Foto: Jaume Prat.


Mi abuelo Josep murió. Al cabo de poco, algunos primos y tíos míos subieron a la iaia Quimeta a un avión y se la llevaron a los EEUU. A América, que decía ella. Recuerdo una grabación suya en Times Square, Nueva York. La iaia está en medio de la plaza, feliz de estar allí con sus nietos. No para de mirar a su alrededor, sonriendo. Cuando le preguntan qué le parece se encoge de hombros y, sin dejar de sonreír, dice que es como estar dentro de una peli. Para mi abuela estar en América era como estar dentro de una peli.

Muy pocas cosas han modulado nuestro imaginario de modo más poderoso que el cine. Si lo miramos en perspectiva es posible que mirar una peli sea una de las ceremonias más antiguas de nuestra sociedad. Me explico: celebramos la navidad diferente, despedimos el año diferente, viajamos diferente, cumplimos los ritos de paso diferente, vivimos diferente… pero seguimos mirando una peli como hace un siglo. Cuando miraba una peli con mi iaia Quimeta, cosa que habíamos hecho a menudo, veíamos lo mismo, nos reíamos de lo mismo, nos emocionábamos de lo mismo. No es extraño: la primera película documentada es de 1888. Ella y yo habíamos nacido con el cine ya consolidado. Los dos nos habíamos criado con un arte que, pongamos, desde los tiempos de Griffith o Eisestein no ha cambiado en absoluto. Ahora puede ser 4k, y Dolby Surround y 3D y yoquéséquémás. Pero en la práctica seguimos mirando el cine exactamente igual.

Los cantos de amor al cine han menudeado a lo largo de buena parte de su historia. Ya era eso Sunset Boulevard, de Billy Wilder, o The Player, o Cinema Paradiso o la recentísima Once Upon a time in Hollywood, la famosa Novena Película de Quentin Tarantino, película que nos viene al pelo para hablar de maneras de mirar el cine. La escena en que Sharon Tate se mira a sí misma en The wrecking crew, la peli que rodó con Dean Martin, registra este acto fascinado de mirar y de mirarse. Esta escena parece filmada expresamente para hablar de Les imatges eco, la exposición que otro cineasta, Isaki Lacuesta, ha montado en el Arts Santa Mònica de Barcelona. La exposición que allí se exhibe actualiza y amplía la exhibida previamente en el Bòlit de Gerona, que actualizaba y ampliaba la exposición madre, una retrospectiva que le habían encargado en el Centro Georges Pompidou de parís, una exposición que, felizmente, parece que tendrá consecuencias en su carrera.

El corazón de todas estas exposiciones es un mediometraje del mismo título que la exposición proyectado sobre ocho pantallas dispuestas en U sobre tres paredes. El espectador puede mirarlas ubicándose en la posición de la cuarta pared o, si sabe lo que se hace, se meterá en medio y se dejará llevar por el caleidoscopio de imágenes que lo envuelve y lo fuerza a mirar algunas cosas sí y otras no, porque puede ser perfectamente que pasen cosas a tu espalda mientras estás mirando otras. Y si lo haces muchas veces, como es mi caso, te seguirá pasando. Que esta es la posición que le mola a Isaki lo testimonia la instalación que ha filmado sobre el Rocío, la pieza concebida expresamente para los espectadores del Santa Mònica, qie consta de cuatro pantallas enfrentadas físicamente imposibles de ver a la vez. Hay que tomar decisiones. Porque para Isaki estar y no estar a la vez forma parte estructural de su cine. Estamos y no estamos en dos lugares y en dos tiempos diferentes a la vez, dice la voz en off narrada por Albert Coma, que es también quien ha coordinado todas las pantallas y todos los proyectores y tiene un perfil fabuloso de técnico humanista o de humanista técnico. Como Sharon tate en Once upon a time in Hollywood, que también está y no está en la peli, y también está y no está en dos tiempos diferentes y en dos líneas de acción diferentes. Y no digo más para no estropearos la sorpresa, que esta peli TAMBIÉN hay que verla.

Les imatges eco, el mediometraje de Isaki, reflexiona sobre el estar y no estar. Pero ojo. No es una reflexión intelectual.

Es cine.

Isaki ha hecho aquí una de sus mejores películas. Su formato de exhibición sobre ocho pantallas diferentes simultáneamente y su duración no comercial es lo que ha impedido estrenarla en una sala de cine convencional y que entre dentro de los circuitos de la crítica. Pero creedme: es una de sus mejores pelis. Las imágenes saltan, invitan al movimiento. Adicionalmente permiten a Isaki trabajar con fotos fijas, y rendir homenaje con eso a cineastas como Chris Marker o Nagisa Oshima, que con sus Jetée o Ninja Bugei-chô, hechas con imágenes fijas, convierten su cine en otro canto al cine a la misma altura que el de Tarantino. El baile del figurante de voz de Beny Moré que en la pantalla le ha prestado la voz pero no el cuerpo con la voz pero no el cuerpo del propio Beny Moré es belleza pura, y uno de los mejores momentos de toda la filmografía de Isaki: baila el señor, bailan las imágenes por las diversas pantallas, baila el cine, que te rodea y lleva el 3D a otro estadio, porque no es la película lo que está en 3D, sino el propio cine y la relación del espectador con la pantalla. Lo que al final es, también, arquitectura. No hacen falta demasiadas excusas para hablar de cine y arquitectura. Isaki ha llevado esto más lejos en muchas performances, explorando las fronteras del cine hacia la danza, hacia la pintura y hacia la propia arquitectura. Isaki explica arquitectura haciendo arquitectura. A través de un espacio donde estamos y no estamos a la vez. Justo como en el cine.

Porque de eso va, también, la arquitectura: de estar y no estar. De estar en dos espacios al mismo tiempo. O ¿cómo puede ser, si no, que hablemos con tanta naturalidad de las influencias de la arquitectura mediterránea en Finlandia, o de que la casa japonesa sea, en realidad, una casa tropical trasplantada a un clima frío, o que aceptemos la presencia de torres de vidrio en casi cualquier clima? La arquitectura está y no está en dos lugares a la vez. Y sus usuarios. Y ya no hablemos de los arquitectos. Isaki suma su reflexión a las que ya se han hecho sobre el tema. Pero como hace cine y el cine se salta nuestras barreras emocionales eso nos llega por vía directa y lo vivimos. Sufiente reflexión por hoy: la noticia es que tenéis hasta el 29 para ir, o volver, a ver la exposición de Isaki. Y, los que no podáis ir a Barcelona, haríais bien reclamando otra itinerancia, en Madrid o en el cielo. Esta peli no se puede explicar. Se ha de vivir.

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Arquitecto. Construyó hasta que la crisis le forzó a diversificarse. Actualmente escribe, edita, enseña, conferencia, colabora en proyectos, comisario exposiciones y fotografío en diversos medios nacionales e internacionales. Publica artículos de investigación y difusión de arquitectura en www.jaumeprat.com. Diseñó el Pabellón de Cataluña de la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2016 asociado con la arquitecta Jelena Prokopjevic y el director de cine Isaki Lacuesta. Le gusta ocuparse de los límites de la arquitectura y su relación con las otras artes, con sus usuarios y con la ciudad.

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