En algunos medios de información leíamos en estos días una de esas noticias que uno no sabe si son extraídas de la realidad o pertenecen al género de la ficción. O si se trata de una historia propia de alguna de las cuarenta y tres monarquías que aún habitan en este mundo de desigualdades. Pero no era una historia de reyes ni de reinas ni de príncipes ni princesas. Era un capítulo de la fastuosa vida de un jugador de fútbol que había comprado un lujoso departamento en la ciudad de Nueva York. La noticia estaba ilustrada con la foto de Leonel Messi y su esposa. Seguramente que la noticia debe haber generado un abanico de interpretaciones, pero nos parece que se trata de una fastuosidad que ofende y humilla a millones de personas que no tienen un techo donde vivir ni una cama donde dormir ni una mesa donde comer ni siquiera qué comer. En suma, una exaltación a la riqueza de una minoría mientras el hambre y la miseria envuelven a una mayoría de hombres, mujeres y niños. La crítica no va dirigida a Messi sino a quienes lo usan para convencer a la gente de que no hay mayor conquista para un ser humano que la de vivir envuelto en la fastuosidad que permite el oro. Triunfador se le dice a quien tiene los bolsillos llenos de dinero aunque ande por la vida con la cabeza vacía de ideas.

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