En los últimos tiempos hemos descubierto al Felipe González más ultraliberal, al Felipe González más patriótico y nacionalista, al Felipe González más conservador y antisanchista, en definitiva. Cada minuto que pasa parece hablar alguien más y más alejado de aquel referente del centro-izquierda que fue y cualquier día lo vemos romper el carné del PSOE y solicitar el ingreso en el PP casadista. En las últimas horas Isidoro ha vuelto a lanzar una de sus hirientes puyas contra el Ejecutivo de coalición al asegurar que el decreto del estado de alarma recientemente aprobado “no es delegable” en las comunidades autónomas y al alertar sobre una “crisis de cogobernanza del estado descentralizado”. Faltaba el Felipe González más antiautonomista y antifederalizante y ya lo tenemos aquí.

En su intervención en el foro económico organizado por el diario Expansión, Glez. no solo avisa sobre la “crisis de gobernanza en el estado descentralizado”, sino que critica a las autonomías por la carrera abierta durante la desescalada por “ver quién llegaba antes a un desconfinamiento”. “Hemos metido la pata inimaginablemente”, sentencia, e incluso su prosa se vuelve un tanto casposa y cipotuda al exigir que cada Ejecutivo regional “no haga de su capa un sayo”. La influencia retro y barroca del lenguaje voxista lo invade todo en la política española.

“Analizo el decreto de alarma y se delega la facultad de ejecutar lo decidido, con una amplitud de interpretaciones, a los presidentes autonómicos. No es delegable, por decreto, la competencia del estado de alarma”, sentencia el exlíder socialista. La diatriba va abiertamente dirigida contra la filosofía de Pedro Sánchez consistente en que las comunidades y regiones de España asuman sus responsabilidades sanitarias en la pandemia, ya que a fin de cuentas tienen transferidas las competencias en la materia desde hace años. Es decir, Sánchez no hace sino cumplir con lo que ha sido este país en su historia más reciente, así como aplicar la Constitución y respetar los diferentes estatutos de autonomía en cumplimiento de un estado descentralizado como es el nuestro. Además, el González más ultraliberal queda al descubierto cuando dice que “tampoco ve necesario un confinamiento” que perjudicaría la economía nacional −demostrando una vez más lo cerca que está ideológicamente de la patronal de Garamendi− y cuando rechaza subir los impuestos a los ricos y a las grandes empresas. Ya se sabe que el patriarca exsocialista siempre fue un blando con el gran capital y con los señores de las Torres KIO.  

Pero sobre todo llama la atención esa alergia de Isidoro al autonomismo, que ha sido una historia de éxito desde 1978. Pocos son los líderes y barones autonómicos que no han apoyado el decreto de estado de alarma, salvo Isabel Díaz Ayuso, aunque esa mujer vive en su mundo de Alicia en el país de las maravillas y es una rara avis “trumpista” a la que conviene no hacer demasiado caso. IDA va a su aire, verso suelto, a su bola, pero no es ningún referente de lo que opinan los demás líderes territoriales del país, incluidos los de su propio partido. Tanto el lehendakari Urkullu como el presidente de la Generalitat catalana −que ya no sabemos quién es porque aquello es poco menos que tierra de anarquía y el bastón de mando va pasando de unos a otros cada cuarto de hora− se han puesto al frente a la hora de reclamar el estado de alarma y se muestran encantados con un apetitoso juguetito que da mucho poder, casi tanto como en un Estado federal. A su vez, las demás regiones, siguiendo la estela de las gobernadas por los nacionalistas, se han situado de inmediato a la cola para reclamar la medida excepcional en una nueva reedición de aquel viejo “café para todos” de la Transición y con independencia de si en un territorio hay más virus o menos.

Quiere decirse que el Estado español está muy lejos de ser un Estado fallido, como se empeña en demostrar Pablo Casado cada vez que va a Bruselas a torpedear las ayudas a la reconstrucción, y si algo está funcionando ahora es la coordinación interterritorial, por mucho que González pretenda retroceder 40 años hacia el modelo unitario. Sin duda, su ácida y demoledora crítica contra el ‘decreto Sánchez’ habrá sido muy bien acogida en las filas de Vox, ya que Santiago Abascal (fiel admirador de aquella España una, grande y libre) sueña con demoler toda la arquitectura autonómica trabajosamente construida a lo largo de cuatro décadas. Abascal es como aquellos conspiradores veinteañistas de la logia del Taller Sublime que a comienzos del XIX gritaban “Constitución o muerte” a todas horas mientras aceptaban sin rechistar a Fernando VII, el rey absoluto y principal obstáculo a las reformas constitucionales del país. Contradicción española en estado puro, la misma en la que parece haber caído González, que empezó siendo muy federalizante, republicano y plurinacional en la clandestinidad y ahora parece querer volver a las esencias y bondades del Estado único y centralista. 

De modo que la nueva inspiración divina de González, su nueva aportación a la historia como faro, guía y lumbrera de la patria en los tiempos de la posverdad, es que la solución a los males del país pasa por una vuelta a la España no ya del franquismo, sino a la de los tiempos de la Restauración borbónica del XIX, ahora que Casado impone tendencia política como el nuevo Cánovas del Castillo. Pese a que Felipe asegura que se muestra partidario del Estado autonómico, entra en abierta contradicción, ya que un auténtico federalista no puede defender las autonomías y al mismo tiempo negar la validez de un decreto de estado de alarma que permite a los diferentes territorios (quienes mejor conocen la situación de sus municipios y ciudades) autogestionar su propia plaga y su propia pesadilla epidémica. Felipe se vuelve a confundir al no entender que las autonomías también son Estado y que a mayor descentralización mayor capacidad de gestión.

El problema es que, lamentablemente, el estado de alarma llega tarde tras meses de discusiones bizantinas, políticas y judiciales, sobre la libertad y los derechos humanos amenazados por las restricciones sanitarias. La medida de Sánchez no servirá de nada porque el virus está tan extendido ya que amenaza con convertirse en una enfermedad endémica, crónica, como la gripe o el sarampión. Solo el confinamiento estricto y severo de la población evitará el desmadre de los botellones, el pinchoteo en bares y terrazas y demás saraos como la cena/fiesta organizada por Pedro Jota en la que algunos políticos españoles se quitaron la mascarilla en un indignante estriptis ético y moral que ha soliviantado los ánimos de millones de españoles.

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