Fotos: Jaume Prat


Tiene que ser ahora. El hambre de novedad que gobierna la comunicación de arquitectura convierte en viejo cualquier edificio de más de seis meses en un panorama que tiene algo de huida hacia adelante. Lo que no deja de ser un buen modo de borrar la crítica publicada desde el momento en que se demonizan la reflexión, la visión perspectiva, todo aquello que te permita saber dónde estás y por qué se hace lo que se hace.

Hay edificio que se tienen que explicar mucho más tarde de su entrega porque de lo contrario no tienen sentido, edificios que han nacido para ser viejos y, paradójicamente, cuando toman un poco de edad ya han perdido el interés del editor. Es el caso de la residencia de estudiantes inaugurada hará cerca de diez años al lado de la escuela de arquitectura de Sant Cugat obra de los estudios Harquitectes y Data AE. No ha tenido demasiado sentido hablar del edificio hasta ahora por tres razones: Uno, necesitaba saber si el edificio tenía éxito. Dos, necesitaba tomar distancia respecto de la polémica que rodeó su construcción y Tres, la vegetación tenía que crecer. Vamos por orden:

Uno: esta residencia es un edificio público o semipúblico pagado con nuestro dinero. Un edificio público está bien que tenga éxito. Hay un binomio fundamental a tener en cuenta cuando se habla de arquitectura pública: la relación entre el riesgo que implica desarrollar determinadas arquitecturas y la necesidad de garantizar la inversión. Sin tomar riesgos no hay avance. El riesgo siempre tendrá algo de un ensayo-error. El tema está en saber cómo y por qué te arriesgas. El panorama arquitectónico, conservador de por sí, está incrementado estos niveles de conservadurismo, lo que ha llevado a potenciar la parte epidérmica de la arquitectura. Es decir, las fachadas, los juegos cosméticos, la decoración aplicada. Muchos edificios púbicos y privados acaban siendo un esqueleto definido previamente por un project manager, por el asesor de un político y/o por una ingeniería, esqueleto convenientemente maquillado por un arquitecto. Cuando más pronto que tarde este maquillaje se cae la arquitectura se va. Aunque en realidad no se ha ido: jamás ha habido arquitectura.

Un arquitecto es, antes que nada, alguien que controla un presupuesto. El control del presupuesto es la clave para tomar cualquier decisión estructural. Después este mismo arquitecto necesita poder controlar el emplazamiento, la distribución del programa, su gestión por paquetes mediante la disposición de una estructura resistente, de unas instalaciones y de unos accesos. Finalmente ha de decidir qué partes del edificio se han de climatizar.

Fotos: Jaume Prat

El resto es decoración.

La residencia es un edificio donde se pudo gestionar todo esto. Es un edificio que ha salido bien. La capa del uso lo ha mejorado. El tiempo dignifica la estructura. Pero claro, el edificio es una residencia de estudiantes. Las camas tenderán a no hacerse. Las mesas se quedan llenas de cosas. Las cortinas se hacen con cualquier material. Hay ropa tendida. Cada lámpara de cada mesa es diferente, eso cuando no son todas el Ikea que hay a 20 minutos en coche. La dimensión 13, Rue del Percebe que toma el asunto choca frontalmente con esta voluntad de presentar edificios ordenaditos, prístinos, como acabados de desprecintar, que manifiestan las publicaciones de arquitectura.

Dos: la construcción. El edificio se organiza en dos bandas paralelas de habitaciones que dejan un espacio vacío y descubierto entre ellas organizado como una especie de jardín duro que sirve como espacio de relación para toda la colonia. Cada habitación es una caja de hormigón prefabricado, una especie de O muy larga con una tapa perforada por una ventana en uno de sus extremos, caja que monta las instalaciones, se soporta a sí misma y a otra igual encima. A esto se le adosan unas pasarelas y unas escaleras, se forra con una fachada y una cubierta que evite las goteras y el edificio ya está hecho.

Si prefabricas una caja tendrás un problema: estarás transportando aire. Transportar aire es caro e ineficiente. El edificio resta como una especie de prototipo que ahora no recuerdo si se ha repetido poco o si directamente se ha quedado como único en su especie. La lógica del contenedor está presente en todas las decisiones de la obra. Su volumetría no esconde en ningún momento que es una acumulación de cajas. Sus fachadas quedan ritmadas por las ventanas. Este orden tan severo tiene sólo una excepción: la entrada, que se produce sacando un par de contenedores para formar una especie de pasaje transversal que, aprovechando la diferencia de una planta que existe entre los dos lados de la parcela, forma una especie de pasaje interior que enriquece mucho el edificio. La fachada es el forro de zinc de estos contenedores. La cubierta es todavía más divertida: plana. Completamente plana. Me explico: normalmente las cubiertas no son planas. Son cubiertas de muy baja pendiente que conducen el agua hacia unos imbornales. En este caso la cubierta es plana. Plana-plana. Dos agujeros por lado con una especie de gárgola que se transforma en una de las piezas de zinc de la fachada (pieza que se va patinando, ensuciando de cal, distinguiendo de sus vecinas) ya sirven. Por tanto la línea de cornisa puede ser muy bajita. Es más: tiene que ser muy bajita para evitar que el agua se acumule. Por tanto el edificio se parece todavía más a la acumulación de cajas que es. En resumen: se trata de un edificio donde no hay nada impostado. Las proporciones son caseras. Ergonómicas. El resultado es doméstico. Doméstico para quien lo habita y doméstico para su entorno. No estorba. Se limita a tranquilizar el vecindario, matizando ligeramente (ya que no puede competir con él) el aspecto suburbano de su entorno, y, en la poca medida en que es posible que lo haga, contribuye a urbanizarlo un poco más.

Fotos: Jaume Prat

Tres: la vegetación. Explicación brevísima: hay dos escuelas de paisajismo en el mundo, la francesa y la inglesa. La francesa, más popular, somete la vegetación, la domina haciéndole tomar cualquier forma menos la forma que tiene cuando crece asilvestrada. Los árboles tratados a la francesa semejan esferas, cilindros, pirámides. Los franceses quieren que se note que esta naturaleza está antropizada, controlada, domesticada. La escuela inglesa es una consecuencia de la francesa y es más sutil y perfecta. Tiene el mismo grado de control que el paisajismo francés pero no lo exhibe. Se selecciona cuidadosamente qué árbol se plantará y dónde. Una vez hecho, se deja crecer a su aire hasta que toma un aspecto más natural que la propia naturaleza. Los árboles tienden a formar un bosque, mecanismo competencial que practica un comunismo perfecto al sacrificar cada árbol individual por el bien de la salud del conjunto. El paisajismo inglés deja crecer los árboles individualmente, los cuida, los abona los riega hasta que cogen unas dimensiones monumentales. Los árboles de los jardines ingleses están hipervitaminizados, culturizados, bien desarrollados y cuidados. Parte del paisajismo actual es heredero de este paisajismo inglés con una salvedad importante: ha mezclado esta manera de entender las plantas con la economía productiva, con las técnicas puramente agrícolas dejando crecer, eso sí, las plantas hasta este punto exuberante de los jardines ingleses y (luego) norteamericanos. Sigo: A más o menos metro veinte de distancia de las dos fachadas largas de la residencia se ha dispuesto una malla metálica de esas de gallinero que las recubre enteramente como soporte de una plantación de hiedra que se ha comido literalmente al edificio, especialmente en la fachada sur, doblándose un poco por las fachadas laterales. El edificio es la caja que he descrito en el apartado anterior, una caja forrada de una vegetación exuberante que pierde la hoja en invierno (restando el entramado de ramas) y protege y privatiza las habitaciones, que pueden estar así abiertas a la calle. Es decir: se han plantado unas hidras a distancias regulares, se les ha dado un soporte que les hace tomar la forma del edificio. Son hiedras plantadas con esta lógica inglesa que las deja desarrollarse hasta devenir unas señoras hiedras que da gusto mirar. La protección solar del edificio nos habla de una capa natural antropizada y exuberante controlada para que la geometría del edificio no se pierda en ningún momento.

Fotos: Jaume Prat

Esta tendencia a usar la vegetación como una capa más del edificio, insustituible en su papel de reguladora de la luz y la privacidad, es el rasgo más contemporáneo de este edificio. Lo que difumina la barrera entre jardín, paisajismo, arquitectura e incluso urbanismo, fundiéndolos en una sola cosa como siempre debería de ser en este momento en que estas luchas competenciales están convirtiendo la arquitectura en puro maquillaje epidérmico sin interés. En este edificio hay momentos en que la vista puede atravesar perfectamente toda la masa construida a través de ventanas que se vuelcan a otras ventanas que tienen una visual limpia sobre el patio. No hay ninguna idea de maquillaje. Se trata de un organismo donde estructura, cerramiento, expresión y uso nos hablan absolutamente de lo mismo. Los arquitectos han controlado cada decisión, y, mejor todavía, las han usado de una manera tranquila.

… y el edificio se hace mirar. Es bonito. Ilusiona pasar por delante. O un edificio es capaz de expresarse, de mostrar personalidad, o mueve algún tipo de emoción, o, sencillamente, no es arquitectura. Este tiene un aire permanente de terminar de despertarse, de algo así como desordenado e imperfecto que se llama a sí mismo residencia de estudiantes incluso antes de ver a ningún estudiante, edificio con este aire de estar por casa descalzo vistiendo unos bóxers del Primark y una camiseta de Metalistería Martínez y una cerveza que (mierda) no se ha enfriado del todo pero apetece igual sin perder este aire institucional en el más o menos buen sentido. Las hiedras, no sé si expresamente, o bien ni tan sólo son todas de la misma especie o cada una ha querido crecer a su manera. Imprescindible visitarlo un mínimo de cuatro veces al año coincidiendo con cada estación. De lo contrario no lo podréis criticar.

Fotos: Jaume Prat

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