En las últimas semanas se han publicado numerosos estudios y artículos científicos que relacionan la pandemia del COVID-19 con la pérdida de naturaleza y el cambio climático. Lo cierto es que la aparición de enfermedades infecciosas transmisibles al ser humano, según el último informe de WWF, guarda una estrecha relación con la destrucción de hábitats y ecosistemas, la pérdida de biodiversidad, el tráfico de especies, la intensificación agrícola-ganadera o los efectos amplificadores del cambio climático. En un contexto actual marcado por la crisis sanitaria derivada del coronavirus, la lucha por frenar el contagio del virus y salvar vidas humanas son prioridad. Mientras tanto, los ecologistas alertan sobre el estrecho vínculo existente entre la destrucción del planeta y la presente crisis global.

Desde el ecologismo social se advierte, en voz de Yayo Herrero, que “tenemos un problema civilizatorio por haber construido la organización material de las sociedades en contra de la naturaleza de la que formamos parte y en contra de los vínculos y las relaciones que sostienen la vida”. Al hilo de lo anteriormente citado, esta situación excepcional de confinamiento y parón podría tomarse como punto de inflexión sobre qué sociedad queremos construir en pos de una mejora del medioambiente y de cara a posibles pandemias futuras.

No obstante, los virus y las bacterias nos han acompañado siempre y no es algo exclusivo del COVID-19. El problema radica en la alteración o destrucción de los ecosistemas naturales, que facilitan la propagación de patógenos y el aumento del riesgo de transmisión al ser humano. Estas enfermedades originadas por patógenos procedentes de especies animales se conocen como zoonosis o enfermedades zoonóticas y, según WWF, el 70% de las enfermedades humanas tienen este origen zoonótico. A propósito, un grupo de investigadores del Instituto One Health, que estudian la relación entre salud humana, animal y ambiental, han contabilizado 142 patógenos de origen animal que provocan enfermedades en seres humanos, informaba El País.

Entre las principales causas que propician el afloramiento de estas enfermedades zoonóticas se encuentran la deforestación, el tráfico de especies, la intensificación agrícola y ganadera y el cambio climático en sí. Sobre la deforestación, Javier Ruiz Ramos, experto en teledetección ambiental, explica a Diario16 que “la alteración de los ecosistemas produce un acercamiento abrupto entre especies, que suele derivar en casos de transmisiones de enfermedades, siendo las zonas de transición o fronteras entre estos ecosistemas donde el riesgo es mayor”. Por ejemplo, en el caso de la Malaria, “la deforestación produce una alteración en los climas de las zonas amazónicas que a su vez influye en la presencia de una densidad mayor de mosquitos, por tanto, la propagación de la Malaria se ve exponencialmente incrementada”, concluye Ruiz. De igual forma, WWF advierte que la destrucción de bosques -donde existe unas gran diversidad- por “las talas, la minería, la construcción de infraestructuras y carreteras, y el aumento de la población, no solo provoca desaparición de especies sino también que las personas tengan un contacto más directo con especies de animales con las que nunca habían tenido contacto, y con ello a las enfermedades que puedan albergar”.

La desaparición de especies altera de manera notable las cadenas ecológicas y reduce el control natural establecido por la propia naturaleza. El último informe publicado por el Fondo Mundial para la Naturaleza señala que “las primeras especies que suelen desaparecer son aquellas que más contribuyen al control de la propagación de vectores, normalmente especies predadoras o especialistas que dejan sitio a otras más oportunistas”. Por otro lado, también avisan de que el comercio de animales salvajes y el consumo o contacto directo con restos de animales “expone a los seres humanos al contacto con virus y otros patógenos de los que ese animal puede ser un huésped”. Para más inri, el informe revela que este negocio ilegal, que trafica con más 100.000 ejemplares al año, “mueve entre 8.000 y 20.000 millones de euros al año, está llevando al borde de la extinción a cientos de especies animales y plantas, y es la segunda causa de pérdida de biodiversidad”.

Otro de los grandes factores que destacan en el impacto de la propagación de la zoonosis es la intensificación de la agricultura y la ganadería. El mismo informe destaca que, en la actualidad, “una tercera parte de la superficie terrestre del mundo y casi el 75% de los recursos de agua dulce se dedican a la producción agrícola o ganadera, con el impacto que supone para la conservación de los ecosistemas naturales”. En este sentido, la intensificación de ganadería y agricultura presenta otro de los elementos de pérdida de la biodiversidad “por la disminución de razas locales o de variedades para los cultivos adaptadas a las condiciones de cada zona y criada de forma más natural y sostenible”, sin dejar atrás el hacinamiento al que están sometidos los animales en las producciones intensivas, que contribuye, además, a la expansión de enfermedades como consecuencia de la reducción de la respuesta autoinmune de los animales, apunta el informe.

Y, por último, el gran reto para la sociedad en las próximas décadas: el cambio climático. En este marco, el calentamiento global juega un papel doble en los procesos de propagación de las nuevas enfermedades infecciosas. Por un lado, según el mismo informe, “tiene un impacto directo por los propios daños que causa a la salud”, y por otro, “amplifica las principales amenazas que afectan a la biodiversidad y favorece la expansión de virus y bacterias, o de sus vectores, que prefieren ambientes húmedos y cálidos”. Además, el cambio climático también actúa como acelerador de algunos procesos que amenazan a la biodiversidad. “Las olas de calor y los periodos con altas temperaturas prolongan las temporadas de riesgo de incendios, cada vez más voraces y destructivos, con la consiguiente pérdida de ecosistemas forestales”. Al igual que facilita la aparición, notifica WWF, “de determinadas especiales en nuevas áreas donde pueden llevar enfermedades antes desconocidas o desaparecidas, conocidos como virus emergentes”.

La importancia de la calidad del aire que respiramos

Por su parte, la experta en cambio climático, Miriam Zaitegui, adelanta a Diario16 que ya existen varios estudios que indican que hay más mortalidad en zonas de alta contaminación. “Esto tiene mucho sentido porque el coronavirus afecta al sistema respiratorio y las muertes por años, según datos del Instituto de Salud Carlos III, revelan  10.000 muertes prematuras al año por contaminación en España”. Dicho esto, Zaitegui avisa que “la contaminación va a matar a muchísima más gente que el coronavirus”. De este modo, mientras el coronavirus se solucionará con una vacuna, la experta destaca la rápida recuperación de la calidad del aire en el momento que no hay tráfico y aduce que “las zonas de bajas emisiones están recogidas en el Plan de Energía y Clima, recomendadas por la UE y no son tan difíciles de implementar, basta simplemente con algo de planificación e invertir en transporte público”.

En cuanto a cambio climático, Zaitegui confirma que se han visto reducidas las emisiones de CO2 y gases de efecto invernadero. “La realidad es que este parón debe aprovecharse para hacer planes verdes que respeten, como mínimo, el Pacto Verde Europeo, de tal manera que no salgamos de aquí potenciando una crisis que es mucho mayor que la sanitaria: la crisis del cambio climático”, y aprovecha para preguntarse, “por qué no se trata como una crisis y se siguen postergando las negociaciones o no hay reuniones de emergencia para atajar esta crisis climática”.

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