La sociedad global se adentra en las familias, engendra desasosiego, confusión, sorpresa, placer, alegría, aflicción y odio. Vivimos en un mundo en el que es frecuente que las personas queridas se hallen lejos y que nos sintamos alejados de los que viven a nuestro alrededor.

Las familias globales resuelven en su interior las contradicciones del mundo. No todas las familias resuelven todas las contradicciones, pero todas resuelven una parte de ellas. Experimentan las contradicciones que resultan del encuentro entre naciones o entre mayorías y minorías y las desigualdades globales. Tras las puertas de la privacidad y la familia, destinadas a aislar el hogar de la confusión del mundo, conviven mundos separados: el de los pobres y el de la clase media.

Nuestro cuñado se acaba de casar con una rusa, hemos contratado a una mujer dominicana para cuidar al abuelo, nuestra sobrina lleva un tiempo saliendo con un ingeniero de Nigeria. Y ese país, ¿dónde está exactamente? ¿Qué hace él aquí? ¿De verdad la quiere o la utiliza como billete de entrada al Primer Mundo? Son preguntas recurrentes.

¿Cómo diferenciar las familias globales, las familias a distancia o familias mundiales de las familias nacionales, familias cercanas o locales? ¿Cómo entender el paisaje globalizado de la intimidad, el amor, la paternidad, el divorcio, etc.?¿Cómo permanecen juntas, negocian, conviven en el seno de una familia personas entre las que median mundos?

Al hablar de familias globales no hablo de ciudadanos del mundo, de la clase de ciudadanos que han disfrutado de una educación superior y poseen conocimientos sobre la literatura china, la cultura culinaria francesa o el arte africano. Al contrario, muchos de los miembros de las familias globales no están ni interesados en el mundo ni abiertos a él, no se mueven como pez en el agua en escenarios internacionales, ni hablan fluidamente varios idiomas; menos aún despiden el aroma del gran mundo. Muchos no han abandonado nunca su pueblo o localidad, son provincianos y temen a los extraños o desconfían de ellos. 

Debemos observar, por otro lado,  que muchos forman parte de familias globales más o menos involuntariamente, por la presión que ejercen factores externos, no por entusiasmo y decisión libre. Con todo, y por más o menos voluntaria que sea su fundación, las familias globales, todas, tienen algo en común, un rasgo que inquieta y desconcierta: no encajan en lo que hasta ahora hemos considerado como rasgos definitorios de la familia, con lo que nos hemos acostumbrado a tomar por su naturaleza inmutable, siempre y en todas partes. Cuestionan algunos de nuestros supuestos fundamentales sobre la familia, lo que, en relación con ella, tomamos por natural y obvio.

¿Es posible que aquello en lo que fracasa el gran mundo, a saber, el arte de compartir la vida aceptando y superando las fronteras, se logre ocasionalmente en las nuevas formas de amor y familia?

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