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Félix Suárez: “La vida alimenta de manera permanente a la poesía”

Melissa Nungaray
Melissa Nungaray
Escritora, poeta y periodista. Estudió Lengua y Literatura Hispánicas en la Universidad Autónoma del Estado de México. Es autora de los libros de poesía Raíz del cielo (Secretaría de Cultura de Jalisco/Literalia, 2005), Alba-vigía (La Zonámbula, 2008), Sentencia del fuego (La Cartonera, Cuernavaca, 2011) y Travesía: Entidad del cuerpo (La Zonámbula, 2014). En 2014, ganó el segundo lugar del IV Premio Nacional de Poesía Joven Jorge Lara. Fue becaria del Festival Interfaz ISSSTE-Cultura Los Signos en Rotación San Luis Potosí 2017. Su poesía ha sido incluida en diversas antologías nacionales e internacionales y algunos de sus poemas han sido traducidos al italiano, inglés, uzbeko y griego. Ha colaborado como reportera y locutora en los programas de radio Dimensión colorida, Teleférico, De pico picorendo y Jalisco en la hora nacional.
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análisis

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Estar en la poesía significa aprender a escuchar la naturaleza misma de las cosas y los seres. Escribir es un hallazgo que no termina, se construye a lo largo de los años. Cada poeta decide hasta cuándo termina su creación, pero sólo la palabra es la que gobierna, la que mantiene el ritmo entre la pluma y la hoja en blanco. En esta ocasión les comparto una entrevista que le realicé al poeta, editor y ensayista mexicano Félix Suárez.

Él es autor de los libros de poesía La mordedura del caimán (1984), Peleas (1987), Río subterráneo (1990), En señal del cuerpo (1998), Legiones (2004), También la noche es claridad. Antología poética 1984-2009, (2009) y El amor incluso (2011). En 2013, La editorial Calygramma le publicó un libro de ensayos titulado Visitaciones del porvenir. Enigma y profecía en la tradición de Occidente. Su obra se encuentra incluida en más de una veintena de antologías colectivas, entre ellas, la Antología general de la poesía mexicana y la Antología esencial de la poesía mexicana. Cien poetas de los siglos XV al XXI. Algunos de sus poemas han sido traducidos al inglés, árabe, catalán, francés e italiano.

El poeta Félix Suárez estudió Letras en la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEM), una Maestría en Humanidades por la Universidad Anáhuac y un Doctorado en Letras modernas en la Universidad Iberoamericana. Fue director fundador de la revista Castálida; subdirector de publicaciones del Instituto Mexiquense de Cultura y coordinador del Programa Editorial de la UAEM. Recientemente, la Secretaría de Cultura y Turismo, a través del Consejo Editorial de la Administración Pública Estatal (CEAPE), le realizó un homenaje por 37 años de trayectoria como editor. Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Nacional de Literatura “José fuentes Mares” en 2017, el Premio Internacional de Poesía “Jaime Sabines” en 1997 y el Premio Nacional de Poesía Joven “Elías Nandino” en 1988.

En esta entrevista charlamos con Félix Suárez acerca del quehacer poético y la labor editorial, donde nos comparte algunas de sus reflexiones que involucran los temas esenciales de su poética y la relación de vida-poesía. Espero que esta plática sea del agrado de los apreciables lectores.

Entrevista:

Melissa Nungaray: ¿Cómo describe el encuentro con la palabra poética?

Félix Suárez:Diría que se trata casi siempre de un encuentro fortuito, un poco azaroso, porque aparece sin previa invocación, mientras hago por lo general algunas otras cosas, mientras corrijo otros poemas, por ejemplo, o leo o espero que me atienda el dentista. Es, digamos, una suerte de epifanía que nunca aparece de modo total, acabado, que no te ofrece precisamente un trabajo de transcripción literal, sino más bien te exige una labor de traducción, de interpretación. Es decir, nace como una serie de notas apresuradas –la mayor parte de las veces sin ninguna dirección–, que son apenas el germen de un poema en tránsito, que enseguida hay que buscar entre tanto ruido, desenmarañando, desbrozando.

 
Es como haber sacado algo precioso del mar, que viene revuelto en la red con peces, piedras, hierbas marinas y basura de todo tipo. Pero sin duda, eso es justamente, creo yo, la labor del poeta, del escritor en general. Ese trabajo de desmenuzar, seleccionar y reunir las palabras precisas, así como desechar aquellas que no sirven al poema o al texto, es sin lugar a duda, el trabajo fino de la escritura. Sin eso definitivamente no hay literatura: sólo borradores y ocurrencias.

¿Cómo influye la poesía en su vida cotidiana?

En principio, considero que para el poeta no hay forma de separar una cosa de la otra. Es decir, entre la poesía y su vida personal (incluso la íntima) no existe un distingo verdadero, una distancia tal que pueda separar ambas realidades. No. Una y otra se imbrican, se complementan: la vida alimenta de manera permanente a la poesía y ésta nutre y enriquece la vida del poeta. ¿De qué va a escribir el poeta sino de su vida, de su vida con los demás? ¿Y cómo vive el poeta sus días sino a través de la poesía, ésa que le ha puesto los ojos –nuevos ojos– para descifrar, saborear y soportar la realidad? No puedo evitar, pues, traerla conmigo a todas partes. Es decir, en mi caso, no puedo ser exclusivamente un funcionario durante ciertas horas de oficina y más tarde un poeta, luego de haberme sacado la corbata. Eso no es posible. En todo caso, uno es, para bien o para mal, un funcionario que escribe y actúa conforme a sus pensamientos y a su corazón habitados por la poesía, o si se quiere, un poeta que se gana la vida haciendo un trabajo digno en el servicio público. Inevitablemente, “el hombre es su trabajo”, decía Nietzsche.

¿Cómo relaciona la labor de editor con la del poeta?

Sin duda esto que me preguntas tiene que ver, de algún modo, con lo que empezábamos a esbozar anteriormente, y tiene que ver porque para mí la edición de libros ha sido una extensión casi natural de mi trabajo poético. Diría –ya lo he dicho en más de una ocasión, usando tal vez esta misma imagen o alguna parecida–, que no se trata de dos tallos diferentes, sino de un solo tallo con ramas gemelas. Por una razón meramente cronológica, concedo que la poesía hubiera nacido primero, pero fue ésta sin lugar a duda la que, años después, me llevó hacia la edición como una consecuencia natural. Evidentemente aquello no fue así de simple como lo digo ahora, pero por entonces habré subsanado mi carencia en el oficio editorial con dedicación, práctica y estudio de las artes gráficas… Creo además que hay en la poesía un espíritu de libertad y de gozo, que ha sido fundamental para mí a la hora de imaginar el libro como objeto. Eso se lo debo a la poesía indudablemente; le debo también la sensibilidad, eso indefinible que llaman “el gusto” y a lo mejor hasta un grado de audacia necesaria a la hora de tomar decisiones que determinan la apariencia del libro.

El amor y la muerte han sido temas constantes en sus obras, ¿por qué?

—No lo sé con precisión, y creo que ningún escritor lo sabe honestamente. Diría que son los temas los que se imponen a uno, porque, definitivamente, tienen que ver con la verdad (y la realidad) de cada creador. No sé si matizar, tal vez, esta afirmación diciendo que uno puede elegir, en todo caso, la forma, el lente apropiado para hacer el acercamiento. Dice, a propósito, Annie Ernaux, en una novela escrita a partir de fotos, digamos, postcoitales: “No espero que la vida me aporte temas, sino estructuras desconocidas de escritura”. Esto quiere decir que cada autor, a partir de sus temas propios, tiene la obligación de encontrar la mejor forma de traducirlos y mostrarlos a sus lectores.

¿Nos podría platicar un poco de estas pulsiones creativas?

—Yo diría que más que pulsiones creativas, ambos –amor y muerte– son pulsiones vitales llevadas, si tú quieres, a la creación. Pero como bien dices, ante todo, son temas, temas universales, intemporales, tal vez los más socorridos sin duda en la literatura –en la poesía– y en el arte en general, porque son inherentes a la condición humana: constituyen, inevitablemente, el pasado, el presente y el porvenir del cuerpo de todas las personas. Son, creo yo, por lo mismo, los dos temas fundamentales, esenciales, de la historia de la cultura humana. Y en todo caso, como decíamos anteriormente, lo que me parece significativo es cómo cada autor convive con ese eros y ese tanatos personales, y cómo los transforma, luego, a través de una obra artística cualquiera, en un diálogo con los otros, con su lector o sus espectadores.

Por lo demás, tienes razón, he intentado acercarme a estos temas, a través sobre todo del desamor y de la conciencia del tiempo, de su transcurrir en nosotros. El amor pocas veces tiene historia –y si la tiene es, por lo general, bastante aburrida–; nos interesan las historias de amor porque encierran siempre un componente trágico, de destrucción, que es el fin del amor de la pareja, el duelo inevitable de ambos, el final del placer, y entre todo eso, casi siempre, la sobrevivencia del deseo en uno o en los dos miembros de la pareja, es decir, el sufrimiento concomitante, porque nada es tan doloroso como perder placer, ya lo decía Cernuda: “perder placer es triste”.

El tiempo, por otra parte, lo trabaja todo, nos trabaja a cada instante de nuestra vida; es, de algún modo, digamos, el vehículo, el mensajero de la muerte: nos consume mientras amamos, nos ahoga y ahoga la pasión en la que ardemos, nos mata envejeciendo, enfermando. Su mal, en definitiva, no tiene cura. De eso he querido hablar, ciertamente, en lo que escribo, pero no con un propósito intelectual, sí, de exploración de la experiencia, del cuerpo mismo. Hasta de sanación. He sido en esto, si es posible, mi propio conejillo de indias… Creo que todo poeta lo es en realidad. 

¿Qué experiencia nos puede contar que le haya sucedido durante la escritura de un poema?

—No tengo respuesta para eso. Pero tampoco quisiera decepcionar a nadie diciendo que nunca he tenido ninguna experiencia de tipo paranormal o algo así mientras escribo. Me habría gustado, tal vez, componer un libro en un arranque de inspiración onírica, como dicen que le ocurrió a Coleridge con su Kubla Khan, o haber sentido la presencia de otras realidades en esos momentos, pero no… A lo sumo, puedo mencionar que he soñado algunos versos incipientes –nunca poemas completos–, que luego me han servido como pie para poemas posteriores. Y nada más…

¿Qué piensa de la brevedad en poesía? ¿Cree que se puede llegar a una mejor impresión poética si se es conciso en las imágenes, tal y como lo hacen los grandes maestros del haikú?

—Eso que mencionas es todo un tema actual (iba a decir reflexión, pero no tiene ese rango), sobre todo porque pareciera, según algunos, que la poesía breve llegó momentáneamente a su conclusión. Lo cual no necesariamente es verdad. Ahora, en apariencia, al contrario de lo que ocurría en el pasado reciente, vemos publicados poemas de una extensión mayor, en comparación con el tipo de poesía que se escribía hace apenas un par de décadas o hace sólo diez años, por ejemplo. Me parece, sin embargo, que el tema de la extensión es poco relevante en realidad, porque la poesía no requiere necesariamente de formatos especiales: la obra de Basho o de Buson no es menor, en virtud de su extensión, que la Ilíada o el Primero sueño de Sor Juana. Los pequeños grandes poemas de Tablada son una suerte de relámpagos instantáneos: la contundencia que logra en unas cuantas líneas –que son realidad apenas unas cuantas palabras– es muy superior a sus poemas de mayor calado –pienso sobre todo en algunos de los poemas incluidos en La feria, su último poemario.

¿Qué se necesita para ser poeta?

Diría que se trata, ante todo, de una aptitud innata, natural, un componente de fábrica, según Stephen King, que no se obtiene, sino sólo se mejora. En otras palabras, el poeta, en efecto, nace y también se hace: se construye a sí mismo a través de un trabajo intenso, de lecturas y más lecturas, y por supuesto de experiencia en el trabajo con la palabra y en la vida misma. Pero nada de esto funciona si la aptitud no está ya integrada en el ensamblado original. Podemos observar, por ejemplo, como mucha gente erudita, que nació sin ese dichoso componente de fábrica, se esfuerza con todo su empeño por crear durante su vida al menos un poema digno de ese nombre, pero lo que obtiene, en el mejor de los casos, son textos pulcros, bien escritos, pero sin emoción alguna, que es, dicho sea de paso, la piedra angular (y la condición indispensable) de la poesía de todos los tiempos.

En su obra poética los mitos tienen otra interpretación simbólica y cobran gran relevancia, ¿considera que este uso mitológico en poesía es necesario para estos tiempos en que la sociedad está olvidando algunos valores y prácticas fundamentales en el día a día, tales como la reflexión y el asombro?

—Bueno, creo que toda la cultura de Occidente –su andamiaje intelectual–, está conformada por mitos de distintas procedencias, aunque sin lugar a duda los más visibles –porque le dan sustento– son aquellos de origen grecolatino y otros que nos han llegado de la tradición judeocristiana. Estamos, pues, condenados de alguna forma a los mitos que hemos heredado, a interpretar la realidad –nuestra realidad interior y externa– a partir de esas historias que seguimos repitiendo, a veces sin saberlo, en nuestros actos más nimios y cotidianos… Fíjate que esto es algo bien interesante porque, gracias a los mitos, a su persistencia cultural, nuestra acciones diarias adquieren dimensiones épicas y hasta teológicas. En el mito laten, sin lugar a duda, nuestras pasiones, nuestras tragedias, nuestra alegría vital. Y en eso, justamente, se parece a la poesía o, mejor dicho, en ningún lugar como en la poesía, se alojan los mitos tan de manera natural. En el poema cualquier hombre de este siglo, en su personal abatimiento, vuelve a cargar con las fatigas de Sísifo, libra sus batallas igual que el propio Aquiles o duda y cae vencido por la adversidad, como el glorioso Héctor.

 ¿Qué consejos les daría a los jóvenes que quieran iniciarse en el quehacer literario y también en el trabajo editorial?

—Tal vez no soy yo el más indicado para dar consejos a nadie, pero tal vez sí creo tener algunas certezas, derivadas de la experiencia y de lo que he visto a lo largo de los años. Sabemos que no es fácil ganarse la vida escribiendo poemas –sé de contados casos que lo han logrado, pero en términos generales, todos los que buscamos escribir poesía, buscamos también, necesariamente, algo de qué vivir. Yo lo encontré, por fortuna, en el oficio editorial: me permitió pagar la renta durante muchos años y poder enviar a mis hijas a la escuela.

Sin embargo, ocurre frecuentemente que muchos jóvenes –no todos por supuesto– ven el trabajo editorial como un mero trámite para cumplimentar sus requisitos de titulación, y hasta ahí: nunca más vuelven a hacer trabajos de corrección y menos de preparación y diseño de originales. En el otro extremo están aquellos jóvenes talentosos que escriben –y no sólo poesía–, que han encontrado una veta importante de interés y sobrevivencia en la edición de libros, pero que, con el paso del tiempo, terminan abandonando su trabajo de creación, porque siempre será más demandante y urgente el trabajo editorial que conoce de prórrogas y tiempos de descanso.

Pareciera, pues, que lo importante sería, en todo caso, tomar muy en serio el trabajo de la edición, pero también no dejar nunca de insistir en la escritura personal, no cejar nunca en ello, por más que nos agobie la demanda, nunca satisfecha, de los autores a los que nos debemos como artífices de sus libros.

Finalmente, ¿qué poema de tipo amoroso nos podría recomendar para que nuestros lectores se acerquen más a la poesía?

—Sin ningún afán de parafrasearlos (líbreme, Dios de ello) o transcribirlos aquí, pienso sobre todo en dos grandes momentos que tuvo la poesía amorosa del siglo XX con dos grandes poemas de amor: “Asfódelo”, de William Carlos Williams, y “Piedra de sol”, de Octavio Paz. Ambos son poemas largos que desarrollan distintos aspectos y matices del amor, uno visto desde la serenidad de los años y la edad, y el otro, un poema donde el amor atraviesa transversalmente la experiencia literaria y de vida del autor de La llama doble. Ambos sin duda son poemas, digamos, epifánicos, que nos muestran la dimensión del amor en toda su magnitud.

Gracias, estimado Félix Suárez, por su tiempo y por habernos compartido detalles de su proceso creativo. Comparto la lectura del poema “Vigía” que el poeta Félix Suárez grabó para este distinguido medio.

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