El poder cambia a las personas y a las formaciones políticas. Es un fenómeno que comprobamos sobre todo en aquellos políticos que se presentan ante la ciudadanía como progresistas pero que, una vez alcanzadas responsabilidades de poder, se alejan del pueblo irremisiblemente para convertirse en los defensores de las distintas clases dominantes.

Precisamente por esta razón, por esa incoherencia ideológica, ha devenido la grave crisis de la socialdemocracia europea porque los ciudadanos y ciudadanas han visto cómo unos partidos que teóricamente están obligados a defender los intereses y solucionar los problemas reales de las clases subalternas, finalmente decidieron abandonar sus programas máximos para entregarse a los poderosos con la excusa vil de la «razón de Estado».

Uno de los nombres que mejor representa la deslealtad de los teóricamente socialistas o socialdemócratas con el pueblo es el de Felipe González quien, en la actualidad, está absolutamente desatado en contra de los principios con los que se presentó ante la ciudadanía tras la muerte de Franco, esos principios que hicieron pensar a los españoles y españolas de la Transición que González era el hombre para modernizar al país y llevarlo hacia una democracia en la que los derechos y libertades reconocidos en la Constitución fuesen el muro de contención que frenara las ambiciones supremacistas de las dictaduras privadas del capital.

A día de hoy, Felipe González no se diferencia en prácticamente nada de José María Aznar. Y eso da pena, sobre todo porque ahora hay un gobierno progresista, liderado por el secretario general del Partido Socialista Obrero Español, que tiene un programa muy cercano al que el propio González presentó en las elecciones de 1979 y de 1982. La peor oposición que está sufriendo Pedro Sánchez, además de la asilvestrada de las derechas y los ultras, es la de Felipe González, la de algunos dirigentes autonómicos (manejados por antiguos mandatarios) y el resto de antiguos gerifaltes socialistas que aún creen que controlan tanto al partido como a la ciudadanía.

Hay dos asuntos en los que González está poniendo mucho énfasis en su labor de desprestigio del gobierno legítimo de coalición progresista. El primero es el conflicto político en Cataluña, en el que González se ha posicionado en el mismo lugar que Albert Rivera, Pablo Casado, José María Aznar o Santiago Abascal, ponderando por encima de todo el concepto de la unidad de España a pesar de que en los congresos socialistas previos a su llegada al gobierno defendiera la plurinacionalidad y el respeto a la personalidad propia de los distintos pueblos de España.

Por otro lado, tenemos el tema de Venezuela, un asunto que sólo sirve a las derechas para crear una cortina de humo que oculte las consecuencias del daño que a la ciudadanía han provocado las políticas que implementaron cuando ocuparon el gobierno. ¿Por qué Felipe González se posiciona en el mismo lado que Casado, Rivera, Álvarez de Toledo, Arrimadas, Ortega Smith o Abascal? Es sencillo, Felipe está pasando facturas del pasado porque él tuvo una conexión con Venezuela muy fuerte a través de Carlos Andrés Pérez (posiblemente agente de la CIA), quien facilitó fondos, muchos miles de dólares, a los socialistas españoles que ayudaron a que Felipe fuera elegido secretario general en Suresnes.

Por otro lado, González entregó una fortuna —que debiera haber pasado a manos del pueblo español— a los hermanos Cisneros, dado que, si Rumasa fue intervenida por deudas con Hacienda y la Seguridad Social, ese patrimonio debiera haber pasado a manos del Estado y no de los amigos de Felipe.

Sin embargo, el odio de Felipe González por el socialismo bolivariano viene por otros motivos, principalmente cuando fue declarado persona non grata en Venezuela por Hugo Chávez. El hecho es que el ex presidente español se reunió con el venezolano para intermediar en favor de Carlos Slim para que el magnate mexicano se hiciera, a través de Telmex, con la empresa de telefonía venezolana CANTV, entonces propiedad de varias multinacionales entre las que se encontraba Telefónica. Chávez se negó y le reprochó a González su actitud de lobista. Meses más tarde, el presidente venezolano nacionalizó dicha empresa.

De ahí viene todo el rencor de Felipe González a Venezuela y a Podemos. No se trata de discrepancias ideológicas, que son absolutamente legítimas, sino que hay un trasfondo que encierra los intereses empresariales de un ex presidente que llegó a la Moncloa defendiendo el socialismo y que, tras pasar por el ciclo evolutivo de la socialdemocracia, ahora es un verdadero defensor de los postulados del neoliberalismo, es decir, de las élites y las dictaduras privadas a las que ahora representa…, ¿ahora?

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