Expertos en el VI Congreso del Observatorio contra la Violencia de Género celebrado en el Senado.

“Nueve son los principales planetas que hay en el sistema solar. Uno de ellos es la Tierra…La tierra se halla revestida de una tenue película de materia denominada vida.  El hombre forma parte de esta envoltura tenue y viva” Carlo M Cipolla

A menudo se tiende a ver lo real casi exclusivamente en términos narrativos. Es obvio que hay zonas de la realidad, las relaciones de dominio, de opresión o de enfermedad por ejemplo, que no son meramente narrativas. La pandemia necesita narración científica, sin ella, sin la narración, aumenta la confusión.

La ciencia, la ascensión del racionalismo en occidente, dio comienzo con el descubrimiento de que las ideas abstractas e independientes de la situación generan historias especiales que rápidamente fueron llamadas pruebas o argumentos. La idea abstracta del conocimiento desempeñó un importante papel en la historia de la ciencia y filosofía occidentales y ha subsistido hasta hoy. Es a menudo incompleta en un importante aspecto: no revela si, y cómo, los humanos van a sacar provecho de ella.

¿De qué otra manera podemos proceder?, ¿de qué otra manera podemos adquirir conocimiento sobre el mundo y la posición de los humanos en él? Conseguir saber cosas es una empresa difícil y sólo unos pocos tienen tiempo y disposición para ello. Esta es la razón por la cual necesitamos grupos especiales de gente especialmente preparada; esta es la razón por la cual necesitamos expertos. Pero la cuestión es: ¿cómo deben proceder esos expertos?;  ¿cómo han de ser juzgados sus resultados?, y ¿quién tiene que decidir al respecto? Está cuestión ya fue discutida en la antigüedad. Había esencialmente dos respuestas, a saber: los expertos deben ser juzgados por superexpertos y  los expertos pueden ser juzgados por todos.

Los expertos, decía Platón, son muy buenos dentro de sus propios campos, pero carecen de un sentido de perspectiva y  desconocen cómo se hacen consistentes los resultados especiales. Los filósofos (de la línea correcta) sí tienen este conocimiento. Por tanto, debiera dárseles el poder de acomodar la sociedad de acuerdo con sus ideas. Aún hoy perdura parte de la respuesta de Platón.

La respuesta de Protágoras: según él, los ciudadanos de una democracia donde la información es fácilmente disponible, descubrirán pronto la fuerza y la debilidad de sus expertos. Como los miembros de un jurado, descubrirán que los expertos tienden a exagerar la importancia de su labor; que expertos diferentes tienen a menudo opiniones diferentes sobre el mismo asunto: que están relativamente bien informados en un pequeño campo, pero que son muy ignorantes fuera de él; que casi nunca admiten esta ignorancia y ni siquiera son conscientes de ella, pero la salvan mediante un lenguaje altisonante, engañando de este modo a sí mismos y a los demás. Es inútil esperar que el supercientífico (filósofo para Platón) esté libre de tales defectos: muy al contrario, al carecer de controles y contrapesos, pueden cultivarlos y hacerlos florecer del modo que deseen.

En las tres primeras líneas de la  “Ética Nicomaquea”  Aristóteles escribe: “Todo arte y toda investigación e, igualmente, toda acción y libre elección parecen tender a algún bien; por esto se ha manifestado, con razón, que el bien es aquello hacia lo que todas las cosas tienden”. ¿Igual también vale para los expertos?

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