Con manifestaciones o sin ellas, con disensiones y corrientes alternativas o sin ellas, el 8M es más necesario hoy que nunca. Feminismo es democracia, socialismo, respeto a los derechos humanos: todo eso que odia la extrema derecha de nuevo cuño que se abre paso a codazos y a puntapiés, como un elefante en la cacharrería del sistema, destruyendo lo que la sociedad española ha construido en los últimos cuarenta años de convivencia en paz. El vándalo destrozo que ha sufrido el mural feminista de Ciudad Lineal es la prueba concluyente de que esto va en serio, de que los nostálgicos del patriarcado y del machismo feudal están en las calles para amedrentar a las mujeres y que se queden en casa calladas, amordazadas, sumisas. El franquismo no fue otra cosa que una inmensa cocina sórdida y humillante donde se recluyó a la mujer entre fogones de infamia para que no molestara al macho.

Las guerras empiezan por el saqueo de los símbolos, de los mitos y el lenguaje. Eso es lo que está haciendo Vox, liquidar la memoria, darle la vuelta al calcetín de la historia, vendernos un producto rancio y caducado como si fuera nuevo. Se empieza saqueando murales de barrio y se acaba quemando libros y fusilando a 26 millones de hijos de puta. Produce una tristeza infinita ver cómo un gran emblema de la libertad como el mural de Ciudad Lineal es violentado por la barbarie totalitaria. Estremece pasar ante los manchurrones de pintura negra que los nazis han arrojado a los rostros de grandes referentes del feminismo como Rigoberta Menchú, Rosa Parks, Federica Montseny o Frida Kahlo. Todas ellas lucharon por la causa más noble y justa de todas: lograr la igualdad plena entre mujeres y hombres. Fragmentada la izquierda, languideciente el marxismo por el poder aplastante de la sociedad de consumo y el capitalismo feroz, el feminismo se constituye en el último bastión contra la extrema derecha.

Los autores de las pintadas contra el mural de Ciudad Lineal ni siquiera saben quiénes fueron esas grandes señoras a las que atacan ciegamente porque nunca han leído un libro. El fascismo siempre actúa de la misma manera: están los ideólogos y las élites de la retórica violenta que planean el crimen simbólico en sus lujosas mansiones y los cuatro mozallones que ejecutan, los cabezas rapadas sin oficio ni beneficio que obedecen y aprietan el gatillo de la brocha asesina. En realidad, la obra estaba condenada a su destrucción desde que Vox presentó una iniciativa en la Junta de Distrito –aprobada con los votos a favor de PP y de Ciudadanos, no lo olvidemos–, para sustituir el mural por otra decoración más inocua para los intereses del nuevo falangismo.

El horror fascista avanza mientras la derecha supuestamente democrática sigue pactando con el totalitarismo machista en Madrid, Andalucía y Murcia. Amamantar a la bestia suele traer nefastas consecuencias. ¿Dónde se ha metido hoy el alcalde de Madrid, Martínez Almeida, que ha dejado que ocurriese lo que todo el mundo sabía que iba a ocurrir más tarde o más temprano? “Exigí por carta a Almeida que protegiera el mural de Ciudad Lineal tras las amenazas de la extrema derecha. Así amanece hoy”, se lamenta Rita Maestre.

Las pintadas no son obra de un loco iluminado que actúa por su cuenta y riesgo con una lata de pintura. Obedecen a un plan predeterminado, a una ideología, a unas instrucciones políticas precisas. La extrema derecha, y también la farisea derecha convencional que predica el feminismo por no quedar como un cavernícola verde pero que no lo acepta en sus principios elementales porque no lo entiende, está en contra de la igualdad de derechos de la mujer. Ayer mismo, el PP de Burgos organizaba una farsa o sainetillo apresurado de supuesto apoyo al feminismo. Lógicamente, la puesta en escena le salió mal, en primer lugar porque todos los asistentes al evento eran hombres (salvo la moderadora) y en segundo término porque nadie se cree que el PP sea un partido auténticamente feminista. Lo de Burgos fue un teatrillo, una instantánea grotesca de la España profunda que dejó en evidencia cómo entiende la derecha nostálgica la igualdad de derechos y oportunidades: hombres y mujeres en la cúpula de los ministerios, pero unos en el poder fáctico y real y otras fregando los suelos de los despachos, como ordena el clásico manual del techo de cristal. 

Cada 8M es un mal trago para el Partido Popular porque le pone delante del espejo y porque le aflora el complejo machista frente al impulso que ha tomado el movimiento de liberación de la mujer en los últimos años. Pablo Casado y su gente saben que es completamente imposible ganar elecciones sin las masas feministas maltratadas, sin las trabajadoras discriminadas por la brecha salarial, en definitiva, sin la mujer, que es la mitad de la población en cualquier país del mundo. Por eso en Génova 13 intentan disfrazarse de feministas en un carnaval impostado, se inventan conceptos nuevos para adaptar el conservadurismo a la lucha por los derechos de la mujer (lo cual es imposible) y terminan cayendo en flagrantes contradicciones como el «feminismo liberal» que propugnan Cayetana Álvarez de Toledo, Inés Arrimadas y Andrea Levy, un gran oxímoron en sí mismo cuando no un artificio más falso que una moneda de dos caras.

Toda esa pirotecnia retórica la ejecutan los dirigentes del PP por puro marketing político y para no perder votos entre las mujeres, no porque se sientan feministas de verdad, que nunca lo han sido. Por todo eso y también para que no se les identifique demasiado con las huestes de Santiago Abascal, abiertamente machistas, retrofranquistas, taurinas y carpetovetónicas. Vox pretende devolvernos al latifundismo agrícola y sexual, o sea el señorito que se bajaba al pajar a violar a la moza pobre cuando le venía en gana. Hoy, en el 8M más raro y extraño, la derecha brinda con champán porque la Justicia ha suspendido las manifestaciones feministas para evitar los contagios por la pandemia. Pero que no canten victoria, la revolución es imparable, el virus será derrotado (el de Wuhan y el machista) y las mareas moradas volverán con más fuerza que nunca. Feliz 8M, hermanas. 

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