viernes, 22octubre, 2021
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Europa: de rerum natura

Guillem Tusell
Estudiante durante 4 años de arte y diseño en la escuela Eina de Barcelona. De 1992 a 1997 reside seis meses al año en Estambul, el primero publicando artículos en el semanario El Poble Andorrà, y los siguientes trabajando en turismo. Título de grado superior de Comercialización Turística, ha viajado por más de 50 países. Una novela publicada en el año 2000: La Lluna sobre el Mekong (Columna). Actualmente co-propietario de Speakerteam, agencia de viajes y conferenciantes para empresas. Mantiene dos blogs: uno de artículos políticos sobre el procés https://unaoportunidad2017.blogspot.com y otro de poesía https://malditospolimeros.blogspot.com."
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Si no hubiera humanos en el planeta, este continuaría existiendo. La fuerza de la gravedad sería la misma. Si, después de los humanos, apareciese otro ser y otra civilización con otras medidas para contar, la fuerza de la gravedad ya no sería 9’8, sino otra cifra; pero ello no afectaría a la fuerza de la gravedad. Las cosas, son como son, independientemente de nosotros.

No obstante, las cosas no son exactamente como son, sino en función de cómo interactúan entre ellas. Sabemos que un electrón aparece cuando interactúa con algo, y que, hasta ese momento, “no está” en ninguna parte. Se pueden calcular las probabilidades de que aparezca en tal lugar u otro, y todos los recorridos posibles que hace para llegar (saltar) a ese lugar, pero es la interacción con lo otro lo que le da presencia. Es la relación entre las cosas lo que marcará cómo son las cosas.

Por ejemplo, ¿existe el dinero? Si yo tengo 1 millón de euros en una caja en mi casa (es igual de dónde proceda, pongamos que soy amigo del rey) y no lo utilizo y no pienso utilizarlo nunca… ¿existe? Insisto: este millón nunca va a salir de la caja, no se va a comprar nada, se va a quedar allí para siempre. ¿Existe? Un servidor, tiene sus dudas: tal vez exista el papel, los fajos de billetes, pero como “dinero”, no está tan claro. Es la relación de esos fajos de papeles con algo (comprar, gastar, invertir, modificar algo) lo que le da su existencia. El dinero, como tal, “aparece” en el momento que interactúa. Mientras tanto, es como un electrón que, sin interactuar con nada, no sabemos dónde está. Este millón de euros solo es 1 millón en función de una manera de medir (lo que puede comprar, su valor), pero este valor no lo marca él, sino, también, su relación con las cosas. Y esta relación puede cambiar, suceder que puedo comprar menos cosas con él, se devalúa. El dinero, respecto a su propio valor, es indeterminado; aquello que lo determina es su relación. Ni es ni tiene valor por sí mismo.

¿Y el humano? ¿Existe por sí mismo o respecto a su relación con el mundo? ¿Tiene un valor por sí mismo o respecto a esa relación? Es más, ¿tiene un valor? Pongamos a su pareja, o a un familiar suyo. ¿Para usted tiene el mismo valor que alguien desconocido, una persona (digamos que sabe el nombre o la edad, que sabe que “existe”) de la otra parte del mundo? Si tiene un valor, ese valor ¿lo pone usted? ¿El valor de otro ser humano es en sí mismo o en función de su relación con nosotros? Pero, si lo viésemos así, el valor de uno mismo, para el 99’9% (o más) de la población mundial, no vale nada. Si lo miramos de esta manera, como al dinero (¿qué se puede hacer con él?) el valor de un ser humano concreto es inapreciable. Sin embargo, si todo ser humano se relaciona con otros seres humanos en un tejido o campo relacional, el valor de cualquier humano es determinante: determina parte del valor de cualquier otro humano en ese campo. Esto sucede porque cada humano es un fin en sí mismo, pero el campo por donde nos relacionamos, afecta al valor. Así, el humano no es como es, sino que su relación con los otros en un campo determinado marca cómo es.

Hablando de campos, ¿qué es Europa? ¿Qué valor tiene? ¿Puede, Europa, estar en una caja en mi casa sin que nadie la abra? Sí: si jamás de los jamases nadie hablara más del concepto Europa, Europa dejaría de existir. Aunque, análogo a que la fuerza de la gravedad en otra civilización no tiene porqué mantener la cifra de 9’8, ¿continuaría existiendo Europa con otro nombre? Lo relevante no es si existe o no existe Europa, sino sus relaciones dentro del campo donde puede existir. Pero lo que determina su valor, no es simplemente estas relaciones, sino en qué campo se producen. ¿En el campo de los ciudadanos? ¿En el campo de la macroeconomía?

Sin irme del tema: uno siempre ha creído en la imposibilidad de solución del conflicto España vs Cataluña. Por una razón, y es que uno piensa que la interactuación del Estado con los ciudadanos catalanes se produce en el campo “Nación Española”, olvidando que gran parte de los ciudadanos catalanes no viven en ese campo. Lo que en España se achaca como un menosprecio o rechazo, es simplemente una diversidad de campos. No hay más opciones que vivir en campos diferentes, o reformular las relaciones entre cada campo… o la eliminación de un campo. Así pues, regreso: ¿en qué campo se producen las relaciones que determinan lo que es eso llamado Europa?

Hace unos días, dos cargos sanitarios franceses, en directo por TV, proponían usar África como laboratorio de ensayo para una vacuna del Covid-19. Hablaban en serio. Ya saben qué se usa en los laboratorios: ratones, cobayas. Es decir, trataba toda la población africana como eso. Sea usted de origen africano o no, permítame hacer un hincapié en su indignación (no sólo justificada, sino necesaria): esto no puede continuar así. Que cada cultura, civilización, sociedad o como lo quieran llamar, sea diferente, no puede otorgar permiso para continuar viviendo al margen de que, como humanos, hay un campo común donde debe haber unos derechos fundamentales de relación comunes. No puede ser que conceptos pertenecientes a un campo, los metamos en otro y actuemos como si las reglas continuasen siendo válidas (las fórmulas de Einstein no sirven en el mundo cuántico, y viceversa). No puede ser que, a estas alturas, continuemos hablando de naciones (“los españoles, venceremos unidos”), o de occidente y Asia (“el virus chino”), o del tercer mundo (“el laboratorio”). Es de una irresponsabilidad total por el desconocimiento, o manipulación, de cómo funciona el mundo. Como obstinarse en que la tierra es plana o que rezar elimina un virus. Es, también, una negación del ser humano como tal.

Estas semanas (y meses, y años) no solamente hemos apreciado la debilidad de Europa, sino la vacuidad de la OMS, relegada a mera palabrería que solo se toma en consideración según la conveniencia de cada país. Parece que Europa, la OMS, la ONU, es decir, aquello que tiende a globalizar, solo es necesario cuando es útil para el campo determinado de cada nación. Por ejemplo, pedir un rescate o una solidaridad económica a Europa… pero dejar en la estacada a Grecia en su momento. Hay quien ve a Europa como una vaca lechera a conveniencia, sin preguntarse cómo nos ve ella a nosotros: por ejemplo, España es el país del mundo con más quilómetros de tren de alta velocidad por habitante… pero también el último (y de mucho) en la ratio de su uso (pasajeros por kilómetro), lo que significa millones de euros invertidos en líneas que no se utilizan. También, hace unas semanas, el presidente del gobierno se vanagloriaba de que España tiene más kilómetros de fibra óptica que la suma de Alemania, Francia, Italia y Reino Unido juntos. Hay despropósitos nacidos de la incapacidad de entender que no todos los territorios tienen las mismas necesidades, que esto del “café para todos” en aras de una Nación española ideal, es un despropósito. Seguro que Teruel tiene necesidades en inversión que deben ser deficitarias, a diferencia de, por ejemplo, Girona; también es diferente la necesidad del Corredor del Mediterráneo que un aeropuerto prácticamente vacío en Castellón. El sistema español radial, basado en que el epicentro de Madrid tiene que absorberlo todo, como centro de todo (política, economía, medios) es retrógrado. Y no olvido la incongruencia del dumping fiscal insolidario de Holanda, Irlanda o Luxemburgo hacia el resto de países europeos… pero tendríamos que recordar el mismo proceder de Madrid respecto a las otras comunidades españolas. Se hace una cosa y se pide otra a Europa, de modo que Europa, según el viento del momento, es un problema o una solución. Cuando algo es a su vez solución y problema, suele suceder que el problema es uno mismo… o que ese algo no existe.

Para que Europa exista como una representación de sus ciudadanos, es necesario que se cumpla un aspecto: que exista en la conciencia de estos ciudadanos. Y esto, no se da. El coste de haberse quedado a medio camino en la construcción europea, el haberse limitado a crear un campo económico, conlleva que Europa solamente responda a preguntas económicas desde el punto de vista económico. Así lo hizo durante la guerra de la ex Yugoslavia (y no aprendimos los costes en vidas humanas), y así lo hizo ante la crisis de Grecia (y no, tampoco aprendimos) o de los migrantes de Siria y de África. Por tanto, la reacción de algunos países respecto al grito de ayuda de España e Italia, entra en cierta lógica: el electrón europeo aparece en un lugar que era bastante predecible. Ocurre que, cuando afecta a uno, entonces sí, es insolidaria y ruin, injusta; cuando afecta a otro, miramos donde sea menos allí. No quiero decir que su reacción no sea injusta, quiero decir que el concepto de justo / injusto solamente se contempla cuando interesa.

El coste de creerse que todo problema es económico es que acaba siendo verdad. El coste de creerse que todo se resume en números y que cultura, educación, identidad, son manipulaciones a su servicio, es someterse a ello. Por ejemplo: el Estado y la mayoritaria población española jamás han entendido la conciencia de catalanidad, que está en un campo diferente de otros aspectos. Esta conciencia de pueblo es la que causa la deslegitimación del Estado y permite la desobediencia colectiva de votar el 1-O. Aquí no hay porras ni balas de goma ni sentencias ni reyes amenazantes que puedan con ello. Pero usualmente se transmite el mensaje de que todo es una cuestión de dinero, lo de los catalanes egoístas etcétera. Y, a escala europea, contra la ausencia de conciencia de pertenencia, tampoco se puede hacer mucho. La ausencia de verse como parte del colectivo de ciudadanos europeos se ha visto con el cierre de fronteras de cada país ante la pandemia. También se ve, a escala humana, en la debilidad de la ONU o de la OMS. Pero si esta conciencia ha de sustentarse en utilizar a los africanos como cobayas o en exprimir otros territorios, vamos apañados. Recuerden que lo primero que intentó el señor Trump fue colar el concepto de “virus chino”. A lo mejor aquí no somos tan burdos, pero tenemos el concepto de vencer al virus, juntos, como españoles.

Dicen que, con la pandemia, el mundo ha cambiado o va a cambiar. Pamplinas, el mundo es el mismo, impredecible (las neo derechas pretenden hacernos creer que no es así, ofreciendo una falsa seguridad a cambio de obediencia y recursos). Los que cambiamos somos nosotros y nuestra intervención en él y en nuestras relaciones. Esto es fantástico, porque significa que disponemos, en parte, de la libertad para decidir cómo hacerlo. Se puede, así, cambiar la concepción y funcionamiento de Europa, y de cada territorio que la constituye. Se puede cambiar la relación entre estos territorios o respecto a otros más lejanos (África, Latinoamérica). Se podrían suprimir embajadas y consulados nacionales y unificarlos en europeos, con posibilidad de asistencia en las lenguas europeas, o crear un solo pasaporte europeo (los aviones europeos hubieran traído alemanes, italianos o españoles, mucho más efectivo que el sistema diplomático actual). Pero esto es imposible si no hay un cambio en los individuos, lo que requiere un cambio de sistema en el que las decisiones son, simplemente, económicas. Mientras no se afronte cambiar un sistema que rige nuestra actitud como individuos, todo será palabrería ante la puerta cerrada de una mejor humanidad.

Hay una canción de Serge Reggiani, “L’Italien”, que, si no entienden francés, les recomiendo que la escuchen mirando la letra traducida. Explica el retorno a casa de un hombre que salió a comprar cerillas y que, con todo el morro, dice que ya las ha encontrado… 18 años después. Como un perro bajo la lluvia, pide que le abran la puerta, que le dejen entrar. Hay dos versos, al final: <<Il ne me reste qu’une chance / C’est que tu n’aies pas eu ta chance>> (“Solo me queda una oportunidad / y es que tú no hayas tenido tu oportunidad”).

Todos esos políticos nacionalistas, los aznares y casados, abascales y arrimadas, pujoles o marlaskas o el “nuevo” Pedro Sánchez, y tantos otros y de tantos otros países (Salvini, Orbán, Putin, Erdogan, Trump, Le Pen, Bolsonaro…) se aferran a una oportunidad: que no le demos a la Europa de los ciudadanos la suya; que no le demos a lo humano la suya. A Europa hay que bajarla del campo de la macroeconomía al campo de los ciudadanos. Y esto solamente se consigue con educación y cultura, para que, aun sabiéndose diferentes, una alemana y un griego, un toscano y un español, una catalana y una danesa, se sientan en el mismo campo: Europa. Si no, tal como han aprovechado para cerrar fronteras, volveremos a estar encerrados en pequeños campos grises y empobrecidos. Lo único que será global, será la macroeconomía (porque ello beneficia a unos pocos) y los virus (porque no entienden de fronteras, pero, de dinero, me temo que sí, sobre todo del que no se utiliza y se concentra en paraísos fiscales o grandes fortunas).

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