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Desde hace ya mucho tiempo venimos soportando como podemos y a diario un bombardeo de noticias de tal magnitud  que apenas tenemos tiempo para asimilar una pequeña parte de ellas, y si llegamos a enteramos de algunas, tan solo conocemos de ellas los titulares y poco más, casi nunca llegamos a la letra pequeña, no hay tiempo para eso porque casi inmediatamente aparecen otras nuevas y eso nos impide analizarlas siquiera someramente. La memoria, incapaz de retener tal avalancha de información se bloquea y así andamos, bloqueados, aturdidos, mareados. El sistema no nos da un respiro y cualquier información es rápidamente sustituida por otra y otra más y así es imposible enterarnos cabalmente de algo. Esta estrategia del continuo bombardeo y la avalancha  es la misma ancestral táctica que usan los ñus cuando cruzan un río lleno de cocodrilos, según los documentales de la 2 o los emigrantes africanos cuando quieren saltar la vallas de Ceuta, Melilla… y todas las vallas que hemos levantado para aislarnos de los que son más pobres y por tanto están más desesperados que nosotros.

El sistema conoce muy bien esta técnica y la aplica constantemente inundándonos con tal cantidad de información que apenas llegamos a enteramos de nada y cuando medio lo hacemos, la noticia ha sido desalojada de la convulsa mesa de la actualidad y relegada con destino al casi instantáneo al olvido. Y lo peor es que cuando sabemos algo de primera mano, al leerlo en los medios, y no digamos cuando lo vemos en la televisión o lo oímos en la radio, nos damos cuenta de lo mal redactada que está la información, todo copia y pega de una agencia de noticias, todo escrito pegando y juntando deprisa y corriendo, omitiendo datos que sabemos que son fundamentales y no aparecen y los que aparecen no se entienden bien porque están manga por hombro y nos indignamos porque mientras leemos vamos diciendo mentalmente “no es esto, no es esto”.  Por poner un par de ejemplos de esto, la pasada semana santa saltaron dos noticias que pasaron por delante de nuestras narices a toda velocidad sin que apenas nos diera tiempo a digerirlas, dos noticias que, sirva la poética metáfora, cagamos enteras. Dos noticias a cual más indignante. La primera la transmisión del ducado de Franco, que ya tiene cojones que exista semejante título, a la nieta del dictador y la otra la de las banderas a media asta por la muerte de Cristo ordenada por la ministra Cospedal, que se le ha ido la olla  y se ha pasado por ahí mismo lo del Estado aconfesional. Lo mejor es que en una nota oficial dijo que ya era tradición que las banderas permanecieran a media asta durante la Semana Santa cuando no era así en modo alguno. Quería legitimar su ocurrencia cuando lo cierto es que ni el beato Bono cuando fue ministro de defensa se atrevió a tanto.

Pero por más que nos demos prisa y protestemos y nos quedemos roncos de gritar que se imponga la cordura, por más que nos pongamos morados de indignación exigiendo que se respete la separación entre la Iglesia y el Estado, es decir, que los curas no se metan donde no deben y, desde luego, que se acabe de una vez con ese disparate, ese desvarío, esa aberración que constituye el ducado de Franco que tiene, para más inri, grandeza de España,  pero nos va a dar igual, no se nos va a escuchar por que ese título se concedió para agradecerle a Franco que se hubiera acordado del joven Borbón para sucederle. Y la verdad es que lo eligió porque no tenía mucho donde escoger. ¿Y se sabe algo de la opinión del rey Don Felipe VI al respecto? Solo se sabe que está esquiando. ¿Y qué esperábamos, que actuara rápidamente suprimiendo el título?. Si pensábamos eso es que no conocemos a los Borbones.

Con estas cosas y otras de parecido pelaje solo podemos decir que en este país casi todo es anormal, absurdo, como un belga por soleares, que diría el maestro Sabina. Con este continuo machaque informativo o más bien desinformativo, nuestra memoria, ese quimérico museo de formas inconstantes, se convierte en un montón de espejos rotos que decía Borges. Algunas veces y siempre con miedo a cortarnos,  a herírnos, miramos con cierta perspectiva algunos de esos espejos rotos de nuestra memoria herida y vemos lo  disparatado, lo irracional, lo absurdo de todo lo que hemos tenido que soportar en los últimos años, y no sentimos lo que hemos pasado sino lo que nos queda por pasar.

Un espejo roto de la memoria refleja la noticia del bautizo de la segunda hija de los entonces príncipes de Asturias y ahora reyes para el cual, como no podía ser de otra manera, fue necesario traer agua del río Jordán. El esforzado funcionario de turno tuvo que remangarse y sobre todo, tener mucho cuidado con hacer trampa y llenar la cantimplora con agua del grifo porque la niña doña Sofía lo notaría enseguida. Parece ser que los bebés de la realeza tienen una gran sensibilidad en el cogote y no admiten otra agua que no sea la del río donde se bautizó Jesucristo. A cualquier otro bebé no le pasaría nada aunque lo bautizaran con un chorro de agua del botijo y le dieran un capón con el pitorro como hacía con nosotros en el colegio D. Andrés Cotrina, un inolvidado maestro Villacañero. Pero nosotros somos villanos, humildes plebeyos y no podemos compararnos a un miembro de la realeza. A un vástago de la realeza como la niña doña Sofía, podrían haberle ronchas y sarpullidos si el agua no es del mismo Jordán. Ni siquiera valdría el agua  del Tigris y el Eúfrates, donde según La Biblia estuvo el paraíso y ahora es un desgraciado país que tuvo la mala suerte de albergar un mar de petróleo en su subsuelo y decimos mala suerte porque esa fue la causa de su invasión y posterior devastación.

Otro espejo roto refleja la noticia del diario El País informando que Doña Letizia, mamá de Doña Sofía, entonces todavía princesa de Asturias, estaba aficionándose a la caza mayor y ya había abatido su primer oso en una cacería celebrada en los bosques de una antigua república soviética. Su marido, entonces el príncipe Don Felipe y, cómo no, su Majestad el entonces Rey Don Juan Carlos, su señor padre, también habían abatido sus respectivos osos, de hecho, tanto el padre como el hijo, ya habían participado muchas otras veces en este tipo de cacerías. También se informaba que algunas asociaciones protectoras de la naturaleza de aquellas lejanas tierras habían denunciado que los osos habían sido drogados antes de colocarlos delante de tan insignes cazadores. Parece ser que sólo faltó que los pobres animales tuvieran los ojos vendados, los riñones apoyados contra un paredón de fusilamiento y en el momento preciso una voz diera la orden de abrir fuego.

Esa noticia que pasó sin pena ni gloria me recordó cuando el Dictador iba a pescar salmones y unos buzos de la Armada, convenientemente entrenados, le enganchaban los salmones al anzuelo en las profundidades del río. Incluso se llegó a decir que los salmones también estaban amaestrados y en el momento en que salían del agua, hacían el saludo fascista levantando la aleta derecha y extendiéndola hacía su augusto pescador, como los gladiadores de los circos romanos saludaban al César diciendo: “los que van a morir te saludan”.

    También se dijo que Don Froilán, entonces todavía un niño, también quería abatir su oso, en su caso, claro está, sería un osezno, porque en ciertos círculos infantiles de la realeza europea se tiene la convicción de que no se es nadie si no se ha matado al menos a uno. Don Froilán sabía que sería un niño acabado si no mataba pronto al suyo y ponía su cabeza disecada al lado de su colección de muñecos de  “Los lunnis”.

Pero volviendo a la vieja noticia del bautizo de doña Sofía, hay que decir que la solemne ceremonia fue oficiada por el cardenal Rouco Varela, el mismo que prohibió oficiar el culto a los curas de la parroquia de San Carlos Borromeo de Vallecas. El Cardenal, que vivía en un palacio situado en la mejor zona del exclusivo barrio madrileño de Los Austrias, a años luz de Vallecas y sus jodidos problemas, dice que esos curas no observaban algunas normas de la misa y se permitían la licencia, el terrible pecado, de comulgar con una rebanada de pan de la panadería, unas rosquillas o una galleta en vez de con la hostia reglamentaria. Eso es lo que alegaba el más alto dirigente de la Iglesia Católica Española de entonces, cuando la verdad, y eso lo sabe cualquiera, hasta Don Froilán, es que esos curas son los únicos que estaban aplicando la doctrina de Cristo, según la cual, cualquier semejante es nuestro hermano y hay que socorrerlo compartiendo con él todo lo que tenemos, y cuando digo todo estoy hablando del mismo techo, la misma mesa y si hace falta la misma cama.

Los curas de esa parroquia de Vallecas llevan décadas atendiendo a todos los que se han acercado a ellos pidiendo ayuda; ellos son de los pocos que han abierto sus puertas a los drogadictos más tirados, a los enfermos de sida que malviven en la calle, a los emigrantes y a los pobres y desheredados de toda condición, a esos a los que se les da de lado en todas partes. Con ellos han compartido lo poco que tenían. No digo que los otros representantes de la Iglesia, desde los cardenales a los curas rasos,  sean malos ni mucho menos, digo que esos curas de barrio represaliados estaban cumpliendo con su obligación, que es la de todos nosotros, porque por encima de cualquier religión, creencia o ideología debe existir el instinto básico y primario de la solidaridad. Pero esta actitud  valiente y solidaria de los curas Vallecanos con los necesitados fue vista por Rouco como una indisciplina, una insumisión, un peligroso actuar por su cuenta. Y eso es algo que no puede soportar. Todavía estamos esperando que alguien dentro de la Iglesia alce la voz contra esta injusticia, pero nadie se atreve a levantar su cabeza entre las de los demás por miedo a perderla, así  como el plato de comida con que se le  paga su fidelidad y sumisión. Si fueran veinte o treinta los que protestaran puede que fueran fácilmente acallados y destituidos fulminantemente, pero si fueran dos mil o tres mil, los altos dignatarios no lo tendrían tan fácil y quizás tendrían que replantearse su decisión de cerrar esa parroquia. Seguimos esperando, sentados.

Mientras monseñor Rouco cumplía con su obligación de cortar las alas a quien quiere volar más allá de los límites de la jaula, Don Froilán se desesperaba porque todavía no había matado a su oso y está empezando a ser el hazmerreír de la realeza infantil europea. Para remediar esta intolerable situación lo primero que había que hacer es buscar un oso. Podría cogerse a uno de los escasos osos que sobrevivían en la cordillera cantábrica, pero seguro que esos pelmazos de ecologistas pondrían el grito en el cielo. Otro tanto pasaría si se echara mano a alguno de los muchos osos que sesteaban indolentes en los parques zoológicos de la patria. Aquel fue un asunto complicado que quizás hubiera necesitado una solución imaginativa y esa bien pudo haber sido emprender la  búsqueda de algún voluntario que se hubiera puesto una piel de oso a los hombros, una “pellica” que decimos en el pueblo, y se hubiera sacrificado por el buen nombre de la familia Real y de España poniéndose frente al punto de mira de la escopeta en miniatura, aunque con cartuchos de postas, de Don Froilán. Si hubieran surgido muchos candidatos a este puesto, cosa que podría ocurrir porque este país, ya lo hemos dicho, no es normal y aquí hay gente para todo, podría haberse seleccionado entre los aspirantes al candidato ideal para ponerse en el punto de mira del cañón de Don Froilán. Lo mejor hubiera sido organizar un gran concurso televisivo, que podría ser un cruce entre “Operación triunfo” y “Gran hermano”. Finalmente aquel bonito proyecto no se llevó a cabo y, degraciadamente D. Froilán, que se sepa, se quedó sin poder abatir a su oso.

La memoria, la cercana y la lejana, esa facultad de acordarse de lo que quisiéramos olvidar, el centinela de nuestra mente, nos recuerda con sus espejos rotos lo absurdo de este país, su profunda y casi insufrible anormalidad.   

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