viernes, 25junio, 2021
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Facherío

Jesús Ausín
Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentista y un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Si me equivoco rectifico. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.
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¿Cómo era posible que una receta tan bien aplicada hubiera acabado en una amalgama salada y maloliente?

El bacalao, de primera calidad. Los ajos, los tomates, el aceite de oliva virgen extra,… todo elegido con esmero para no fracasar.

Repasó los pasos por si se le había olvidado algo. Primero, sofrió los ajos enteros hasta que estuvieron bien doraditos, sin que se quemaran. Los sacó y reservó. A continuación pasó los lomos de bacalao por harina y los metió en el aceite bien caliente. Vuelta y vuelta para blanquearlo. Sacó los lomos y los reservó. Quitó la mayor parte del aceite y rehogó la cebolla con el pimiento verde. A fuego lento, suavemente. Cuando la cebolla se doró y el pimiento verde era casi transparente añadió la carne del pimiento choricero y el pimentón. Lo rehogó y añadió el tomate y un chorro de chacolí comprado para la ocasión. Volvió a bajar el fuego y removiendo de vez en cuando esperó hasta que la salsa espesó y cogió consistencia. Allí añadió los trozos de bacalao, los ajos confitados, movió la cazuela en círculos suavemente hasta que la salsa cubrió por completo el pescado y este soltó la gelatina y apagó el fuego y lo dejó que se acabara de hacer con el calor de la cazuela.

Todo estaba en orden.

Ahora repasó los pasos previos. El bacalao lo había comprado en un sitio nuevo porque el dueño de la tienda de ultramarinos en la que sus padres habían comprado durante cuarenta años, les metía Maruca en lugar de bacalao y el punto de curación y de salado no era el adecuado. Demasiada humedad y demasiado tufo a pescado pasado de fecha. El nuevo tendero, era hijo del anterior pero se había mudado a un local nuevo y la gente estaba contenta con él. Todo parecía de primera calidad. Aunque, haciendo memoria, a la hora de desalarlo, los lomos tenían excesiva humedad y demasiada sal externa. Como tenía invitados y quería quedar bien, compró cuatro lomos de bacalao sin espinas. Una cantidad excesiva para desalarlo en el frigorífico. Y ahora que repasaba, tampoco el balde elegido parecía ser el correcto. Mucho bacalao y poca agua. Así que lo dejó en remojo cuarenta y ocho horas en un barreño de plástico encima de la encimera, en una cocina en la que da el sol desde media mañana, hasta el ocaso. Lo cambió cuatro veces el agua. Eso también era correcto.

¿Era posible que el bacalao estuviera salado por eso? Cuando lo probó recién hecho no le dio esa sensación. Al menos no la de estar como en salmuera.

Ahora repasó lo sucedido una vez que el bacalao estaba hecho y en su punto. A última hora, los invitados le comunicaron que el coche se les había averiado y que no podían llegar a la comida. Que mejor lo dejaban para el día siguiente. Así que el bacalao cocinado, estuvo encima de la encimera, de nuevo, hasta el día siguiente. Pero tampoco ese día pudieron venir porque la avería era peor de lo que en un principio pensaban. En ese momento metió el guiso en la nevera. Y allí estuvo otros dos días hasta que decidió congelarlo.

Llegado el momento, lo sacó del congelador, dejó que se descongelara y lo probó. Salado como la salmuera. Entonces decidió ponerlo de nuevo al fuego (muy bajo) y añadirle cuatro patatas grandecitas, peladas y enteras. Para que absorbieran la sal. Ahí fue cuando le llamó la vecina. Y se le fue el santo al cielo. Cuando volvió a la cocina, apagó el fuego y probó la salsa. Parecía que estaba menos salado. Pero en cuanto tocó una de las patatas, esta se hizo harina en un santiamén. Después, la otra y así todas. Entonces quiso sacar los lomos. Pero también se deshicieron en cuanto el cucharón se introdujo por debajo. Ahora es cuando tenía un conglomerado de puré de patata y bacalao, salado y pasado. Y si lo acercabas a la nariz de con un tufillo maloliente.

Llamó a su hermana, chef en un restaurante con una estrella Michelín y le pidió consejo. Quería saber si con el mejunje se podrían hacer buñuelos de bacalao. Su hermana le dijo que tirara el guiso a la basura que es lo que debería haber hecho en el momento que el pescado estuvo tres días sin congelar. El bacalao, le dijo, hay que desalarlo siempre en frío y en un recipiente adecuado. Si intentas conservar un guiso ya pasado de sal, cada vez estará más salado. Si le metes patatas, conseguirás además un engrudo salado.

 


 

Facherío

 

No dejan de sorprenderme esos periodistas que parecen llevarse las manos a la cabeza cuando recuerdan que en los años ochenta Tip y Coll bromeaban alegremente con la muerte de Carrero con aquello de “de todos mis ascensos, el último fue el más rápido”. Les parece mentira que entonces se pudiera y ahora no. Como ya conté en otro artículo, entonces en la televisión un periodista libre como lo era Carlos Tena, podía invitar a su programa artistas poco convencionales como Las Vulpes que cantaban las cosas reales de su mundo bilbaino. “Me gusta ser una zorra” (1983) fue todo un icono de libertad en los primeros años ochenta. Bien es verdad que le costó el programa a Carlos Tena por el insistente acoso del diario sensacionalista y amarillo ABC que en su edición sevillana no cesó en el intento hasta conseguirlo. Pero entonces, en los primeros años ochenta, se podía cocinar un cristo al horno sin que el suceso fuera advertido por los siempre veladores de la moral ajena que acaban contratando “volquetes de putas, o se podía ver en La Bola de Cristal (un programa para niños) a una irreverente niña, Alaska, pintada a lo Morticia en salto de cama, sin que los guardianes de las buenas costumbres fueran capaces de evitarlo. Igual que se podía ir desnudo en la playa o los primeros “actores” de la movida madrileña, McNamara y Almodóvar podían hacer bromas en un escenario sobre la trata de blancas o el tráfico de drogas y blanquear el consumo de drogas en el “Suck it to me”, pintados hasta las cejas sin que ningún censor acabara yendo a comisaría a presentar una denuncia. (¡Dónde han quedado ahora las Alaskas y los McNamaras de entonces! Ahora son de misa diaria y votantes del PP).

Que todo no era idílico entonces en la libertad de actuación y de expresión es cierto. Siempre estaban las señoras mayores que se quejaban de la indecencia en los corros con sus amigas, y siempre estaban los señores del sol y sombra que en los bares decían aquello de que eso no era libertad, sino libertinaje. Pero a ninguno se le ocurría acudir al juzgado a poner una denuncia por delito contra los sentimientos religiosos. Ni siquiera al cura de mi pueblo cuando paró el coche en el camino de la iglesia para increparnos y llamarnos de todo porque estábamos “picando” leña para la peña cuando la gente se dirigía a misa.

En este guiso democrático español, los productos nunca fueron de primera calidad y conforme hemos ido avanzando, el guiso se ha convertido en un potaje farragoso, en un brebaje maloliente.

¿Por qué entonces se podían hacer ese tipo de cosas y ahora no? Por la misma razón que entonces, en el año 77, los trabajadores de correos, a pesar de ser militarizados, en una huelga salvaje que comenzó con la excusa del traslado de un sindicalista a un “puesto de castigo” en Madrid y acabó siendo de carácter nacional, consiguieron una subida del salario cercana al 300% en muy pocos años. Por la unión y la fuerza de todos en un objetivo común. Por la misma razón que cuando asesinaron a los abogados de atocha, cerca de un millón de madrileños salieron a la calle. Por conciencia de clase. Por unión y por el bien común. Entonces éramos de izquierdas o de derechas. Entonces eras u obrero o empresario. Pero nos compraron con el bienestar y la clase media. Con las milongas de llamar emprendedor a quién por no poder trabajar en otra cosa, por no tener que aguantar a ningún jefe o por el placer de tener negocio propio y quedarse con todos los beneficios de su trabajo, acaban montado su empresa. Entonces, los autónomos trabajaban para ellos. Ahora la mayor parte de ellos, periodistas, abogados, aparejadores, arquitectos, porteadores de comida a domicilio o de venta por internet, todos, son autónomos que trabajan por cuenta ajena.

Empezaron con la turra de que la democracia la habían traído entre Juan Carlos I y Suarez, obviando a todos aquellos que desde dentro del sistema, trabajadores que formaron Comisiones Obreras, afiliados al clandestino PCE, daban batalla día a día desde finales de los sesenta jugándose la libertad, siendo conscientes de las torturas a las que serían sometidos si les cogían y pudiendo acabar muertos por apalizamiento o en un pelotón de fusilamiento tras un consejo de guerra.

Comenzamos asumiendo esos mantras capciosos, continuamos asumiendo como inevitable el mayor desastre nacional como fue el desmantelamiento por Felipe Gonzáles de todo el tejido industrial del estado para convertir nuestro país en un país de camareros esclavos, y finalizamos con que, la alcaldesa de Madrid, de un gobierno de los llamados del cambio, acaba denunciando a unos actores del títere por una obra que no ha visto, basándose en las habladurías de la prensa del movimiento, que les lleva a la cárcel, a pesar de que la obra no se parecía en nada a lo denunciado.

Una democracia en la que la televisión estatal tiene que pedir perdón por que unos chavales, concursantes de un programa musical, se cagan en la Falange, en la que una gran profesional como Rosa María Mateo, a la que hemos visto luchando contra la indecencia del PP en la Comisión de RTVE en el Congreso, acabe asumiendo por desconocimiento que, el canal joven de RTVE PlayZ había sido irreverente con la princesa Leonor, por un twit en el que al final del vídeo acaba saliendo el meme de Obama tirando un micrófono, que en el argot juvenil quiere decir “Bien hecho” y que los siempre errados salvadores de la moral patria confundieron, en su ignorancia, con un gesto de desprecio, una democracia en la que se le lincha a Dani Mateo (por el que no siento ninguna simpatía) por un Sketch en el que actúa, es decir es un actor, hasta el punto de que la cadena retire el vídeo de su web, no es una democracia sino el reino de la indecencia y del facherío.

Como decía el cómico inglés Ricky GervaisQue estés ofendido, no quiere decir que tengas razón”.

Es el momento de decir basta. Porque el facherío está desbocado y si no paramos aquí, pronto el que estará en la cárcel no solo será el político catalán acusado de rebelión por poner urnas, sino cualquiera, con acusaciones de tal calibre antidemocrático como cagarse en dios, haber mirado mal a tu vecino o llevar una sudadera amarilla.

“Hitler, acaba de invadir Polonia, pero yo no soy polaco”.

 

Salud, resistencia, república y más escuelas.

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