Si algo tienen las crisis es que derrumban mitos. El de que teníamos la mejor sanidad del mundo o entre las mejores, se ha visto arrastrado por el vendaval  pandémico, como otra más de las grandilocuencias  que habitan por este territorio. Más bien era una sanidad de aprobado justito, de andar por casa, de un pasito para adelante y otro pasito para atrás y desde hace un tiempo, sólo pasos atrás.

 Los recortes, la falta de inversión al menos desde el 2009, entre otros, han dejado una sanidad esquelética, que apenas ha sido capaz de hacer frente a una epidemia que nadie se esperaba y por otra parte ha supuesto un agravamiento de problemas que ya se arrastraban: interminables listas de espera, deterioro en el seguimiento de los enfermos crónicos, deficiencias cuando no abusos sobre los trabajadores sanitarios y para rematarlo, el invento de las citas telefónicas. Si bien estas pueden entenderse como un medio de atención en un momento complejo, debe ser algo auxiliar, manteniendo la base en lo presencial. En el libro de John Berger, “Un hombre afortunado”, relata la historia real de un médico rural y se plantea el reconocimiento médico/paciente como algo recomendable para combatir la enfermedad: “¿Cómo empieza un médico a hacer que un paciente desdichado se sienta reconocido?”

  La universalización de la atención sanitaria con la Ley General de Sanidad de 1986, junto a la mejora de la inversión supuso un cierto avance y modernización de las estructuras sanitarias, aunque durase pocos años. También, y aunque de forma desigual, el traspaso de competencias sanitarias a las comunidades autónomas, por cuando acercaba la gestión a la realidad de cada territorio. Pero a partir de ahí los avances han sido limitados o han ido en dirección equivocada; por ejemplo la ley de 15/97 que abría la puerta a la privatización de servicios sanitarios, lo cual ha traído la precarización. Lo ocurrido en las residencias de ancianos es un claro ejemplo del rostro oculto de la depredación neoliberal. Una depredación que avanza en dos sentidos, por un lado cubriendo espacios públicos y en general provocando el empeoramiento de esos servicios. Y por otra parte grandes compañías aseguradoras  y corporaciones, dispuestas a recoger el malestar de las gentes  ante la deficiencias de la sanidad pública y que puedan pagar servicios privados. No es casual la cada vez mayor presencia de éstas, anunciándose por todas partes, incluso como promotoras de foros y simposios. 

 Hay un viejo concepto, muy denostado, que habla del “empobrecimiento relativo de la clase obrera,”  según el cual, el desarrollo de los medios de producción se hace cada vez más desigual para el conjunto de la población. Durante un tiempo, los avances médicos, aunque sea con limitaciones, se han venido universalizando. ¿Hasta que punto vamos o estamos ya en una fase donde el acceso a esos avances los disfrutan o disfrutaran quienes puedan costeárselos? Como dice el filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han: “La muerte no es democrática.”

  Reconocernos como enfermos es una parte fundamental de nuestra evolución como seres humanos, así dice John Berger: “La conciencia de la enfermedad es una parte del precio que pago el hombre, y que sigue pagando a cambio de ser consciente de su propia identidad.” Precisamente ese malestar es el que le llevó a “la posibilidad del tratamiento, la posibilidad de la medicina.” Y que esa posibilidad sea para la mayoría de la sociedad, ha estado en toda agenda de cambio o progreso social y quizás hoy está más amenazada de lo que creemos.

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