Las emociones lo invaden todo. Lo personal y lo político son planos inseparables, aunque ahora el centro de atención es una emoción particular: el miedo. El miedo es una emoción primordial, genética y biológicamente nece­saria que se relaciona con la vulnerabilidad y la inseguridad radical de la vida humana.

La ventaja que tiene basarse en esta emoción, por parte de los poderosos, es que la experiencia del miedo es inteligible para todo el mundo, por lo que puede provocar un consenso universal. Desde este punto de vista, no necesita asumir nada respecto a la naturaleza humana, salvo que la gente tiene estructuras físicas y psicológicas similares. No hay que entrar en muchas disquisiciones: todos nosotros sabemos lo que es la crueldad y el miedo físico y mental que inspira, y querríamos evitarlo si pudiéramos. Estas son asunciones bien fundamentadas en experiencias comunes e inmediatas; por eso el miedo es universal y cosmopolita.

El mundo ha sufrido con anterioridad profundos y vertiginosos cambios económicos, sociales y políticos que han trastocado también la escala de valores morales tradicionales. ¿Qué es lo que ahora es diferente? ¿No será, quizás, que las expectativas que había generado la vida en una democracia próspera y desa­rrollada han hecho que soportemos peor el miedo consustancial a la vida humana?

El pavor al desamparo existe desde la infancia y por ello el niño se convierte en un tirano narcisista que esclaviza a sus progenitores. Es el narcisismo del miedo. Un miedo primitivo, nebuloso, multiforme que puede malograr el desarrollo emocional.

Esta emoción, necesaria para la supervivencia es, sin embargo, asocial y genera su propia política: la política del miedo. Una política que amenaza la democracia, la envenena e intoxica porque cuando uno se siente impotente, sin control sobre su vida y teme por su futuro, tiende a buscar la protección del poderoso.

Surgen entonces dirigentes que se alimentan del miedo de los ciudadanos que necesitan orden, protección y cuidado, a la vez que lo alientan. Y el efecto de esta situación no es solo el sometimiento voluntario, la falta de confianza mutua y de proyecto común, sino también el infantilismo de la ciudadanía a la que contribuyen poderosamente las redes sociales.

La creencia generalizada de que las emociones son inferiores a las ideas y a las causas políticas, entraña no ver que nos haríamos menos daño si aprendiéramos a vernos mutuamente como seres que sienten. Además, las consecuencias del idealismo en política son mucho menos enriquecedoras de lo que pueda parecer. Políticamente ha servido a menudo como excusa para desencadenar orgías de destrucción. ¿Es preciso recordar a alguien aquel grito plenamente ennoblecedor de ¡Viva la muerte! y el régimen a que dio lugar?

Lo que no se puede aceptar es no hacer nada. No se puede asumir la indiferencia y la injusticia pasiva. Además, el cambio es a menudo producto de pequeños actos cotidianos de fraternidad, de hábitos de esperanza que tienen efectos sociales valiosos y hacen posible la fe en la justicia y el amor.

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