Madrugada tenía que ser, muy cerca de Granada, donde la Capilla Real mira asombrada a la Alhambra. Junto a un olivo, entre Viznar y Alfacar, aguardó a la muerte vestida de vendetta e ignorancia. Nada hizo salvo escribir como un ángel, casi como un dios, amar distinto y creerse libre donde soplaban barberos y no céfiros. Fue fiel a Fernando, el de Los Ríos, el humanista y socialista al que mucho enojó la certeza interrogada por Vladimir: ¿Libertad, para qué? A Federico le querían de felón y a Fernando de ajusticiado. Mas el segundo murió en Nueva York y el poeta muy temprano.

            Ningún mal hizo el poeta ni muchos como él salvo querer soñar en tierra de saurios. Fue él, y no el niño, quien esta vez miró a la luna por última vez. No eran las cinco de la tarde sino cualquier maldito instante de la aurora, donde se esconden los milanos antes de que alboree la mañana, de luz sin sombras.

            Notario fue el olivo de su sangre derramada y la tierra granaína mortaja improvisada. Sangre azabache a la luz de su luna y ojos quietos, blanquecinos y asombrados por tanta ira y por tanto cielo. Mataron su cuerpo mas no su pluma ni sus alas.  Hay que ser mala sangre para callar a un ruiseñor de prosa epistolar y trova pura.

            Me jugaría mi hacienda, que es escasa pero casta, a que sacaron de paseo el armazón de Federico, para ahuyentar a la gloria, para esconderlo muy lejos, o muy cerca; quién sabe. Que los sayones, viles pero no necios, no querían peregrinos por donde el olivo centenario y la noche delatora.

            Pueril intención aquella pues si el prado no admite cercas, ¿cómo alguien pudo imaginar el olvido del juglar de juglares? Sellaron sus labios pero no su verbo; aquietaron sus manos pero no su espíritu, que camina risueño y liberado de aquel cuerpo frío como la forja de belcebú.

            Balas apostólicas mataron la carne y negaron responso a un hijo del mismo Dios por unos invocado y por todos abjurado. Desafueros aquestos, desafueros esotros, dispares coartadas y similar saña. Hoy toca Federico; mañana, tal vez, les hable del beato Bernardo.

            Clama el silencio por ser profanado para que, de una bendita vez,  descanse la rosa sobre el sepulcro tallado. Que la sombra del olivo, de romero perfumada, custodie su certeza tantos siglos secuestrada. Y el viento, leal y deslenguado, limpie su renombre de hojarascas y recelos.

            Aquí descansa, por fin, el poeta de Andalucía, de jazmines y de nardos, de mansedumbre y llaneza.  Sí. Andalucía de jinetes y olivares, de cantes hondos y pesares vacíos. Aquí yace, definitivamente, el poeta de agua sin cauce y talento ciclópeo al que enmudecer no pudieron ni las postas ni el olvido.

            ¡Ay!, Federico. Ya termino. Miro por el portillo y me achica la luna; tan grande, tan plata, tan acendrada. Y pienso, mientras la miro, que tú  la ves también desde algún lugar, desde algún edén donde escribes lo que te robaron.

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1 Comentario

  1. El castellano volvió a alcanzar, después de los autores del Siglo de Oro, el Olimpo de los literatos y el genio de Federico cómo estrella refulgente de la Era de Plata. Su Eternidad continuará señalando al acendrado odio cainita de España.

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