En el Carnaval de Cádiz se conoce como “pelotazo” a una agrupación reveladora que promete romper con los esquemas del concurso de agrupaciones del Gran Teatro Falla, pero al igual que en las plazas públicas se prohíbe jugar a la pelota para evitar posibles balonazos, el pelotazo que atiende al carnaval, en ocasiones, puede parar en un tejado donde tampoco son bien recibidos los juegos.

Hace un par de días celebrábamos la fiesta de la libertad popular con el pelotazo de la chirigota de Juanlu Cascana, Aquí estamos de paso, que fue un ejemplo de humor y de visibilización de las necesidades especiales y de colectividad. Hoy Cádiz, cuna de la libertad, amanecía con esa libertad arrebatada y una media sonrisa, en pleno día de la Pestiñá, por la expulsión del director y autor musical de la chirigota, Juan Luis Soto Velázquez “Cascana”, de su cuadrilla de cargadores de la Hermandad de la Borriquita, según adelantaba el Portal de Cádiz.

Sería interesante resaltar la singular manera que tiene la gaditana y el gaditano de vivir sus fiestas populares, pues en una ciudad azotada por el desempleo y los altos índices de pobreza, el festejo y la colectividad se convierten en el eje vertebrador de la resiliencia adquirida por este pueblo, que no entiende otra manera de vivir que la de tirar p’alante con las herramientas que le brinda su ecosistema de plata y sal.

La Virgen de los Dolores y un Jesucristo en silla de ruedas, interpretados por los amigos de siempre de la chirigota del barrio de la Viña, arrojaron la frescura y el sentido del humor necesario para una sociedad que padece de la falta de perspectiva de futuro, que convive con la eterna ofensa, y con el odio motivado por un grupúsculo que todavía defiende que la mujer, las personas migrantes y el colectivo LGTBIQ+l son ciudadanos de segunda clase.

Sin embargo, Cádiz parecía librarse de este papelón gracias a su cariz isleño, a un ayuntamiento consecuente con su pueblo y su idiosincrasia, que perpetúa ese estado de armonía que hace de la Tacita de Plata y su carnaval “el Shangri-la de la libertad de expresión”.

Y, aunque resulte un tanto anacrónico, con la Iglesia hemos topado. Según informa Portal de Cádiz, El Cascana fue informado de que la Cuadrilla de Cargadores de los Hermanos Martín de Cádiz lo expulsaba y que no podrá cargar a Nuestra Madre y Señora María Santísima del Amparo, como lo hacía hasta la fecha de maniguetero del paso de palio.

Así lo confirmó también el hermano mayor de la hermandad, Ignacio Ortiz, al mismo medio, aclarando que “los responsables del colectivo de la cuadrilla de los Hermanos Martín nos informaron de que, habiendo tenido conocimiento de la idea de la chirigota, habían decidido no contar con este señor para esta próxima Semana Santa”.

La eterna pugna entre Don Carnal y Doña Cuaresma parece salpicar directamente a la libertad de expresión. Una vez más, la cruz, acostumbrada a imponerse sobre todo aquello que la contradice o la altera, intenta ejecutar del mismo modo que hizo con la Santa Inquisición o la quema de brujas, pero a escala local y sin víctimas mortales.

Esta limitación e intolerancia no es nueva. Remitiéndonos al año 1993 con Los Miserables de Martínez Ares, éste le escribió un pasodoble al Papa criticándole que no le había dado la comunión a una persona con discapacidad intelectual, que finalmente venía a decirle que no creía en él. Entonces, la Cofradía del Nazareno, a la que Martínez Ares pertenecía, le negó salir en la cuadrilla y, como respuesta, al año siguiente, sacó un pasodoble con La Ventolera diciendo que él era un demonio y que le llevaría flores desde el infierno.

Aquí no se trata de señalar al Torquemada de la historia, sino de poner el grito en el cielo por el atentado contra la libertad de una fiesta que une a una gran cantidad de personas, que buscan ser críticos desde el humor y la ingenuidad alejada de toda malicia. Malicia que solo ve el ojo que llora cuando su paso no sale por la lluvia, y que no encuentra la empatía hacia un grupo de amigos que, al igual que su cuadrilla de cofrades, lleva un año preparando con el mismo cariño su agrupación para sacarla en carnavales y gritarle al mundo que “esto es Cádiz y aquí hay que mamar”.

Carnaval de Cádiz: el Shangri-la de la libertad de expresión

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