domingo, 1agosto, 2021
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Extraños en pelotas

Marta Campoamor
Escritora.
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análisis

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Solo quería ir a un rato a la piscina, divertirme con mis amigas, sumergirme en el vaso de agua tibia y nadar. Dejar en el agua los roces y los malos humores acumulados a lo largo de la semana y relajarme sin más. Sin embargo, una serie de fuerzas extrañas confabulaban para que las cosas no salieran como habíamos previsto.

La cola para entrar en la piscina era bastante larga. Hacía calor, pero tampoco tanto, teniendo en cuenta que el objetivo era tumbarnos cual focas marinas en el trozo de césped más mullido que lográsemos encontrar. Dejar que los rayos de sol subiesen poco a poco la temperatura. Lucir palmito. Pasear nuestros cuerpos serranos por la orilla dejándonos acariciar por las miradas libidinosas de los cientos de hombres interesantes que seguramente estarían esperando nuestra llegada. Parecíamos tres muñecas. Barbys playeras con nuestros vestiditos cortos, muy cortos y escote largo, muy largo. Sin duda escasos de tela. De eso se trata, ¿no? Vamos al gimnasio y ¡qué coño! estamos muy buenas.

El tipo de la puerta llamó la atención de mi amiga que extendió su brazo derecho con el móvil en la mano y le enseñó el código QR de las entradas. Marylin y yo nos entreteníamos envidiando la injusta perfección física de la chica que entraba justo delante de nosotras.

— ¡Habrá que verla dentro de unos años!, dijo Marylin, y giró la cara hacia el lugar donde estaba Cristina, que en ese momento discutía con el portero.

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Las cosas sucedieron así: Cristina se había equivocado en la fecha. No hubo forma de resolver el error. El tipo nos echó de allí de malas maneras. Fue imposible hacerle entrar en razón.

Nos metimos en el coche con nuestros cestos playeros y en cuanto se nos pasó el cabreo, trazamos un plan. Revisamos el aforo de todas las piscinas de Madrid hasta que milagrosamente una de ellas nos permitió realizar la compra. Cristina arrancó, encendió el gps y en tiempo record estábamos de nuevo haciendo cola. Fue sorprendentemente rápido y sencillo. Diría que nuestra suerte había cambiado después del desplante y teniendo en cuenta el censo de la capital y el espectacular día que nos regalaba el domingo.

Esperamos nuestro turno con ilusión. Estábamos eufóricas, deseando quitarnos la ropa y dispuestas a darlo todo bajo los rayos de un sol radiante y primoroso que esperaba para broncear a lametazos nuestros cuerpos inmaculados. Esta vez todo estaba en orden. Nos dirigimos al vestuario y una vez en biquini accedimos al recinto.

De pronto una voz en off sonó por megafonía.

— Recordamos a todos nuestros usuarios que hoy es el día del nudismo. Recordamos a todos nuestros usuarios que hoy es el día del nudismo.

Lo repitió dos veces, por si no nos hubiéramos dado cuenta ya, a la vista de la multitud de cuerpos desnudos que se cruzaron en nuestro camino cual pasarela de pieles calientes. Suerte que pasearse como Dios nos trajo al mundo no era obligatorio. Siempre he pensado que gano vestida, así que no hubo discusión al respecto. Buscamos un lugar confortable y tranquilo donde acomodar nuestras toallas y nos tumbamos al sol.

Reconozco que la situación era un poquito extravagante. También divertida. Decenas de hombres aireando sus genitales, que desfilaban por delante de nuestras toallas mostrándonos un catálogo infinito de tamaños, formas y colores. ¡Una variedad brutal! Curiosa la anatomía humana que no consigue moldear una huella dactilar, una retina o un pene igual a otro.

Se paseaban como si nada y cuando digo como si nada me refiero a que lucían orgullosos sus cuerpos obesos, peludos, celulíticos, escuálidos o más o menos deteriorados. Cada cual el suyo. Despreocupados y libres de complejos, ajenos a los juicios de algunas miradas y conscientes o inconscientes de sus grandes o pequeñas imperfecciones.

La mayoría eran hombres. Hombres en pelotas que aposentaban sus panderos sin contemplaciones, en el borde de la piscina, en los muretes o en la silla del bar. Charlaban animadamente alrededor de los vasos o entablaban conversación con la vecina de toalla sin importarles la exhibición de sus partes pudendas a un extraño.

El catálogo de apéndices que desfilaba continuamente frente a mis ojos, sin duda era hipnótico y me obligaba a resetear continuamente a riesgo de parecer una mirona. En ese momento entendí a todos los que alguna vez me habían hablado mirándote a las tetas. Yo tampoco podía dejar de hacerlo.

Cerré los ojos y me concentré en tomar el sol. Apenas habían pasado unos minutos, cuando una voz reclamó mi atención. Levanté la mirada y me encontré con el pene de aquel tipo frente a mí. A menos de medio metro de mi cara.  Parecía que deseaba entablar conversación.

Reconozco que hablar con un extraño en pelotas, me pareció surrealista.

— Hola, dije al pene, antes de mirar al tipo a la cara.

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