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Nadie habría dado un dólar por él, por Daniel Ricciardo, cuando se apagaron los semáforos en el Gran Premio de Shanghai 2018. Salía sexto.

La carrera estaba cantada. Los Ferrari dominaban de modo clarísimo. Primero y segundo.

Ya en el arranque Sebastian Vettel hace uso de su condición de señorito y le mete el morro a su escudero, al campeón del mundo convertido en segundón, a Kimi Raikkonen, obligándole a frenar.

Frena Kimi forzado por el señorito y Valteri Bottas le pasa. De segundo piloto a segundo piloto. A Bottas los comentaristas y el público le están mirando por encima del hombro después de portarse como un calzonazos en el Gran Premio de Bahrain: no se jugó el alma cuando tuvo a Sebastian Vettel a tiro.

Pero lo de Vettel sigue estando cantado. Gana fijo. Le saca un montón de segundos a los dos Ferrari cuando hace su parada en el pasillo de los garajes. Los Mercedes han cambiado los neumáticos antes, pero él va sobrado y sin nervios. Seb, un campeón hoy tranquilo.

¡No! ¡Vettel no! No se puede uno relajar en el circo de la Fórmula 1. La has pifiado la has cagado la has jodido, amiguito amiguito y cuando vuelvas a la pista vas a ver el culo verde del Mercedes delante de tus optimistas ojitos.

Y ahí ya está, o casi está. Aunque sigue pareciendo que Sebastian Vettel podrá volver a adelantar a Bottas y ganar la carrera, aumentar su distancia en puntos en la clasificación del mundial respecto a Hamilton –blanco como el culo de un chino– su gran enemigo.

Es entonces, un ratito después, cuando sucede el giro de muñeca de los acontecimientos, y demuestra lo caprichoso que puede ser siempre el azar: los dos pilotos de Toro Rosso, esos que llevan el motor Honda del que McLaren acabó hasta los mismísimos cilindros, no se entienden. Están en la curva 14, quizá la más difícil y delicada del circuito. No se entienden y al no entenderse se besan y empujan y saltan trozos de monoplaza, cortantes como cuchillos, a diestro y siniestro.

El asfalto se ha llenado de objetos afilados capaces de cortar cualquier neumático.

Charlie Whiting, el hombre cuyas decisiones cambian constantemente destinos, piensa que la situación necesita un coche de seguridad.

Sale el coche de seguridad.

Wow, y ahí Red Bull demuestra que sigue siendo el mejor de los luchadores del circo de la F1. Hace que entren sus dos coches a la vez, uno tras otro por el pasillo de los garajes. Puro ballet, cambian las ruedas de Max Verstappen y sin respirar siquiera hacen lo mismo con las de Daniel Ricciardo. Y entonces ya respiran los mecánicos increíbles, fiables hasta el extremo.

Pero todavía… ¿quién habría apostado uno de sus dólares o euros por Daniel Ricciardo como ganador de la carrera? Nadie.

Ya todos pensábamos que el destino de Ricciardo iba a acabar siendo como el de Bottas en Mercedes o el de Raikkonen en Ferrari. Segundón, te quedas para segundón, para vestir a los santos, mi buen y sonriente amigo.

Pero nadie cuenta con que a Max Verstappen le devora la ansiedad, la necesidad de demostrar que es tan magnífico como todos cuentan de él: le han dicho mil veces que es la más guapa del baile, y eso obliga a brillar como sea, para demostrar que es cierto.

Pero no lo es. Max sólo es un chico enfermo de ansiedad, y la ansiedad es más poderosa que su agresividad natural y los rapidísimos reflejos de felino. Falla al intentar adelantar a Hamilton, y para su sorpresa, cuando mira hacia adelante, se encuentra con que el coche de su compañero: Daniel Ricciardo, está delante del suyo.

Y ahora sí, ya sí. Algunos empezamos a soñar que tal vez Ricciardo va a quedar segundo en el Gran Premio de China 2018. Pero sólo segundo.

Aplausos cuando adelanta a Hamilton. Más aplausos todavía cuando adelanta a Raikkonen, a Vettel. Puro ballet y magia al volante. Absoluto dominio. El mayor artista adelantando del momento actual, dirán los comentaristas del mundo entero cuando acabe la carrera.

¡Y va a llegar también hasta Bottas! Increíble. Ahora sí que apostaría alguien su dinero por él. Hay aplauso en mis manos, en muchísimas manos y en muchísimos ojos. Aplausos. ¿Lo logrará?

Sí, lo logra. Adelanta Ricciardo a Valteri Bottas, otra vez inspirado, limpísimo y magistral. ¡Maestro! No sólo eso, empieza a sacarle segundos al segundo piloto de Mercedes vuelta tras vuelta. Hasta se permite marcar la vuelta rápida: otra muesca más en las cachas de su revólver con ruedas.

Champán en la bota del piloto, sonrisas infinitas, gritos de júbilo y alegría. El mundial recupera el interés y sigue al rojo vivo. Todo magnífico, magnífico…

sólo detrás los dos tetracampeones del mundo, pálidos como culos de chinos, y la hazaña solitaria de Fernando Alonso , pero a Fernando Alonso le dedicamos en Las almas y la F1 su propio artículo.

Un gran premio lleno de vida y lucha, de los que hacen afición. Tres hurras por Daniel Ricciardo.

 

Tigre tigre

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