La modernidad ha inventado miradas posibles con las que conducir a nuevas perspectivas, otro modo de pesar y medir. Esta modernidad que había surgido para eliminar las limitaciones derivadas del nacimiento y permitir que los seres humanos obtuvieran mediante su propia decisión y su propia actuación un lugar en el tejido social. Ha olvidado que la experiencia es lo que nos constituye, aquello que hace que seamos lo que somos y en este sentido no sólo cosechamos experiencia sino que somos experiencia. Tanto en lo individual como en lo colectivo.

 

El centro de lo humano en el siglo XXI se ha trasladado del exterior al interior, de la responsabilidad pública (política) se ha pasado a la “cultura del yo”; la vivencia, muy a menudo, ocupa el lugar de la experiencia. La sociedad de vivencia ha modificado el lugar desde el cual se piensan las cosas.

 

La experiencia es suplantada en la actual sociedad audio-visual por las vivencias. Las vivencias empobrecen, banalizan, devienen una sociedad basada en el consumo instantáneo; es ésta una vida intrascendente, es ésta la orientación que da la vivencia a la vida humana. La vivencia es lo momentáneo que no tiene continuidad y esto es lo que constituye nuestra sociedad fragmentaria. La vivencia es lo que domina nuestra cultura y la manera de vivir y de pensar. Vivimos instantáneamente, no tenemos fines últimos sólo pasar un momento de satisfacción instantánea. Lo que cuenta es pasarlo bien, luego ya veremos.

 

Esta sociedad está caracterizada por el consumo en la que se ha vuelto prioritaria la configuración individualista del propio estilo de vida. El imperativo de acción consiste en buscar la autorrealización por medio del disfrute inmediato que da el consumo, pero poniendo el acento en la diferenciación y la distinción, así como en las vivencias que ese consumo pueda proporcionar.

 

La diferencia entre una vivencia y una experiencia es justamente el aprendizaje que nos deja. Habilitar la capacidad para identificar qué aprendemos contra lo que nos ha sucedido y cómo lo podemos colocar en nuestro sistema de creencias y valores; para qué es útil y, a partir de ahí, identificar que tenemos que hacer o dejar de hacer. Se trata pues de comprender lo que nos pasa y con ello modificar la manera en que nos relacionamos con nosotros mismos, con nuestros semejantes y con el entorno.

 

En este contexto, no puede olvidarse que la oferta, con su correlato la elección, han proporcionado los elementos determinantes para la constitución del sujeto moderno. Resulta muy evidente que la actual sociedad de vivencias constituye aquel mundo social que se ha configurado por las gigantescas posibilidades actuales de elegir. El capitalismo se ha movido de una economía de necesidad a una economía de deseo. De hecho, para muchos de nuestros coetáneos, la vida se ha convertido en un “proyecto meramente vivencial”.

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