarugo y zopenco funcionario ajeno, como tantos, a cualquier sensibilidad paisajística y medio ambiental, que por qué habían cortado los árboles y me contestó que “estorbaban a los camiones” y además “eran un peligro porque los coches podían chocar con ellos”.

Tendría yo entonces unos diez años, ha pasado medio siglo de aquella salvajada pero todavía, cada vez que recorro la travesía me acuerdo de aquellos grandes árboles caídos,  víctimas de la incomprensible e invencible estupidez humana. Y todavía me pregunto cómo tuvieron el valor de acabar con lo que tanto bien hacía al pueblo, y que sacrificaron sin miramiento alguno por que unas cuantas ramas estorbaban a unos camiones que cada vez eran más grandes. Podían haber optado por podar las ramas que estorbaban el paso de estos vehículos pero, para qué andarse con tonterías, lo mejor era talarlos a ras del suelo y a otra cosa. Si alguien tiene curiosidad por saber si hubo algún vecino que protestara por aquel vandalismo institucional, la respuesta es no, no consta protesta alguna de ningún vecino, seguramente pensaban que lo mejor, y más en esa época todavía de dictadura, era oír, ver y callar, no fuera que apareciera por allí algún funcionario municipal y les calzara una multa. O lo que es peor, que llegara la pareja de la guardia civil en bicicleta y se les escapara algún culatazo o algo peor.

Muchos años después, viajando por carreteras francesas, vi que muchos, muchísimos, tramos de las carreteras, kilómetros y kilómetros, estaban flanqueados de árboles, y también muchas de las travesías de unos pueblos que, al contrario de los nuestros, habían crecido ordenadamente, respetando la tradición, el estilo de la zona, cuidando de una manera admirable su particular belleza arquitectónica. Unos pueblos donde saltaba a la vista que la gente de allí se había preocupado por mantener y conservar la tradición, la belleza tanto del paisaje urbano como del paisaje natural del entorno.

Como ya hemos dicho, llama mucho la atención que en un país tan conservador y tradicional como España no se hayan conservado ni respetado su típico paisaje urbano y natural. Muy al contrario, salvo algunas honrosas excepciones, se han arrasado a conciencia los centros históricos de las ciudades y los pueblos, que han caído víctimas del saqueo de los especuladores, de la infinita codicia de los que ponen el dinero por encima de todo mientras dicen amar a España. Un amor que, como todos los amores, se demuestra con hechos y no simplemente de boquilla, o envolviéndose indecentemente con la bandera, o llevando puesta la  pulserilla con los colores de la rojigualda. Si tanto dicen querer a su país, ¿por qué lo arrasan y saquean? Esta pregunta bien podría hacerse a tantos y tantos cargos municipales que han  permitido verdaderas atrocidades en sus municipios durante sus mandatos. La respuesta es bien sencilla: para llenarse los bolsillos. Como dijo en una ocasión Krusty el payaso, llorando amargamente: “Aparcaron un camión lleno de dinero frente a la puerta de mi casa, ¿qué podía hacer yo ante eso?. Pues poca cosa, si se es una asquerosa y codiciosa rata  sin moral, ética, principios, escrúpulos ni conciencia alguna. Y con bastante menos gracia que Krusty, que al fin y cabo solo es un dibujo animado.

Por suerte siempre hay excepciones a la regla, buenas personas que nos hacen mantener viva alguna esperanza en la humanidad. Hace poco oí que hubo un alcalde de Santiago de Compostela que tenía una frase que usaba como un “abracadabra” un “ábrete sésamo” para mantener a raya a los temibles especuladores que, con la complicidad necesaria de altos cargos municipales, todos ellos ya visualizando los millones “pa la saca”, daban el visto bueno para construir grandes y espantosos edificios en pleno casco histórico con el fin de enriquecerse a toda costa, incluso a costa de cargarse, afeando para siempre, su propia ciudad.

Este admirable alcalde compostelano, cuando le presentaban un proyecto que iba contra la ética y la estética que debía prevalecer  para que la ciudad siguiera siendo la hermosura que es, decía siempre “esto no es digno de Santiago” y con esas palabras fue logrando que  Santiago no se convirtiera, como otras muchas ciudades, en un ejemplo de fealdad, de espantosa especulación inmobiliaria, en un horrible despropósito urbano.

Este hombre con esas palabras tan atinadas, sensatas, desarmantes, pronunciadas con gravedad y solemnidad, como si se tratara de una sesión de exorcismo, mantuvo a raya a la codicia económica y a la corrupción política de su ciudad. Pero gente así, que no cede aunque le aparquen un camión lleno de dinero frente a su casa, es la excepción a la regla. Una pequeña pero honrosa minoría que poco puede hacer contra las mafias de la corrupción que siempre van en bandada, volando en círculos y lanzándose a devorar cualquier cosa de la que puedan sacar algún dinero. Lo peor, lo más feo, es que la mayoría de nosotros seguimos mostrando una implacable y escalofriante insensibilidad e indiferencia ante las barbaridades urbanísticas que afean cada vez nuestros pueblos y ciudades y también, y esto no tiene menos delito, ante una corrupción política que toleramos y en muchos casos la validamos y perpetuamos  con nuestros votos.

Una vez coincidí  con Joaquín Araújo en Alcázar de San Juan, una ciudad cercana a mi pueblo. Araújo es quizás el naturalista más importante de este país, un auténtico sabio en lo suyo. Un hombre que conoce España como pocos, y los problemas y amenazas que se ciernen sobre sus múltiples ecosistemas, muchos de ellos en riesgo de desaparecer para siempre. Estaba solo en el vestíbulo de un salón de actos, esperando que comenzara el programa de radio nacional en el que colaboraba. Aproveché la ocasión y me  acerqué a él con una pregunta en la cabeza.  La pregunta era si conocía la laguna de El Salobral, la laguna de mi pueblo, uno de los humedales de la región. Y me dijo que sí, y que también conocía el peligro que corría de desaparecer, al igual que los otros humedales, por la sobreexplotación de los acuíferos. Pero el caso del humedal de mi pueblo, era todavía más grave, dijo, porque  había un vertedero de  escombros pegado a él que lo amenazaba.

Me dolió mucho que fuera Araújo, un sabio pero al fin y al cabo un forastero, el que denunciara una situación que no parecía importar mucho a casi nadie de mi pueblo. Pero me dolió más que a la mayoría mis paisanos, que mostraban una piel tan fina a la hora de no consentir que se le llamara feo a su pueblo, al mismo tiempo mostraran una piel tan gruesa, de elefante o de caimán, cuando no les importaba un pimiento la situación de su paisaje urbanístico y natural. Este es un rasgo típico, no sé si del español en general, al menos sí del manchego, decir amar a su tierra y sin embargo no demostrarlo con hechos es decir, preservando y protegiendo, cuidando y defendiendo su patrimonio.  

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1 Comentario

  1. Correcta interpretación, El paisaje norteño es bello desde antes de la llegada del hombre, y con ello dota de una virtual apostura alguno de esos pueblos que realmente no lo son tanto. El pueblo, o los pueblos si hablamos de la mano del hombre, pueden ser tan interesantes o bellos EN UN LUGAR U OTRO dependiendo del artesanato o de la tradición; de la antigüedad o estado de conservación; pero sobre todo de la intención de sus habitantes a la hora de desarrollar su concepto de belleza dentro de su unidad o particularidad cultural. Quiero decir que si cogemos los más bellos edificios de Gaudí en Barcelona y los trasladamos a Quintanar de la Orden… Para que vamos a extendernos en este análisis.

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