Esta podría ser una frase hecha, otra locución robótica entre tantas, y podría servir para intitular artículos periodísticos y podría repetirse de continuo en las calles de este país, porque se ha ganado por derecho propio protagonismo social y usurparle el trono de las salutaciones de cortesía al rancio Feliz Año Nuevo por la sencilla razón de tener mayor carga semántica.

Nos vendría bien usarla, ya andamos bastante fantasmagóricos y vaciados entre tanta frase gramaticalizada sin correspondencia real y eficaz y tanto lenguaje políticamente correcto. Desde una base lingüística, lo del sustantivo Año lo tenemos claro y el adjetivo pospuesto Normal,aun admitiendo matices, es una petición y lucha interior contra el desbordamiento del Covid-19, ese nuevo río de pus devastador que nos trajo el infame 2020 y que atravesó las fronteras y se hizo global desde la lejana China porque uniformizados y globales somos.

Ahora bien, La impertinencia léxica y existencial comienza y termina en el calificativo Feliz, epíteto vacuo y amortajado que solo denota subjetividad y una sugestión automatizada en nuestro inconsciente colectivo y arcádico, porque la consciencia individual y cotidiana ya sabemos cómo anda: sin otorgamiento explícito en ninguna constitución liberal hemos adquirido el derecho universal de tener recelos y temores, al margen de la pandemia o con ella como fuerza motriz, por el motivo cada vez más firme de que no estamos cuidando el planeta ni tampoco nos estamos cuidando nosotros como especie y civilización. Hemos simplificado la democracia en una triste y aséptica cifra estadística, en la que siguen abundando los débiles y desfavorecidos, aunque pretendamos imponer los números buenos.

Al tiempo que pululan los predicadores, manipuladores y demagogos babeando sus indisimulados intereses particulares. El bien común es una retórica sofisticada dirigida al pueblo, esa abstracción neurasténica con la que se pretexta hacer política. Una minoría vive con bienestar y  holgura material y muchos subsisten como pueden sosteniendo en sus espaldas cada final de mes del año que comenzamos de nuevo el peso fondón de Occidente y su deterioro moral. Hay quien ha afirmado que el pueblo es un mito, y es cierto, un mito entre Atlas y Sísifo y la esperanza de la caja de Pandora en el horizonte.

El coronavirus ha operado como enfermedad mortal y como manifestación ratificadora intensiva de nuestros males y egoísmos. El virus ha sido y es una revelación desoladora, una epifanía de mal gusto en busca de Reyes Magos, víctimas ya le sobran. Feliz vacunación. Feliz Año Normal.

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