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Exilio, repudio y tabú

Carles Puigdemont, el rey emérito y los exiliados republicanos

José M. Copete
Licenciado en antropología social y máster en conflicto étnico, ambos por la Queen's University of Belfast. Ha vivido en Irlanda del Norte, Inglaterra y Siria
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análisis

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El domingo 17 de enero, en el curso de una entrevista con el periodista Fernando González ‘Gonzo’ para el programa Salvados, el vicepresidente segundo del gobierno de España Pablo Iglesias contestó a las preguntas del periodista afirmando que la situación de Carles Puigdemont y el exilio de los exiliados republicanos eran comparables, y acto seguido que el exilio de Carles Puigdemont no era comparable a la situación de Juan Carlos I. 

Sus palabras han removido todo tipo de consciencias y han provocado la protesta de cargos públicos, personalidades, tertulianos, intelectuales, periodistas y twitteros de todo el mapa político español, desde la extrema derecha a las organizaciones para la recuperación de la memoria histórica. Un común denominador de estas protestas, aducido por izquierdas y derechas, es que no se puede comparar el exilio actual de los políticos catalanes con el de los republicanos españoles que huyeron de la dictadura franquista ya que en la España actual existen garantías de que cualquier acusado va a tener un juicio justo. Manuela Carmena, por ejemplo, afirma explícitamente que “en una democracia, si alguien no se presenta ante un tribunal es un prófugo, no un exiliado”. En algunos casos se añade que Iglesias debería pedir perdón a los republicanos. En estas afirmaciones la palabra ‘exiliado’ parece tener una honra que a la palabra ‘huido’ o ‘prófugo’ no se le concede y por lo tanto asociar Puigdemont con los exiliados republicanos del pasado se percibe como un insulto a su memoria y su legado. Sus afirmaciones sobre el rey, sin embargo, aunque duras, han pasado más bien desapercibidas. Sin embargo, todos esos casos son comparables al estar en una situación parecida, la liminalidad, y la comparación aporta información valiosa.

Las personas en estado de liminalidad están en los márgenes de la estructura social, en cualquiera de sus clases y estamentos, fuera de las reglas que rigen a todos los demás y llenos de tabúes: reyes, intocables, hermitaños, intelectuales o exiliados. La liminalidad adquiere muchas formas concretas, a veces en una situación social indeterminada e irresuelta, un momento de tránsito entre un estatus y otro, sin un lugar determinado en la estructura social, en exclusión o reclusión, o completamente fuera de los limites sociales y geográficos. Las personas liminales están llenas de tabúes, mitos y rituales tanto de obligado cumplimiento para ellos como para el resto de la sociedad; no pueden estar en ciertos sitios, su presencia puede ser contaminante para los demás o la presencia de otros para ellos, no se puede hablar con ellos, o no se puede hablar de ellos excepto siguiendo ciertos rituales. Los exiliados políticos, entre los que se encuentra Puigdemont están sometidos a estas reglas. Este es uno de los tabúes que ha roto Iglesias.

El análisis de las razones y el contenido de la argumentación de estas protestas, tanto en el caso de personas y organizaciones asociadas con la derecha como en el ámbito de la izquierda arroja una serie de contradicciones y paradojas. Así mismo, merece también un análisis el hecho de que entre las voces públicas o las organizaciones pertenecientes a los mapas políticos de la periferia no se haya generado una protesta tan virulenta, ni en el ámbito de las izquierdas periféricas ni en el de las derechas periféricas. Estos movimientos tienden a tener en cuenta las deficiencias democráticas del estado español sin tantas dificultades como los movimientos y organizaciones de ámbito estatal.

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Estas protestas son, grosso modo, un fenómeno del ámbito político central, el grupo identitario dominante y los grupos integrados o asimilados, en la dimensión política compuesta por las instituciones y las organizaciones de ámbito estatal y las personas que se identifican con España como estado-nación y con el régimen del 78 como una institución y un orden político legítimo. Un régimen es un conjunto de grupos que monopoliza las fuerzas coercitivas, policía, fuerzas de seguridad y ejército, como un prerrequisito para establecer el orden político, legislación, intercambio económico, etc… en un territorio. Establece también los límites de los aspectos culturales e ideológicos aceptables y provee significado a la sociedad: la narrativa que articula el sentido de la identidad y la pertenencia, la historia, los símbolos. Y establece el poder económico de maneras que mantenga los equilibrios de clase en beneficio de los intereses de la coalición dominante y sus aliados. Cuando una coalición de grupos de poder domina estos ámbitos instituye un régimen. Y al mismo tiempo se articulan también las resistencias. 1978 fue uno de esos momentos constituyentes. Es ahí, en los ámbitos de la identidad española, o de esta como paraguas de otras locales, donde los discursos del régimen actual son hegemónicos, donde esas declaraciones remueven las consciencias y donde provocan las reacciones. Quizá porque esos sectores poblacionales están acostumbrados a los argumentos que extiende el régimen y la derecha reproduce y de los que la izquierda española no suele discrepar. Por ejemplo, ‘pasar de puntillas’ ha sido la consigna interna en Podemos sobre el tema de Catalunya, o ‘me pilla lejos’ fue la respuesta de Íñigo Errejón cuando le preguntaron sobre el referéndum de 1 de octubre por temor a perder votos. Y en muchas ocasiones políticos, periodistas o periodistas de izquierda simplemente coinciden con los argumentos del régimen, por eso son hegemónicos.

La comparación del exilio de Puigdemont con los exiliados republicanos y con Juan Carlos I tiene aspectos más profundos que los que realmente se están discutiendo. La discusión profunda trata sobre la equiparación moral de la expatriación de Puigdemont y la de Juan Carlos I. Y en el caso de la comparación entre exiliados republicanos y Puigdemont, de manera más relevante, se trata de una discusión sobre las metáforas raíces, ocultas e implícitas, que organizan la experiencia de la huida en cada uno de los casos. La metáfora entiende y explica un elemento en términos de otro, y recompone la situación. La metáfora raíz es la estructura básica de explicación y descripción de un amplio número de cuestiones, en el caso de la metáfora organicista toda la sociedad se ve como un organismo, en la mecanicista, el funcionamiento del cosmos se percibe y explica en términos mecánicos.

La reacción de la derecha española entra en contradicción con su propio pasado, más asociada a la dictadura que a los perseguidos por ella. Aunque también hubo líneas de oposición e incluso opositores famosos a la dictadura identificados con la derecha de entonces como Dionisio Ridruejo, el hecho de que las organizaciones de derecha española actuales no hayan condenado la dictadura franquista indica que la línea de aquellos opositores se ha diluido, se ha extinguido o es irrelevante. Y al mismo tiempo sugiere que las declaraciones actuales por parte de personalidades de la derecha alegando que no se puede comparar el exilio durante la dictadura con el exilio actual se puedan considerar simplemente insinceras.  La derecha actual no sólo no ha condenado la dictadura, sino que combate cualquier atisbo de memoria histórica y el hecho que actualmente mencione aquel exilio mostrándolo como justificado puede interpretarse como una decisión táctica por su parte, pero no estratégica. Su objetivo es silenciar el actual análisis del caso de Puigdemont (y de los otros políticos y activistas) como un exiliado (o presos en los otros casos) político genuino.

Por otro lado, la reacción de la izquierda española entra en contradicción con muchos de sus propios postulados de respeto a los derechos humanos y del derecho de los pueblos a decidir su destino reconocidos sin ambages para otras latitudes fuera del territorio del estado español. Esta actitud contradictoria, en la que los mismos principios son válidos fuera, pero no dentro de España, muestra una adhesión más fuerte al Estado-nación y al régimen del 78 que a esos valores. La negación a hacer comparaciones impide precisamente obtener una perspectiva comparativa que arroje nuevos parámetros de análisis y nuevos conocimientos. Es una postura oscurantista e irracional, enemiga de los aspectos liberadores de la modernidad que la izquierda defiende. Por ejemplo, dificulta identificar pautas y tendencias, continuidades y discontinuidades históricas no solo en las características de los presos, torturados, exiliados y perseguidos en general sino sobre todo en el conjunto de instituciones que los ejecuta, tortura, encarcela y persigue: el estado español y los grupos de poder que lo controlan.

Las razones por las que la izquierda protesta por la comparación o la equiparación no parecen estar basadas en análisis o en perspectivas comparativas entre los exilios de ayer y los de hoy, ya que las rechazan, sino en mitos. Al negar la comparación y las posibles pautas comunes su argumentación parece estar basada en la especificidad del exilio republicano, no comparable a otros exilios o por lo menos a los exilios actuales en el estado español, siendo esto parte del mito. Algo similar a lo que ocurre en los estudios sobre genocidios cuando se defiende que el holocausto no es comparable a los otros genocidios, sino único. O cuando las víctimas de algún drama similar como masacres, limpiezas étnicas o guerras creen que lo que les ha ocurrido es único y no es comparable a nada más.

A esto hay que añadir que los perseguidos republicanos están en un tiempo mítico, un pasado impreciso en la consciencia colectiva, fuera del tiempo cronológico y con un papel prácticamente nulo en la política actual. Para los sectores de la izquierda que todavía lo recuerdan ha pasado un proceso de mitificación y únicamente se menciona en los rituales, exhumaciones, entregas de restos a los familiares, conmemoraciones cada 14 de abril… es el tiempo que representan los rituales.  Por esto las derechas actuales prefieren poner sobre la mesa la honra de sus antiguos enemigos ya derrotados y prácticamente olvidados antes que reconocer la honorabilidad de sus actuales enemigos todavía no derrotados y con posibilidades de obtener victorias como Puigdemont.

Sin embargo, Carles Puigdemont y el resto de los presos y exiliados catalanes están en un tiempo real, práctico y profano y el reconocimiento de su existencia como presos y exiliados políticos afecta a la imagen y la legitimidad del actual régimen. Al igual que otros exiliados de otros lugares como el rapero Valtònyc, otros presos que reúnen las características de presos políticos, o las acusaciones de tortura en el País Vasco no investigadas por el actual ministro de justicia cuando era juez o el rapero Pablo Hasel. Graves recriminaciones para una democracia que, sin embargo, como ocurría en el pasado encuentran credibilidad y refugio en Europa. Otra continuidad que la perspectiva comparativa permite ver.

En esta mitificación los fusilados, torturados, encarcelados, escondidos, huidos o perseguidos durante la guerra o la dictadura adquieren unas características comunes. La primera es el republicanismo, la idea de que los exiliados de la dictadura eran republicanos. Unas características que no resisten cualquier contraste con las evidencias históricas, ni siquiera con la poca memoria histórica transmitida. A lo largo de las cuatro décadas de guerra y dictadura, los perseguidos por el franquismo tienen pocas características en común: Falangistas joseantonianos y hedillistas, monárquicos (el propio Juan de Borbón padre de Juan Carlos I y abuelo de Felipe VI), maquis, anarquistas, socialistas, comunistas, miembros de Izquierda Republicana, miembros del clero vasco, jelkides, abertzales, testigos de Jehová insumisos, homosexuales, miembros de ETA, del FRAP, del PSAN, del GRAPO, etc… y las razones por las que eran perseguidos tampoco eran las mismas, escribir, publicar una caricatura, decir algo contrario a la dictadura, escuchar una radio clandestina, usar una lengua prohibida, llevar a cabo un atentado, falsificar documentos, esconder y ayudar a un perseguido, lucha armada, sabotaje, atracar un banco o matar. Ni siquiera sus ideales eran similares; propugnar la revolución nacional-sindicalista de los falangistas, el comunismo libertario de la CNT, la dictadura del proletariado marxista-leninista del PCE antes de la conversión al eurocomunismo, la independencia de Euskadi basada en el principio de Dios y leyes viejas propugnado por Sabino Arana y de base racial, una Euskal Herria independiente y socialista, la proclamación de la republica catalana, la restauración borbónica en la línea dinástica de Carlos Hugo de Borbón como propugnaban los carlistas moderados en la transición y reprimidos en Montejurra en el 76, un estado federal o una democracia parlamentaria. A esta diversidad habría que añadir también los llamados exilios interiores, el caso más extremo de los cuales eran los escondidos, más tarde conocidos como topos que pasaron años o incluso décadas en cuadras, altillos, cámaras, pajares o sótanos. Ellos y ellas, cuando huían, también eran prófugos de la justicia.  

La única característica que tienen en común es aquello que los persigue y de lo que huyen o se esconden, hacia adentro o hacia afuera. Aquello que hoy día también encarcela a disidentes actuales o de lo que huyen los exiliados actuales. Y al igual que ocurre con los exiliados actuales la dictadura también los despojó de su definición, por ejemplo, a los miembros de las agrupaciones guerrilleras que lucharon contra la dictadura ésta siempre los calificó oficialmente de bandoleros, sin embargo, en los archivos policiales de la época especificaban si eran anarquistas, comunistas, socialistas, etc… dejando evidencias claras de que el estado puede mentir en la calificación de sus enemigos. Este es uno de los tabúes, alterar la denominación oficial de los disidentes, pronunciar las palabras prohibidas. Y, por último, otro aspecto de la mitificación es que el exilio mitificado es el modelo de todos los exilios y por eso el exilio de Puigdemont, para la izquierda española, no es comparable con el modelo republicano, el modelo prístino, el paradigma raíz, el arquetipo. El exilio que la izquierda española mitifica es el de las izquierdas al final de la guerra y al principio de la dictadura. Y, por lo tanto, una de las razones generalmente aducidas para que la izquierda integrada en los parámetros del régimen rechace a Puigdemont en todos los sentidos es que pertenece a la derecha catalana (Convergència i unió, etc…) y no a su mismo universo ideológico. Si la izquierda española viera a los presos y exiliados catalanes, o a los otros presos y exiliados políticos actuales, como una continuidad histórica, como el objeto actual de la represión de las clases dominantes españolas les vería también como una re-actuación del mito, la lucha entre la libertad y la tiranía.

La comparación entre Juan Carlos I y Puigdemont es altamente sugerente. Ambos están expatriados, en situación de liminalidad. Juan Carlos no está perseguido en España y por lo tanto no se puede considerar que sea un exiliado, pero sí un expatriado que no puede volver, o por lo menos, con impedimentos para volver. Los peligros que le acechan vienen más de la prensa internacional, las acusaciones de sus antiguas amantes-cómplices y los tribunales de otros países que de los tribunales españoles que no han dado ninguna muestra de poner en cuestionamiento su impunidad, su intocabilidad. Su salida de España puede estar motivada por el objetivo de no dañar más el prestigio de la monarquía con su presencia. Juan Carlos I ha caído en desgracia, el crepúsculo de su vida es también el crepúsculo de su prestigio y el de la monarquía como institución. Su situación está más cerca del repudio, con su hijo Felipe VI repudiando su herencia, admitiendo implícitamente que es ilícita. Los mitos fundacionales de la transición y la democracia española están dando muestras de agotamiento y ésta encuentra dificultades para renovarlos. 

Carles Puigdemont, sin embargo, huyó de la justicia española antes de que hubiera una causa abierta contra él, pero con la firme sospecha de que la habría y de que si se quedaba acabaría en la cárcel, al igual que el resto de políticos y dirigentes sociales catalanes que se quedaron. Su figura es una combinación del President de la Generalitat exiliado (Companys y Tarradellas, más que Irla) y el rebelde audaz demonizado por el poder y que burla constantemente a sus perseguidores (alguien como Santiago Carrillo, el Lute, Dick Turpin o Robin Hood). La visión de sus partidarios de presidente y exiliado y la de sus detractores de expresidente y fugado o prófugo no altera su perfil de rebelde y audaz. Un perfil que encuentra simpatías entre gente descontenta fuera de esa izquierda integrada, por todo el Estado.

Es más, el drama de Puigdemont no sólo está lejos de acabar, sino que puede desarrollarse in crescendo igualando o superando los mitos y los personajes icónicos que hereda en su figura cuando, si se da el caso, pueda volver, en un momento apoteósico a Catalunya rememorando el retorno de Josep Tarradellas o entregado como preso como Lluís Companys. Una re-actuación de fuertes mitos catalanes. La vida de Puigdemont podría verse como un mito en auge, la de Juan Carlos I como un mito en decadencia.

La metáfora raíz implícita en el exilio republicano es que España era una dictadura, de la que huían. La metáfora raíz detrás de la visión de Puigdemont como un exiliado es muy similar, que España, aunque formalmente una democracia parlamentaria, sigue siendo una tiranía.  La metáfora detrás de la situación de Juan Carlos I es que España es un país connivente con la corrupción.

Todos los regímenes políticos desarrollan un orden simbólico e imaginario. En este orden los distintos actores sociales, políticos, etc… están clasificados en ejes de polarización, por un lado, los elementos aceptables, y por otro, los no aceptables. Es decir, las anomalías, abominaciones y proscripciones alrededor de las cuales se establecen los tabúes. La dictadura generó sus elementos aceptados, o normalizados, y sus proscritos y el régimen del 78 también ha generado los suyos: franquistas o gente de orden y republicanos o rojos era la gran clasificación que incluía muchos elementos dispares entre sí y reducía sus múltiples identidades a una sola. Las anomalías más odiadas durante el primer franquismo, con distintas intensidades, de entre las mencionadas anteriormente, eran los anarquistas, los comunistas, los maestros y maestras de la república, los intelectuales, homosexuales, gitanos y mercheros, entre otros. Y hacia el final de la dictadura, se añadieron anomalías nuevas como los abertzales, los curas obreros, etc… en los cuarenta años de democracia parlamentaria las anomalías han ido evolucionando en base a la aceptación del proyecto del régimen para la transición, los llamados pactos de la Moncloa, y después del hundimiento del bipartidismo de varias maneras menos estables, por ejemplo, el bloque de la moción de censura, la derecha española y los otros partidos que no participaron, o el llamado constitucionalismo, por un lado, y las fuerzas soberanistas, por otro. El fascismo, al igual que durante la dictadura, no es una anomalía para el régimen que domina en España, sino una opción legitimada.

Sin embargo, en la tensión entre el centro y la periferia en el Estado español, las periferias sometidas, con sus lenguas, sus culturas diferenciadas y sus demandas, son estructuralmente, grandes anomalías en la formación de España como Estado-nación que los poderes centrales llevan intentando corregir desde hace 300 años con distintas intensidades, y de distintas formas: la anexión, la provincialización, la desaparición de las lenguas, etc.

A esto hay que añadir que algunas anomalías son percibidas como abominaciones y a algunas (inmigrantes, inmigrantes ilegales, menas, soberanistas), en distintas circunstancias se les aplica, por distintos actores, el complejo cultural del chivo expiatorio. Puigdemont, por ejemplo, es el enemigo público número uno para el régimen y al mismo tiempo es un chivo expiatorio para la izquierda española, quien le acusa de haber despertado el fascismo.

La justicia, y las leyes, al igual que ocurría durante la dictadura, también sería susceptible de ser considerada como un instrumento en la lucha de la España del régimen del 78 contra sus enemigos, a los que considera anomalías, aberraciones o abominaciones.

Si bien es cierto que la democracia española no persigue y no fusila con la intensidad con la que lo hacia la dictadura a aquellos a los que no toleraba también es cierto que la democracia española también persigue y mata. Las víctimas del batallón vasco-español, del GAL o los inmigrantes que murieron cruzando a nado la frontera en Ceuta son víctimas directas del estado. También pueden ser consideradas víctimas del estado los torturados cuyas denuncias de torturas no se han investigado (dejadez reconocida por Europa en diversas ocasiones) o los asesinados por grupos de extrema derecha cuyos perpetradores han recibido condenas irrisorias como en el caso de Miguel Grau o Guillem Agulló y otros. El Estado español, y el régimen que lo controla persigue a través de la justicia, u otros medios, a sus adversarios políticos y les descalifica e indulta y protege a quien los acosa.

Son múltiples las razones por las que cualquier fuerza de ámbito estatal puede perder capacidad electoral en cuanto reconozca públicamente el derecho de autodeterminación de alguno de los territorios del Estado. Por eso Iglesias entonó, inmediatamente después de reconocer la cualidad de exiliado de Puigdemont, las salmodias rituales preceptivas que le reintegraban al ámbito de lo aceptable en política española, cuyos límites acababa de profanar: “yo no quiero que Catalunya se independice de España”, etc… de esta manera, Iglesias también se convertía en un elemento de mediación mediática en varios sentidos, entre la izquierda integrada y la no integrada, entre la Catalunya independentista y parte del gobierno, etc… y quizá de manera más relevante dada la cercanía de las próximas elecciones catalanas entre Podemos y los votantes catalanes.

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2 Comentarios

  1. En las 200 naciones-estado del mundo viven juntos y revueltos miles de grupos étnicos, o «pueblos». En algunas como Nigeria más de 500.

    Podemos aspirar a que en las naciones-estado (y también en las comunidades autónomas que forma esas naciones-estado) todos los grupos tengan iguales derechos, culturales y lingüísticos, pero no a que cada «pueblo» tenga su propia nación.

    Esa solución no es viable; el mundo es demasiado pequeño y no caben tantas naciones y tantas fronteras. El nacionalismo; una nación para cada pueblo, no puede ser la solución.

  2. Discrepo de esa posición, de hecho Europa es uno de los continentes dónde más estados-nación hay, y no pasa nada. Estamos sin fronteras. No veo la dificultad.
    Y los pueblos deben ser soberanos para elegir su forma de estado, las cosas no son cómo en la edad media, y por supuesto, no tenemos obligación de estar bajo monarquías o élites extractivistas de los recursos públicos.
    Creo en la autodeterminación de los pueblos. Escocia será el próximo. Y la gran «nación» que fue la Gran Bretaña, pronto terminará por ser Inglaterra y punto.

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