No puedo evitar que la tristeza me colonice el espinazo cada vez que me encuentro con la noticia: en la prensa nacional y en la internacional, en las televisiones y las radios:

Michael Schumacher celebra su cincuenta cumpleaños.

No lo dicen así, no exactamente así, pero esa es el aura que nimba siempre la noticia. La celebración de un cumple. ¡Gran momento de felicidad queridos niños y niñas, camarados y camaradas! ¡Un cumpleaños! ¡Viva, viva! Confeti, alegría y regalos.

¿Qué confeti, qué alegría, qué regalos? Me parece una crueldad o una flaqueza, una falta de respeto absoluta, que lleven manteniendo vivo a Michael Schumacher tantos años.

Dejad morir a Michael Schumacher

Los periodistas como buitres a la caza de la foto que le muestre lelo, quizá boquiabierto, poco menos que un muñeco… y eso aún con suerte.

No ha salido, no ha aparecido esa foto. Quizá demasiado terrible y desagradable para filtrarla o publicarla, o quizá parte del negocio que indudablemente existe en torno a la impiedad de mantenerlo con vida.

He leído en algún sitio, no importa donde, que Michael sigue con interés las carreras de F1. No me lo creo. Como tampoco me creo que nadie sepa nada, ¿cómo su hijo no va a comentar en el Circo respecto a la salud de su padre?

Supongo que lo mejor es no saber nada, mirar hacia otro lado cuando la máscara está rota y es imposible recomponerla: así es la vida moderna, y ya tanto en occidente como en oriente.

Es tristísimo que nos hablen de su cumpleaños, es lamentable que no le dejen morir con dignidad. ¿Cómo nadie podría decirle desde la verdad y con el corazón a Michael Schumacher: ¡Feliz cumpleaños!?

Infeliz cumpleaños en todo caso.

Pobre heptacampeón del mundo: atrapado en la sombra, sin ningún futuro claro, con enjambres de parásitos volando a su alrededor porque aún puede sacar algo del pecio de lo que fue, en la Fórmula1, el más grande de los barcos.

Tigre tigre.

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