La principal consecuencia, la más ineludible y trascendente de la vida, es la muerte. Podrías morir cada vez que mueves el culo para ir a comprar tabaco, a pique de sufrir aplastamiento por macetón en día ventoso, cuando subes al coche y conduces hasta a ese puesto de trabajo que odias y te mata lentamente, a cada minuto. Y cuando salías de copas y conocías a alguien y os ibais juntos a la cama, o hacías parapente o cualquier otra estupidez de riesgo, o pillabas una cogorza en las afueras, estabas viviendo, asumiendo el riesgo de existir, pasándolo bien. Ahora renuncias a toda esa vida, te escondes, porque te han vendido la idea de que tu existencia, si tomas “precauciones” y te acoplas mascarilla y no das besos ni manos ni abrazos ni sales ni te acuestas, puede, ojo, “puede” ser más segura, más sana; aburridísima, eso sí.   

  Tienes dieciséis años y quieren que lleves una vida de residencia para mayores, quizir: un mantenimiento de constantes vitales en espera de la muerte. Quieren verte currar y producir y callarte y morir, directamente, sin riesgo; esto es, sin haber vivido. Quieren quemar libros para que no sepas que hubo un tiempo, chaval, sin cinturones, ni cascos, ni mascarillas, ni ubicaciones. Unos días de caras al viento sobre ciclomotores y gripes y multitudes y viajes, en los que perderse o desaparecer no eran delitos sociales. Como tampoco lo era contagiarse con besos sinceros, de entrega, por placer puro. Quieren, y ya lo han conseguido hasta cierto punto, institucionalizar y universalizar la mecánica infantil del “por si me toca”. Para lo bueno y lo malo. Fíjate, si no: todos en casa para evitar un virus, como un soldado que dispara todo su arsenal vea o no al enemigo, o el concursante emisor de gilipolleces respuesta “por probar”, por si toca, como el que juega a la lotería por lo mismo, o el que deja encendido y carga con su dispositivo móvil las veinticuatro horas “por si pasa algo”. Es la cultura infantil, mediocre y chapucera del ignorante. Y aquí estamos ahora, gobernados por estados aprendices, ignorantes, por gobernantes analfabetos de la vida, la filosofía, el placer y la gramática. Gobernantes que, legitimados por Constituciones y Decretos, te dan el palo y roban el derecho a besar, dar la mano y despedir a tus difuntos. ¿Y tú obedeces, a tus dieciséis, treinta y cinco o setenta? Vamos; no me jodas.

  La vida es riesgo. La vida con miedo no merece la pena. Siéntete orgulloso si has echado un polvo con persona desconocida. Hasta eso está prohibido en la “Democracia” de la nueva normalidad; hasta eso.

Apúntate a nuestra newsletter

Dejar respuesta

Comentario
Introduce tu nombre